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De agendas, deberes y otros menesteres

27 Ene

Yo en vacaciones aprovecho para descansar de los deberes. Y no me refiero solo a sus deberes, si no también a los que nos ponen a los padres. Creo que nunca en la historia los padres y madres hemos estado tan ocupados, y nunca antes habíamos tenido tantas tareas que hacer para el cole de nuestros hijos.

Me refiero a esas notas que aparecen en las agendas (ese invento del demonio) del tipo “buscar información sobre los patos”, “traer fotos de animales de la selva”, “llevar flor para la Virgen”… Un suma y sigue que si lo multiplican por el número de hijos que uno tenga se convierte en un festival del humor y un sube y baja a la tienda de los chinos. La agenda es un invento muy útil, pensarán muchos. Y lo es por supuesto… ¡si la lees! Las agendas las carga el diablo, y si eres un poco #malamadre, le echarás un vistazo así de soslayo a la que te vas a la cama y entonces, ya será tarde para ti amiga. Porque no sé en otras casas, pero en mi revistero solo hay un triste Telva de hace 8 meses en el que obviamente no hay fotografías de ñus en su hábitat natural ni tampoco tengo a mano en mi biblioteca un ensayo sobre aves para comentar con El Mayor las diferencias entre la oca y el pato común. Así que suele tocar encender el ordenador, ponernos en manos de Mr. Google, darle caña a la impresora y hacer lo que se pueda.

Y ahora me corresponde entonar el mea culpa, porque sí, lo reconozco, a veces se me pasa mirarla, y entonces no me entero de las cosas que avisan con poco margen de actuación. Pero es que si me lo ponen un mes antes, malo también porque a los dos días se me ha olvidado y cuando llega el día D a mí que no me pregunten que yo no sé nada.

De hecho tengo ejemplos de los dos tipos, para que no digan que no me esmero.

El año pasado se nos olvidó comprar la flor para el día de la Virgen, de lo que nos habían informado con semanas de adelanto. Y nos tenían que ver a toda la Trifamily un domingo por la noche apatrullando el barrio en busca de una flor medianamente decente para llevar al cole. Trimadre explorando cada trozo de verde que aparecía por el camino y encima educando a los niños,” hijos míos, esto no se hace, solo en casos de emergencia”.

El segundo caso es más grave. Pónganse en situación. Semana previa a la Navidad. Último día de cole. Madre que ha estado dos días de viaje. Madre que lleva a los niños al cole por primera vez en todo el trimestre. Madre que se va acercando a la puerta con La Rubia de la mano y empieza a notar que algo no va bien. Madre que observa que la rodean pastorcillos, estrellas, Melchores y Gaspares a tutiplén. Mente de madre que empieza a pensar rápido y recuerda que el festival de Navidad del cole fue hace ya unos días. Algo no cuadra. Madre que llega con La Rubia a donde se encuentra su clase temiéndose lo peor. –

– “¡¡MamádelaRubia!! ¡¡mamádelaRubiaaa!!!”, me espetan dos mini-vírgenes María con sendos Nenucos bajo en brazo.

“Mmmm… Buenos días”, contesto educadamente mientras observo a La Rubia con el rabillo del ojo.

“¿No has mirado la agenda?, ¿no has mirado la agenda?”, me preguntan mientras me escrutan con la mirada.

“Ehhhh, creo que no” (empiezo a palidecer, ahora es La Rubia la que me mira fijamente)

“Podíamos venir disfrazados porque es el último día”, me dice la María rubia.

“De lo que quisiéramos”, me dice la morena, “aunque no era obligatorio”. (un poco de compasión por favor…)

En esto que aparece Fulanita, con su chándal del cole, mi salvadora: “No pasa nada, mi mamá tampoco la ha leído”. Me vuelve el riego al cerebro y hago un barrido por lo niños de la clase y sentencio: “¡Y las mamás de Zutanito y Menganito tampoco!” (mal de muchas #malasmadres, consuelo de tontas…).

La Rubia que es una bendita, me sonríe, me da un beso y se va con su amiga la del chándal más contenta que unas pascuas. Yo respiro hondo, miro a la culpa que ya se me ha agarrado del brazo, y juntas nos vamos al coche jurando en arameo, pensando por qué narices no miraría yo ayer la agenda y preguntándome para qué estoy metida en 3 grupos de Whatsapp de madres en los que no se habla de estas cosas.

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

Tampoco puedo dejar de mencionar a los que ya se están convirtiendo en clásicos de todo cole que se precie, como  la mascota itinerante, que te acompaña todo el fin de semana y con la que se supone debes hacer mil y una actividades súper interesantes y novedosas, al estilo de los padres de Caillou. Y a ti, más que llevártela al parque de atracciones lo que te dan son ganas de meterla en la lavadora. Y es que con la vida que lleva la pobre no es de extrañar que esté hecha una pena. Yo cada vez que nos toca vivo angustiada de perderla por algún sitio o dejárnosla abandonada en casa de la abuela.

