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De agendas, deberes y otros menesteres

27 Ene

Yo en vacaciones aprovecho para descansar de los deberes. Y no me refiero solo a sus deberes, si no también a los que nos ponen a los padres. Creo que nunca en la historia los padres y madres hemos estado tan ocupados, y nunca antes habíamos tenido tantas tareas que hacer para el cole de nuestros hijos.

Me refiero a esas notas que aparecen en las agendas (ese invento del demonio) del tipo “buscar información sobre los patos”, “traer fotos de animales de la selva”, “llevar flor para la Virgen”… Un suma y sigue que si lo multiplican por el número de hijos que uno tenga se convierte en un festival del humor y un sube y baja a la tienda de los chinos. La agenda es un invento muy útil, pensarán muchos. Y lo es por supuesto… ¡si la lees! Las agendas las carga el diablo, y si eres un poco #malamadre, le echarás un vistazo así de soslayo a la que te vas a la cama y entonces, ya será tarde para ti amiga. Porque no sé en otras casas, pero en mi revistero solo hay un triste Telva de hace 8 meses en el que obviamente no hay fotografías de ñus en su hábitat natural ni tampoco tengo a mano en mi biblioteca un ensayo sobre aves para comentar con El Mayor las diferencias entre la oca y el pato común. Así que suele tocar encender el ordenador, ponernos en manos de Mr. Google, darle caña a la impresora y hacer lo que se pueda.

Y ahora me corresponde entonar el mea culpa, porque sí, lo reconozco, a veces se me pasa mirarla, y entonces no me entero de las cosas que avisan con poco margen de actuación. Pero es que si me lo ponen un mes antes, malo también porque a los dos días se me ha olvidado y cuando llega el día D a mí que no me pregunten que yo no sé nada.

De hecho tengo ejemplos de los dos tipos, para que no digan que no me esmero.

El año pasado se nos olvidó comprar la flor para el día de la Virgen, de lo que nos habían informado con semanas de adelanto. Y nos tenían que ver a toda la Trifamily un domingo por la noche apatrullando el barrio en busca de una flor medianamente decente para llevar al cole. Trimadre explorando cada trozo de verde que aparecía por el camino y encima educando a los niños,” hijos míos, esto no se hace, solo en casos de emergencia”.

El segundo caso es más grave. Pónganse en situación. Semana previa a la Navidad. Último día de cole. Madre que ha estado dos días de viaje. Madre que lleva a los niños al cole por primera vez en todo el trimestre. Madre que se va acercando a la puerta con La Rubia de la mano y empieza a notar que algo no va bien. Madre que observa que la rodean pastorcillos, estrellas, Melchores y Gaspares a tutiplén. Mente de madre que empieza a pensar rápido y recuerda que el festival de Navidad del cole fue hace ya unos días. Algo no cuadra. Madre que llega con La Rubia a donde se encuentra su clase temiéndose lo peor. –

– “¡¡MamádelaRubia!! ¡¡mamádelaRubiaaa!!!”, me espetan dos mini-vírgenes María con sendos Nenucos bajo en brazo.

“Mmmm… Buenos días”, contesto educadamente mientras observo a La Rubia con el rabillo del ojo.

“¿No has mirado la agenda?, ¿no has mirado la agenda?”, me preguntan mientras me escrutan con la mirada.

“Ehhhh, creo que no” (empiezo a palidecer, ahora es La Rubia la que me mira fijamente)

“Podíamos venir disfrazados porque es el último día”, me dice la María rubia.

“De lo que quisiéramos”, me dice la morena, “aunque no era obligatorio”. (un poco de compasión por favor…)

En esto que aparece Fulanita, con su chándal del cole, mi salvadora: “No pasa nada, mi mamá tampoco la ha leído”. Me vuelve el riego al cerebro y hago un barrido por lo niños de la clase y sentencio: “¡Y las mamás de Zutanito y Menganito tampoco!” (mal de muchas #malasmadres, consuelo de tontas…).