Luego está el libro viajero, que lo tienes una semana circulando por casa y hasta el último día, a última hora no te enfrentas a él, porque a ver qué pones. Sí, tú, porque tu hijo de 3 años está a otros menesteres y el tema del libro, como decirlo… le trae al pairo.

En fin, yo este año me estoy esmerando y me he comprado un calendario familiar para apuntar bien todas las tareas organizadas por cada miembro de la unidad familiar. Ahora solo tengo que mirar la agenda para saber cuáles son. Ahí es .

Año nuevo ¿vida nueva?

12 Ene

Eso dice el refrán pero permítanme que discrepe, puesto que por estos lares hemos empezado el año tal y como acabamos el anterior, es decir, con algún miembro de la Trifamily aquejado de algún tipo de achaque.

No es la primera vez que hablo de este tema, y es que no es ningún secreto que en esta familia tenemos un club de fans formado fundamentalmente por virus y bacterias de distinto origen y condición que practican el acoso y derribo con todos nosotros cada curso escolar.

Hace tiempo que le doy vueltas a una teoría, y es que estoy convencida que estos microorganismos tienen capacidades muy superiores a las que les atribuimos ya que vengo observando que actúan con nocturnidad y alevosía siguiendo distintos modus operandi. Y es que intuyo que a finales de agosto se agazapan bajo nuestro felpudo hasta que nos ven desembarcar con las maletas, momento que celebran con hurras y vítores para acto seguido entrar en nuestro hogar y despedirse del mundo exterior hasta el siguiente mes de julio. En ocasiones atacan en bloque a todos provocando distintos síntomas en cada uno y otras en cambio van rulándose de uno a otro hasta que caemos todos como chinches. Si les digo que allá por septiembre Tripadre tuvo el conocido virus de guardería boca-mano-pie comprenderán que no exagero nada.

Así que como viene siendo costumbre en esta familia, el 1 de enero, con las uvas aún a medio tragar en el gaznate, ésta que les habla se encontraba con Mini-wini en el servicio de urgencias al que somos asiduos felicitando el año al personal sanitario mientras mi pequeño recibía sus primeros aerosoles de la temporada.

No es por darnos autobombo, pero es cierto que ya somos duchos en estas lides y tendemos a ver el vaso medio lleno, así que nos sentíamos afortunados de haber podido capear el temporal bacteriano durante las fechas claves navideñas. Así que ni tan mal.

En esas estábamos cuando días después, a media de hora de recibir invitados a cenar, me hallaba yo sola con los tres en casa, recogiendo plastidecor, calcetines y hotwheels del suelo a diestro y siniestro con el objetivo único de adecentar el salón para no asustar a las visitas. Momento éste en el que El Mayor se planta delante mío y me suelta la fátidica y temida frase que ninguna madre quiere oír: “Me pica mucho  la cabeza“.

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Hola, soy un piojo y he venido a sembrar el pánico en tu hogar.

Yo que me lo quedo mirando pensando “imposible, no puede ser“. Que pensarán ustedes y con razón “¿y por qué no va a poder ser?“. Pues verán, siempre he pensado que dado que batallamos año tras año con todo tipo de microorganismos, la justicia divina nos había dotado de una especie de halo protector contra los siguientes animalitos invasores en la línea evolutiva. Llámenme ilusa pero 7 de años de inmunidad piojil me avalaban. Pero a la vista está que me equivocaba. El Karma se ha resintonizado en 2015 y lo que se cocía en la melena del Mayor era una plaga en toda regla.

Con el primer avistamiento ya sospeché que aquello era serio y llamé a Tripadre histérica perdida urgentemente para que antes de volver se hiciese con todo el material necesario en la primera farmacia de guardia que pillase. El pánico cundió por momentos, los invitados a punto de llegar (menos mal que eran familia), la cena a medio preparar y la casa hecha un desastre.

Yo entré en un bucle de negación de “no me lo creo“, “pero esto qué es” que viéndolo con perspectiva, no contribuyó mucho a terminar con el caos reinante, pero qué quieren que les diga, no estaba psicológicamente preparada para ver CORRER a esos bichos inmundos por el pelazo de mi retoño.

Tras una inversión económica de 35 euros  y hora y media encerrados en el baño, dimos por concluido el primer round piojo-Trimadre, con la inestimable ayuda de mi cuñada con experiencia previa en el asunto. El Mayor lloró, pataleó y se enfadó. Y yo también, por supuesto. Esta vez La Rubia y Mini-wini  se libraron pero también tuvieron que pasar la inspección con sus consiguientes llantos.

No voy a detallarles aquí mis desvelos durante la lucha piojil, más que nada porque no es un tema agradable de tratar a estas horas café en mano. Simplemente mencionaré que mi primogénito tenía en su pelambrera todas las fases del desarrollo del parásito que nos ocupa, desde las liendres microscópicas que no hay liendrera de 15 eurazos que las atrape, hasta el padre de todos lo piojos que miedo me daba que me pegase un bocao.

Este asunto de los piojos deja secuelas, de hecho días después aún me sigue picando todo y les reviso las cabezas obsesivamente como una madre mandril. Así que, sinceramente, considerando el debut que hemos hecho en el nuevo año, me planteo seriamente la opción de hibernar cual oso pardo y levantarme allá por mayo a ver si las aguas han vuelto a su cauce.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Yo soy esa

15 Sep

La que siempre lleva las cuentas en los viajes. La que reserva la casa rural para 18. La que busca el sitio para el cumple de 5 niños. La que organiza la cena de Navidad del departamento. La que se encarga del regalo de la profe. Yo, soy ESA.

Ya me lo decía mi madre desde bien pequeña “hija, ¿es que no hay otra niña que pueda llevar el [poner aquí el objeto más extraño que se os ocurra]? ¿Siempre tienes que ser tú?”. Yo no sé qué pasa, la verdad, igual debería mirármelo, pero desde que tengo memoria siempre me ha poseído una fuerza inexplicable cuando alguien pide un voluntario para lo que sea. ¿Que el profesor preguntaba si alguien podría traer unos mejillones para diseccionar? Allí estaba yo. ¿Que había que llevar al cole un radiocasete para ensayar la coreografía de Bananarma en el recreo? Yo podía, supuesto.

Esto que suena muy bonito y muy cuqui, en plan qué voluntariosa soy, me granjeó no pocas broncas y charlas paternas desde mi más tierna infancia. Porque a este mi altruismo desmedido hay que añadirle que soy despistada y desastrilla por naturaleza, así que al final el radiocasete volvía sin cable y si eran cinco mejillones pues yo me liaba y llevaba 50. Vamos, que la combinación de estos rasgos de mi carácter era más bien un cóctel molotov.

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Tan repelente no era, pero el brazo se me iba solo.

Recuerdo que en segundo de EGB, con 8 años, acabé liando a mi madre no sé cómo para comprarle un regalo al profe porque había tenido un bebé de parte de toda la clase. Repito, con 8 años. Aquello debió ser el principio del fin.

Esta forma de ser ha llenado mi existencia de momentos muy gratificantes pero también de otros trágicos, como cuando Tripadre y yo ofrecimos nuestro piso recién estrenado para hacer la fiesta de Nochevieja con los amigos. Cuando a las 5 de la mañana las copas rodaban por el suelo, ya era tarde para nosotros y para nuestro parquet. Y es que en esto se ha cumplido eso de “Dios los cría y ellos se juntan” y Tripadre no sólo no me frena, si no que me acaba animando.

En mi faceta madre, cómo no, es más de lo mismo. Pongamos de ejemplo el fin de curso pasado. En el cole de los niños es costumbre tener un detalle con las profesoras para agradecerles el trabajo que hacen durante el año. Yo veía que se acercaba el final de las clases y que nadie decía ni Pamplona. Como me conozco, me intento controlar, “tú calladita, que estas más liada que la pata de un romano para meterte en más fregaos“, me repetía convencida. Pero como pasaban los días a final mandé el fatídico whatsapp al grupo de madres, a sabiendas que era mi pasaporte a la fama:

– ¡Hola! ¿Qué os parece si les compramos algo a las profes?

Luego vino la típica repuesta de madre avispadilla, ésa que me gustaría ser a mí.

– Genial!!! Cuenta conmigo!!

Respuesta que obviamente va seguida de otras tantas similares. Ahí es cuando yo me pregunto ¿por quéeee? ¡¡si no he dicho nada!! Otras veces reconozco que me puede la impaciencia, los “estaría bien”, “me parece fenomenal” etc que no llegan a nada concreto, me acaban poniendo nerviosa y sin saber cómo ha pasado, acabo soltando un “yo me encargo” para acabar con tanto vaivén de mails y mensajes que me estresan infinito.