La Rubia que es una bendita, me sonríe, me da un beso y se va con su amiga la del chándal más contenta que unas pascuas. Yo respiro hondo, miro a la culpa que ya se me ha agarrado del brazo, y juntas nos vamos al coche jurando en arameo, pensando por qué narices no miraría yo ayer la agenda y preguntándome para qué estoy metida en 3 grupos de Whatsapp de madres en los que no se habla de estas cosas.

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

Tampoco puedo dejar de mencionar a los que ya se están convirtiendo en clásicos de todo cole que se precie, como  la mascota itinerante, que te acompaña todo el fin de semana y con la que se supone debes hacer mil y una actividades súper interesantes y novedosas, al estilo de los padres de Caillou. Y a ti, más que llevártela al parque de atracciones lo que te dan son ganas de meterla en la lavadora. Y es que con la vida que lleva la pobre no es de extrañar que esté hecha una pena. Yo cada vez que nos toca vivo angustiada de perderla por algún sitio o dejárnosla abandonada en casa de la abuela.

Luego está el libro viajero, que lo tienes una semana circulando por casa y hasta el último día, a última hora no te enfrentas a él, porque a ver qué pones. Sí, tú, porque tu hijo de 3 años está a otros menesteres y el tema del libro, como decirlo… le trae al pairo.

En fin, yo este año me estoy esmerando y me he comprado un calendario familiar para apuntar bien todas las tareas organizadas por cada miembro de la unidad familiar. Ahora solo tengo que mirar la agenda para saber cuáles son. Ahí es .

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Año nuevo ¿vida nueva?

12 Ene

Eso dice el refrán pero permítanme que discrepe, puesto que por estos lares hemos empezado el año tal y como acabamos el anterior, es decir, con algún miembro de la Trifamily aquejado de algún tipo de achaque.

No es la primera vez que hablo de este tema, y es que no es ningún secreto que en esta familia tenemos un club de fans formado fundamentalmente por virus y bacterias de distinto origen y condición que practican el acoso y derribo con todos nosotros cada curso escolar.

Hace tiempo que le doy vueltas a una teoría, y es que estoy convencida que estos microorganismos tienen capacidades muy superiores a las que les atribuimos ya que vengo observando que actúan con nocturnidad y alevosía siguiendo distintos modus operandi. Y es que intuyo que a finales de agosto se agazapan bajo nuestro felpudo hasta que nos ven desembarcar con las maletas, momento que celebran con hurras y vítores para acto seguido entrar en nuestro hogar y despedirse del mundo exterior hasta el siguiente mes de julio. En ocasiones atacan en bloque a todos provocando distintos síntomas en cada uno y otras en cambio van rulándose de uno a otro hasta que caemos todos como chinches. Si les digo que allá por septiembre Tripadre tuvo el conocido virus de guardería boca-mano-pie comprenderán que no exagero nada.

Así que como viene siendo costumbre en esta familia, el 1 de enero, con las uvas aún a medio tragar en el gaznate, ésta que les habla se encontraba con Mini-wini en el servicio de urgencias al que somos asiduos felicitando el año al personal sanitario mientras mi pequeño recibía sus primeros aerosoles de la temporada.

No es por darnos autobombo, pero es cierto que ya somos duchos en estas lides y tendemos a ver el vaso medio lleno, así que nos sentíamos afortunados de haber podido capear el temporal bacteriano durante las fechas claves navideñas. Así que ni tan mal.

En esas estábamos cuando días después, a media de hora de recibir invitados a cenar, me hallaba yo sola con los tres en casa, recogiendo plastidecor, calcetines y hotwheels del suelo a diestro y siniestro con el objetivo único de adecentar el salón para no asustar a las visitas. Momento éste en el que El Mayor se planta delante mío y me suelta la fátidica y temida frase que ninguna madre quiere oír: “Me pica mucho  la cabeza“.

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Hola, soy un piojo y he venido a sembrar el pánico en tu hogar.

Yo que me lo quedo mirando pensando “imposible, no puede ser“. Que pensarán ustedes y con razón “¿y por qué no va a poder ser?“. Pues verán, siempre he pensado que dado que batallamos año tras año con todo tipo de microorganismos, la justicia divina nos había dotado de una especie de halo protector contra los siguientes animalitos invasores en la línea evolutiva. Llámenme ilusa pero 7 de años de inmunidad piojil me avalaban. Pero a la vista está que me equivocaba. El Karma se ha resintonizado en 2015 y lo que se cocía en la melena del Mayor era una plaga en toda regla.