Pero este curso prometo reformarme, por lo menos en parte. He aprendido la lección. El recuerdo de una tarde de junio en el patio del colegio, a 38 grados, con mini-wini berreando en el carro, la Rubia desapareciendo de mi vista cada 5 segundos, el Mayor dando balonazos a diestro y siniestro y 200 padres metiéndome billetes de 5 euros en los bolsillos como a una stripper cualquiera, es algo que no deseo que se repita. Tampoco me veo un año más a las 2 de la mañana haciendo un collage de fotos al entrenador de fútbol del Mayor (sí, han leído bien), idea maravillosa de un Tripadre que, a los hechos me remito, padece del mismo mal que su santa esposa.

Por suerte no estoy sola en este mundo y hay más madres de ÉSAS por ahí sueltas. No abundan la verdad, pero entre nosotras nos identificamos rápido y nos apoyamos, que el “un año tú otro yo” se agradece.

Quienes me conocen pensarán (y con razón) que todo esto lo digo con la boca pequeña, porque en el fondo, muy fondo, me va la marcha.

Y LO SABEN.

 

Bienvenidos al norte

10 Sep

Desde que tengo uso de razón he pasado mis veranos en el norte, en las Rías Baixas para más señas. Hasta que no fui una universitaria con ganas de fiesta loca, no pisé las playas de
Levante y las del sur las vieron mis ojos bien cumplidito el cuarto de siglo, cuando empecé a compartir veranos con un Tripadre de orígenes gaditanos.

Con los años me he dado cuenta que lo que tú ves normal no lo es tanto cuando vas de visita de la meseta para abajo.

Recuerdo que cuando éramos novios y Tripadre veraneaba en Conil, siempre le preguntaba cuando hablábamos por teléfono (desde la cabina del bar #ojocuidao) qué tal tiempo hacía. Él obviamente alucinaba: “¿Pues cómo va a hacer?? ¡¡bueno!!!”.

Y es que cuando uno se levanta en el norte, lo primero que hace antes de quitarse las legañas y dar los buenos días a su madre, es mirar por la ventana. Es un acto reflejo.
Un tema de crucial importancia ya que de lo que veas dependerá el planteamiento vital que hagas del día que se presenta.

Si hace un sol radiante, aunque lleve así desde hace una semana, aprovecharás a tope y no moverás el culo de la playa más cercana porque quién sabe lo que ocurrirá mañana o el tiempo que hace 10 km más al oeste. Ante la duda, no nos moverán.

Si está nublado, tranquilidad, que no cunda el pánico. Es probable que “abra” ( concepto muy galego sinónimo de despejarse o escampar) y acabes en la playa igualmente. Un día gris en el norte puede dar para mucho, así que hay que salir de casa con las chanclas y la sudadera. Y chimpún. A Tripadre le ha costado unos añitos pillar este concepto y antes en cuanto veía dos nubes me montaba un plan cultureta. Ahora ya sabe que en el norte se va a la playa con jersey y que en algún momento de verano es probable que acabes envuelto en una toalla a modo de manta. Y tan a gusto oye.

¿Y qué pasa si de verdad hace malo y llueve, truena y relampaguea? Siempre tendremos un plan alternativo, y no, no es descubrir el románico de la provincia de A Coruña. Es COMER. Es más que seguro que en 5 km a la redonda tengas una feria del pulpo, de la cigala o de almejas a la marinera. Da igual, en cualquiera de ellas comerás de cine y por dos duros.

Los hábitos playeros también cambian del norte al sur. A mí me hicieron los ojos chiribitas cuando en Cádiz vi gente vendiendo latas de cerveza o los tenderetes que se montan en la playa, que no les faltaba de nada, mesas, sillas, neveras portátiles por doquier… hasta una tele vi, lo juro. En el norte este despliegue sería digno de pararse a hacerle una foto cuanto menos.

El tema del agua y su baja temperatura trae cola cuando hablas de veranear en el norte. Y sí, no lo voy a negar, hay días que sufres un paro cardíaco al meter el pie en la orilla pero ¿y lo que revitaliza? Sales del agua con el cuerpo y la mente oxigenados, ves con más claridad el mundo que te rodea. En ese momento hasta podrías montar un mueble de Ikea sin instrucciones si te lo propusieras. Es casi como tomarte la pastillita de Matrix. Además, si creces bañándote en aguas norteñas no habrá océano que se te resista. Serás de esas personas que no titubean a la hora de lanzarse a la piscina y si pruebas la del Mediterráneo… en fin… No podrás llamar a ese caldo “mar” (no se me ofendan por favor).

El desnudo integral merece un punto aparte. Al menos en la playa a la que voy, una chica en top-less da tema de conversación a medio pueblo. No estamos acostumbrados, será porque el agua está muy fría o porque corre el airecillo pero no es lo más habitual mostrar tu “personalidad”. Esto también incluye a los niños, no os vayáis a creer. En el norte lo de los churumbeles revolcándose en la arena como Dios los trajo al mundo como que no mola. Claro que por otro lado, ponle tú un pañal a tu criatura y entre 5 y 10 señoras se te acercarán para decirte “¡sácale el pañal al niño que se le va a irritar el culo!” (Nota aclaratoria: en gallego la ropa se saca en lugar de se quita y las fotos se quitan en vez de sacarlas). Así que no te queda otra que ponerle el bañador en plan comando, intentar controlar cuál es su hora “All Bran” y rezar a todos los santos para que el asunto se reduzca a aguas menores. La combinación del agua con ciertos deshechos humanos, no es buena, lo puedo asegurar.

También es distinta la maleta que uno hace cuando va hacia arriba o hacia abajo. Si pones rumbo al norte no puedes olvidar algunos imprescindibles como los calcetines, los vaqueros, unos zapatos o zapatillas que se puedan mojar y cómo no, el chubasquero.  Reconozco que cuando voy a destinos más calurosos me cuesta no meter una chaquetita por si refresca. Algunos verán como un inconveniente esto de “abrigarse” en pleno verano, pero pocos placeres hay comparables a taparte con tu edredón una noche de agosto.

El norte engancha; ir al cine o sacar los Playmobil de cuando era pequeña se convierten en planazos mientras fuera llueve a cántaros y si está nublado hacemos excursiones, sacamos las bicis o jugamos al fútbol en la playa (con sudadera, eso sí).

Pero los adictos al norte también somos humanos y apreciamos una semana de paz interior sin necesidad de mirar al cielo a lo Escarlata O’Hara implorando a esa nube gigante que se eche a un ladito.

Así que aunque sea por unos días, la Trifamily pone rumbo al sur, a comer pescadito frito, beber una Cruzcampo tumbados en la arena y ver atardeceres de los que te dejan sin respiración.

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Sé que estos chicos no pegan ni con cola, pero me han salido en Google-imágenes y no me he podido resistir… Qué recuerdos…

“Modo parque” ON

26 Mar

Por fin le hemos visto el pelo. A la estrella más grande de nuestro sistema planetario. Pensábamos que lo habíamos perdido pero no. Allí estaba él, escondido detrás de ese nubarrón perenne y amilanado por el viento huracanado que nos ha acompañado últimamente.

Después de semanas, qué digo semanas, ¡meses!, a buen recaudo en nuestros hogares, hemos podido salir y disfrutar de su presencia.

No ha sido fácil, no señor. Estas tardes de invierno se han hecho más largas que un día sin pan. Y eso que hemos hecho todo tipo de planes in-door.

Un año más, los de la tienda “asiática” de al lado de mi casa han hecho el agosto conmigo. Esta temporada he arriesgado y he introducido en mi lenguaje palabros como “goma EVA” o “fieltro”. Lo nunca visto. Todo por pasar la tarde mal que bien encerrados en nuestra humilde morada.

También hemos jugado a los restaurantes, a las peluquerías, a los restaurantes-peluquería, a los médicos, a los veterinarios, a los médicos-veterinarios, a los coles, a las oficinas y hasta a los coles-oficina.
He hecho cosas que nunca imaginé que sería capaz de hacer como sacar el Scalextric entre semana, montarme el parque de atracciones de Pin y Pon en tiempo récord un día sí y otro también o echar tres partidas seguidas al parchís con dos micos que no se saben la reglas sin sufrir un colapso.

Pero llega un momento que los niños dicen BASTA. Sacas el baúl de la plastilina y cuando antes aplaudían como locos, ahora salen por patas. Le dices poniendo tu mejor voz de Mary Poppins “¿Qué os parece si os ponéis los disfraces?” y ya ni te contestan, directamente te ignoran. No quieren pintar, no quieren leer, no quieren hacer puzles. No quieren nada.
Si por ellos fuera entrarían en un estado de hipnosis televisiva y pasarían los días viendo capítulos de Pepa Pig en bucle.

Tengo claro que llega un punto en el que los niños necesitan calle. Necesitan correr, dar patadas a un balón, tirarse 15 veces seguidas por el tobogán, pelearse con otros que no sean sus hermanos y subir a casa con arena en los zapatos.

Y yo también lo necesito, lo confieso. Sacar a pasear a la madre-parque que llevo dentro. Sí, esa madre que pasa por varias etapas según sus hijos van creciendo, hasta encontrar su lugar en el mundo-parque.

Cuando eres primeriza, te bajas con tu bebé y tu revista, muy feliz de haber logrado tamaña hazaña de salir de tu casa duchada antes de las 3 de la tarde. Te dedicas a pasear y luego te sientas discretamente alejada del “meollo parqueril” y sólo mantienes conversaciones con otras monomadres todas apasionantes del tipo “¿qué tiempo tiene?” o “¿a qué pediatra lo llevas?”.