Con el primer avistamiento ya sospeché que aquello era serio y llamé a Tripadre histérica perdida urgentemente para que antes de volver se hiciese con todo el material necesario en la primera farmacia de guardia que pillase. El pánico cundió por momentos, los invitados a punto de llegar (menos mal que eran familia), la cena a medio preparar y la casa hecha un desastre.

Yo entré en un bucle de negación de “no me lo creo“, “pero esto qué es” que viéndolo con perspectiva, no contribuyó mucho a terminar con el caos reinante, pero qué quieren que les diga, no estaba psicológicamente preparada para ver CORRER a esos bichos inmundos por el pelazo de mi retoño.

Tras una inversión económica de 35 euros  y hora y media encerrados en el baño, dimos por concluido el primer round piojo-Trimadre, con la inestimable ayuda de mi cuñada con experiencia previa en el asunto. El Mayor lloró, pataleó y se enfadó. Y yo también, por supuesto. Esta vez La Rubia y Mini-wini  se libraron pero también tuvieron que pasar la inspección con sus consiguientes llantos.

No voy a detallarles aquí mis desvelos durante la lucha piojil, más que nada porque no es un tema agradable de tratar a estas horas café en mano. Simplemente mencionaré que mi primogénito tenía en su pelambrera todas las fases del desarrollo del parásito que nos ocupa, desde las liendres microscópicas que no hay liendrera de 15 eurazos que las atrape, hasta el padre de todos lo piojos que miedo me daba que me pegase un bocao.

Este asunto de los piojos deja secuelas, de hecho días después aún me sigue picando todo y les reviso las cabezas obsesivamente como una madre mandril. Así que, sinceramente, considerando el debut que hemos hecho en el nuevo año, me planteo seriamente la opción de hibernar cual oso pardo y levantarme allá por mayo a ver si las aguas han vuelto a su cauce.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Yo soy esa

15 Sep

La que siempre lleva las cuentas en los viajes. La que reserva la casa rural para 18. La que busca el sitio para el cumple de 5 niños. La que organiza la cena de Navidad del departamento. La que se encarga del regalo de la profe. Yo, soy ESA.

Ya me lo decía mi madre desde bien pequeña “hija, ¿es que no hay otra niña que pueda llevar el [poner aquí el objeto más extraño que se os ocurra]? ¿Siempre tienes que ser tú?”. Yo no sé qué pasa, la verdad, igual debería mirármelo, pero desde que tengo memoria siempre me ha poseído una fuerza inexplicable cuando alguien pide un voluntario para lo que sea. ¿Que el profesor preguntaba si alguien podría traer unos mejillones para diseccionar? Allí estaba yo. ¿Que había que llevar al cole un radiocasete para ensayar la coreografía de Bananarma en el recreo? Yo podía, supuesto.

Esto que suena muy bonito y muy cuqui, en plan qué voluntariosa soy, me granjeó no pocas broncas y charlas paternas desde mi más tierna infancia. Porque a este mi altruismo desmedido hay que añadirle que soy despistada y desastrilla por naturaleza, así que al final el radiocasete volvía sin cable y si eran cinco mejillones pues yo me liaba y llevaba 50. Vamos, que la combinación de estos rasgos de mi carácter era más bien un cóctel molotov.

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Tan repelente no era, pero el brazo se me iba solo.

Recuerdo que en segundo de EGB, con 8 años, acabé liando a mi madre no sé cómo para comprarle un regalo al profe porque había tenido un bebé de parte de toda la clase. Repito, con 8 años. Aquello debió ser el principio del fin.

Esta forma de ser ha llenado mi existencia de momentos muy gratificantes pero también de otros trágicos, como cuando Tripadre y yo ofrecimos nuestro piso recién estrenado para hacer la fiesta de Nochevieja con los amigos. Cuando a las 5 de la mañana las copas rodaban por el suelo, ya era tarde para nosotros y para nuestro parquet. Y es que en esto se ha cumplido eso de “Dios los cría y ellos se juntan” y Tripadre no sólo no me frena, si no que me acaba animando.