Cuando tu retoño empieza a dar sus primeros pasos, te conviertes en la “madre guardaespaldas”, persiguiéndole por todas partes para evitar que se estampe. Como estás muy motivada, le compras el kit de pala-cubo-regadera (aunque vivas en Madrid y tu parque no tenga ni fuente) y te sientas con él en la arena viendo las horas pasar. En esta fase empiezas a interactuar con otras madres, aunque sin mucha intensidad ya que estás plenamente convencida de que si te distraes tu hijo correrá un grave peligro. Lo que aún no sabes es que da igual lo que hagas; mientras buscas el móvil en tu bolso o te haces una nota mental para acordarte de comprar papel higiénico, en ese preciso instante, tu hijo se pegará un piñazo ante tus ojos a menos de medio metro de tus pies sin que puedas hacer nada para evitarlo. Obviamente le saldrá un chichón del tamaño de una mandarina como jamás hayas visto.

Con el tiempo y más criaturas a tu cargo evolucionas y llegas, cómo no, al nivel #malamadre de parque. A los mayores los pierdes de vista en cuanto bajas y del pequeño, qué decir… Suele ser una “madre guardaespaldas” la que te informa (con cierta mirada de reprobación, todo hay que decirlo) de que tu hijo se está comiendo la tierra a puñados mientras tu cascabas con otras #malasmadres.

Como buena #malamadre nunca te acuerdas de bajar los must del parque: agua, toallitas y cleenex, y vas mendigando un rastrillo para que tu hijo deje de jugar con el envase del Actimel a modo de cubo.
Otra técnica digna de profesionales, es “prestar” tu bebé a las niñas más mayores para que jueguen a las mamás. El verano pasado mini-wini dio una media de 18 vueltas a la urba cada tarde. Él feliz y sus madres postizas encantadas de la vida.

Existe otro nivel más avanzado si cabe, el de la “madre-no parque”, que es aquella que ya ni baja. Los niños, quasi-preadolescentes y autosuficientes, saben que a las 8 hay que estar en casa para ducharse y cenar. Visualizo a esa mujer como una reina haciéndose las uñas mientras yo persigo a mini-wini escaleras arriba y abajo, deslomándome mientras subo sus 13 kilazos una y otra vez por el tobogán, y qué quieren que les diga… La envidio. No veo el momento de asomarme a la ventana y gritarles en plan “Joshuaaaa!! A cenaaarr!!”.

Si al menos las horas de parque se pudieran convalidar por horas de gimnasio… Pero es que ni eso.

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Dándolo todo

10 Ene

Voy a haceros partícipes a los que aún no lo sabéis de una gran verdad. Las bodas y las cenas de empresa son las nuevas juergas de los que somos padres.

Porque seamos realistas, estamos en un punto en que las salidas nocturnas que no sean a urgencias con un niño vomitando, brillan por su ausencia, y al menos los Tripadres, cuando tenemos canguro o llamamos a Teleabuelo, solemos decantarnos por cenas tranquilas para tener conversaciones de más de 10 minutos y que versen sobre temas más interesantes que el qué comemos mañana o si La Rubia tiene ballet.

En resumen, que ese momento de tener un copazo en la mano y a David Guetta de fondo se da lo que viene siendo de pascuas a ramos.

Los padres y madres reaccionamos de distinta manera a esta inusual situación de vernos liberados de nuestras criaturas y la posibilidad de pasar una noche sin interrupciones. Los hay que cuando van de boda salen pitando según los novios terminan el vals a meterse en el sobre, ya que la perspectiva de dormir 8 horas del tirón es poderosa a la par que irresistible. Otros en cambio, a las primeras notas del Ave María de Bisbal y ante la visión de un Gin Tonic en copa de balón, se vienen arriba.

Adivinen en que grupo me encuentro.

Y es que como bien dicen “la cabra tira al monte” o “el que tuvo, retuvo”, y aunque nunca fui de las que cerraban los bares, digamos que disfruté de mi juventud y la noche madrileña. Así que no puedo evitarlo, está en mi naturaleza.

Porque verán ustedes, a una madre no la puedes llevar a un sitio cool con sofás de diseño a tomar una copa en plan tranquilo. No, señores. En lo que el camarero tarda en prepararle un GinTonic con todo tipo de frutos rojos, ese sofá atrapará a esa madre agotada y en dos minutos estará dando cabezadas e implorando que alguien la lleve a su cama mientras cuenta mentalmente la horas que le quedan para que uno de sus vástagos asome por la puerta pidiendo un Cola-Cao.