En mi faceta madre, cómo no, es más de lo mismo. Pongamos de ejemplo el fin de curso pasado. En el cole de los niños es costumbre tener un detalle con las profesoras para agradecerles el trabajo que hacen durante el año. Yo veía que se acercaba el final de las clases y que nadie decía ni Pamplona. Como me conozco, me intento controlar, “tú calladita, que estas más liada que la pata de un romano para meterte en más fregaos“, me repetía convencida. Pero como pasaban los días a final mandé el fatídico whatsapp al grupo de madres, a sabiendas que era mi pasaporte a la fama:

– ¡Hola! ¿Qué os parece si les compramos algo a las profes?

Luego vino la típica repuesta de madre avispadilla, ésa que me gustaría ser a mí.

– Genial!!! Cuenta conmigo!!

Respuesta que obviamente va seguida de otras tantas similares. Ahí es cuando yo me pregunto ¿por quéeee? ¡¡si no he dicho nada!! Otras veces reconozco que me puede la impaciencia, los “estaría bien”, “me parece fenomenal” etc que no llegan a nada concreto, me acaban poniendo nerviosa y sin saber cómo ha pasado, acabo soltando un “yo me encargo” para acabar con tanto vaivén de mails y mensajes que me estresan infinito.

Pero este curso prometo reformarme, por lo menos en parte. He aprendido la lección. El recuerdo de una tarde de junio en el patio del colegio, a 38 grados, con mini-wini berreando en el carro, la Rubia desapareciendo de mi vista cada 5 segundos, el Mayor dando balonazos a diestro y siniestro y 200 padres metiéndome billetes de 5 euros en los bolsillos como a una stripper cualquiera, es algo que no deseo que se repita. Tampoco me veo un año más a las 2 de la mañana haciendo un collage de fotos al entrenador de fútbol del Mayor (sí, han leído bien), idea maravillosa de un Tripadre que, a los hechos me remito, padece del mismo mal que su santa esposa.

Por suerte no estoy sola en este mundo y hay más madres de ÉSAS por ahí sueltas. No abundan la verdad, pero entre nosotras nos identificamos rápido y nos apoyamos, que el “un año tú otro yo” se agradece.

Quienes me conocen pensarán (y con razón) que todo esto lo digo con la boca pequeña, porque en el fondo, muy fondo, me va la marcha.

Y LO SABEN.

 

Bienvenidos al norte

10 Sep

Desde que tengo uso de razón he pasado mis veranos en el norte, en las Rías Baixas para más señas. Hasta que no fui una universitaria con ganas de fiesta loca, no pisé las playas de
Levante y las del sur las vieron mis ojos bien cumplidito el cuarto de siglo, cuando empecé a compartir veranos con un Tripadre de orígenes gaditanos.

Con los años me he dado cuenta que lo que tú ves normal no lo es tanto cuando vas de visita de la meseta para abajo.

Recuerdo que cuando éramos novios y Tripadre veraneaba en Conil, siempre le preguntaba cuando hablábamos por teléfono (desde la cabina del bar #ojocuidao) qué tal tiempo hacía. Él obviamente alucinaba: “¿Pues cómo va a hacer?? ¡¡bueno!!!”.

Y es que cuando uno se levanta en el norte, lo primero que hace antes de quitarse las legañas y dar los buenos días a su madre, es mirar por la ventana. Es un acto reflejo.
Un tema de crucial importancia ya que de lo que veas dependerá el planteamiento vital que hagas del día que se presenta.

Si hace un sol radiante, aunque lleve así desde hace una semana, aprovecharás a tope y no moverás el culo de la playa más cercana porque quién sabe lo que ocurrirá mañana o el tiempo que hace 10 km más al oeste. Ante la duda, no nos moverán.

Si está nublado, tranquilidad, que no cunda el pánico. Es probable que “abra” ( concepto muy galego sinónimo de despejarse o escampar) y acabes en la playa igualmente. Un día gris en el norte puede dar para mucho, así que hay que salir de casa con las chanclas y la sudadera. Y chimpún. A Tripadre le ha costado unos añitos pillar este concepto y antes en cuanto veía dos nubes me montaba un plan cultureta. Ahora ya sabe que en el norte se va a la playa con jersey y que en algún momento de verano es probable que acabes envuelto en una toalla a modo de manta. Y tan a gusto oye.