Pero a esta misma madre la pones un lunes en un bareto de mala muerte, a 90 km de su familia, le das un Beefeater de toda la vida, y aún teniendo que currar al día siguiente, esa madre lo dará todo. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes… Porque esa madre sabe que ese momento es único, que ese día los astros se han alineado y que las ocasiones las pintan calvas.

El caso es que he tenido la oportunidad de disfrutar sufrir estas alineaciones planetarias varias veces últimamente. Véase, Trimadre en paradero conocido pero alejado del resto de la Trifamily por motivos laborales, con pernocta fuera del hogar y plan nocturno de cena y copazos incluido.

Créanme si les digo que en estas coyunturas, cuando llego a mi habitación de hotel y veo una mullida cama de 2×2, con 8 almohadas y un impoluto y blanquísimo edredón nórdico, sin rastro de Winnie the Pooh o coches de Hot Wheels por el suelo, me hago a mí misma una promesa: “Juro solemnemente que esta noche duermo 8 horas del tirón”. Y me lo creo, sí, sí, sí. Siempre se me ha dado bien el autoengaño, ya sea para planear lo que voy a adelgazar de aquí a julio o para decidir que me da tiempo hacer 50 recados en una hora.

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Podría decir que no tengo personalidad, que me dejo arrastrar por las masas, que mis colegas suplican mi presencia y que no me queda otra que acompañarles al bar de turno para tomar la copa de rigor y volverme pitando a casa. Pero mentiría… Me pinto el ojo, me pongo el tacón y ya no hay vuelta atrás para esta madre que suscribe.

Durante la noche, sus compañeras de trabajo la mirarán ojipláticas cuando pregunte quién es ésa del video pornográfico y cuando le contesten que es Miley Cyrus, (¡ahhhh! ¡Hanna Montana!), ella se preguntará cómo es posible que Walt Disney no se haya descongelado del susto. Alucinarán cuando le pida al DJ temazos como “Sufre mamón” o  alguna de Un pingüino en mi ascensor. Una que es una nostálgica…

Y así entre bailoteo y copa, pasó la noche. Acompañada por otras #malasmadres y al grito de “¡hacedlo por las madres!” conseguimos retener a las más jovenzuelas hasta que nos echaron del garito altas horas de la madrugada.

Resumiendo, salir de marcha con madres son todo ventajas:

1. Salimos muy baratitas. Con dos copas ya estamos de lo más simpáticas y dicharacheras. Es lo que tiene llevar la mitad de los últimos años de tu vida embarazada, lactando o simplemente acostándote a las 11 los viernes, que el alcohol actúa a la velocidad del rayo en nuestro organismo.

2. Aguantamos carros y carretas. Alguna ventaja tenía que tener llevar AÑOS sin dormir, y vive Dios que es mucho mejor no hacerlo por estar dándolo todo en la pista de baile que por un bebé llorón. Como unas rosas estábamos las madres a la mañana siguiente. Menudas somos.

3. No tenemos vergüenza. Se debió de quedar en algún paritorio cuando 2 matronas y 3 ginecólogos nos miraron por debajo del camisón, así que no tenemos problema en pedirle al DJ que nos ponga “Se acabó” de María Jiménez sin que se atisbe una sombra de rojez en nuestro rostro o bien subirnos a una plataforma a bailar la mayonesa.

El Bar Coyote : foto David McNally, Piper Perabo

Aquí Trimadre en uno de los momentos álgidos de la noche

Con estas aptitudes, no me digan que no es un planazo.

Y para aquellas a las que leyéndome les ha picado el gusanillo y han sentido una necesidad imperiosa de tomarse un cubata, esperar una cola de media hora para hacer pis en un baño inmundo y acostarse con ese característico pitidito en el oído mientras “echan el ancla” para que el cuarto deje de dar vueltas, sepan ustedes que se está organizando una fiesta de más de 2.000 #malasmadres. Si no saben de qué hablo, hagan el favor de unirse ipsofacto al club en http://www.laninasinnombre.com/cdm/ y seguirlas en Twitter @malasmadres o facebook htp://www.facebook.com/malasmadres.

Nos vemos en la barra.

fiesta #malasmadres

The unhappy hour

28 Oct

Las 7:30 pm. Esa hora a la que los que no tienen hijos salen del curro y se van a un after-work a tomar un GinTonic porque es martes y ellos lo valen. Esa hora a la que se petan los gimnasios. Esa hora a la que, increíblemente, hay mujeres en los probadores de Zara. A esa hora empieza la vida para muchos.

Pero para las #malasmadres la cosa es bien distinta. Puede que estés en el parque o jugando con plastilina en la mesa de la cocina. Miras el reloj de reojillo y piensas “venga va, 5 minutos más”. No, no lo haces por ellos en plan “qué bien se lo están pasando”, lo haces por ti, confiesa. En 3, 2, 1… empieza la guerra.

Es la peor hora del día, Y LO SABES.

La idea que una tiene de la hora del baño es muy distinta cuando aún no tiene niños. ¿Será culpa de los anuncios de Johnson’s Baby y Nenuco, donde todo son sonrisas, masajitos, miradas embelesadas y pompas de jabón flotando in the air? Cierto es que el engaño dura poco. El primer día que bañas al bebé en casa al volver del hospital cae el mito. Los padres primerizos parece que estemos manejando material inflamable y en el ambiente, lejos de ser relajado, se masca la tragedia… ¡el agua está muy fría! , ¡no le cojas así!. Nervios y hormonas a partes iguales. Por no hablar del despliegue de medios, que podríamos operar a alguien a corazón abierto encima del cambiador sin ningún riesgo (gasas, tijeras, alcohol de 70º,  suero en cantidades industriales…). Lo del masaje se deshecha en el acto ya que esa criatura que se ha puesto roja como una gamba no para de berrear, con lo que se decide acabar con el tema cuanto antes.

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico...

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico…

El caso es que ya desde del primer momento te das cuenta que de relax no tiene nada, pero te lo han grabado a fuego: la hora del baño es vital para el bebé, para que duerma mejor, coma mejor y viva más años. Tanto es así que se nos nubla la razón y hacemos cosas absurdas…

Amigos sin-hijos: “¿Venís a ver la final del Mundial a casa, así podéis traer al niño?”

Monopadres: “Uy, no podemos, es que es a la hora del BAÑO”.

Con los años, y el número de hijos, te das cuenta que el baño diario está sobrevalorado y tu umbral de tolerancia a la suciedad aumenta exponencialmente. Pero lo que no cambia es el estrés del momento. Según crecen empiezan las peleas por introducirlos en la bañera y posteriormente para sacarlos. Claros ejemplos de bipolaridad infantil son los famosos “no me quiero bañaaaaaaaaaaaaar” seguidos de los “no me quiero saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir”. Una vez que consigues convencerles o en su defecto congelarles quitando el tapón, empiezan los ataques de locura transitoria. Los niños que hace diez minutos estaban llorosos y agotados, parece que se han tomado un RedBull. Es verse fuera del agua y en pelota picada y empezar a correr por toda la casa o saltar encima de la cama. Una, que a esas horas no suele estar para tonterías, empieza a impacientarse por la actitud insurrecta de sus churumbeles y las amenazas y bocinazos hacen su aparición.

Es el momento de encomendarse a Disney Channel o recurrir a técnicas de inmovilización para conseguir ponerles el pijama. Una vez logrado el objetivo, puedes dejarles hipnotizados ante la tele un rato mientras preparas la cena. En esos minutos de soledad cocinera, mientras rezas porque la paz reinante se la debas a Dora la Exploradora y no a alguna fechoría silenciosa, te recompones del primer asalto y te preparas psicológicamente para el segundo round, lo que no es moco de pavo si tenemos en cuenta que estás empanado un filete o si es tu día de suerte, programando el microondas.

Si el menú es del gusto de los mini-chefs, en media hora puede que hayas superado la Fase 2 pero si están de no (“no me gusta”, “no quiero”, “no tengo hambre”, etc) habrá que sacar la artillería pesada. Como toda #malamadre que se precie, te preguntas cómo de importante es que se coma esos dos trozos de tortilla mientras observas las agujas del reloj avanzando impasibles. Hay días en los que te autoconvences de que la fruta diaria tampoco es fundamental (mira los esquimales, ni la catan y ahí siguen tan contentos) y decides sacar las natillas de chocolate, apuesta segura donde las haya.

Una vez pasado el trámite de la cena con mayor o menor éxito, no hemos terminado, no señores. Aún nos quedan los “lavaos los dientes”, “así no, un ratito más”, “haced pis”, “¿seguro que habéis hecho pis?”, “a la cama YA” aderezados aquí y allá con los “es la última vez que lo digo” y “a la de 1, a la de 2…”. Por supuesto serán ágilmente contraatacados por los “otro cuento más” o como diría La Rubia el ultimitísimo de verdad, y los “tráeme agua”, “quédate un poquito plis plis plis” (daños colaterales del bilingüismo, ejem) y el nunca pasado de moda “¡mamiiiii veeeeen!”.

Cuando casi has perdido toda esperanza, te duelen hasta las pestañas, no sientes las piernas y el solo hecho de pensar en volver a recorrer el pasillo te produce urticaria… Entonces… Llega él.

Por fin.

EL SILENCIO.

Buenas noches.

P.D. Puedes unirte al Club de las Malasmadres en Twitter @malasmadres o o facebook. Ésta es su web: www.clubdemalasmadres.com

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