¿Y qué pasa si de verdad hace malo y llueve, truena y relampaguea? Siempre tendremos un plan alternativo, y no, no es descubrir el románico de la provincia de A Coruña. Es COMER. Es más que seguro que en 5 km a la redonda tengas una feria del pulpo, de la cigala o de almejas a la marinera. Da igual, en cualquiera de ellas comerás de cine y por dos duros.

Los hábitos playeros también cambian del norte al sur. A mí me hicieron los ojos chiribitas cuando en Cádiz vi gente vendiendo latas de cerveza o los tenderetes que se montan en la playa, que no les faltaba de nada, mesas, sillas, neveras portátiles por doquier… hasta una tele vi, lo juro. En el norte este despliegue sería digno de pararse a hacerle una foto cuanto menos.

El tema del agua y su baja temperatura trae cola cuando hablas de veranear en el norte. Y sí, no lo voy a negar, hay días que sufres un paro cardíaco al meter el pie en la orilla pero ¿y lo que revitaliza? Sales del agua con el cuerpo y la mente oxigenados, ves con más claridad el mundo que te rodea. En ese momento hasta podrías montar un mueble de Ikea sin instrucciones si te lo propusieras. Es casi como tomarte la pastillita de Matrix. Además, si creces bañándote en aguas norteñas no habrá océano que se te resista. Serás de esas personas que no titubean a la hora de lanzarse a la piscina y si pruebas la del Mediterráneo… en fin… No podrás llamar a ese caldo “mar” (no se me ofendan por favor).

El desnudo integral merece un punto aparte. Al menos en la playa a la que voy, una chica en top-less da tema de conversación a medio pueblo. No estamos acostumbrados, será porque el agua está muy fría o porque corre el airecillo pero no es lo más habitual mostrar tu “personalidad”. Esto también incluye a los niños, no os vayáis a creer. En el norte lo de los churumbeles revolcándose en la arena como Dios los trajo al mundo como que no mola. Claro que por otro lado, ponle tú un pañal a tu criatura y entre 5 y 10 señoras se te acercarán para decirte “¡sácale el pañal al niño que se le va a irritar el culo!” (Nota aclaratoria: en gallego la ropa se saca en lugar de se quita y las fotos se quitan en vez de sacarlas). Así que no te queda otra que ponerle el bañador en plan comando, intentar controlar cuál es su hora “All Bran” y rezar a todos los santos para que el asunto se reduzca a aguas menores. La combinación del agua con ciertos deshechos humanos, no es buena, lo puedo asegurar.

También es distinta la maleta que uno hace cuando va hacia arriba o hacia abajo. Si pones rumbo al norte no puedes olvidar algunos imprescindibles como los calcetines, los vaqueros, unos zapatos o zapatillas que se puedan mojar y cómo no, el chubasquero.  Reconozco que cuando voy a destinos más calurosos me cuesta no meter una chaquetita por si refresca. Algunos verán como un inconveniente esto de “abrigarse” en pleno verano, pero pocos placeres hay comparables a taparte con tu edredón una noche de agosto.

El norte engancha; ir al cine o sacar los Playmobil de cuando era pequeña se convierten en planazos mientras fuera llueve a cántaros y si está nublado hacemos excursiones, sacamos las bicis o jugamos al fútbol en la playa (con sudadera, eso sí).

Pero los adictos al norte también somos humanos y apreciamos una semana de paz interior sin necesidad de mirar al cielo a lo Escarlata O’Hara implorando a esa nube gigante que se eche a un ladito.

Así que aunque sea por unos días, la Trifamily pone rumbo al sur, a comer pescadito frito, beber una Cruzcampo tumbados en la arena y ver atardeceres de los que te dejan sin respiración.

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Sé que estos chicos no pegan ni con cola, pero me han salido en Google-imágenes y no me he podido resistir… Qué recuerdos…

Nos vamos

15 May

Nos vamos.

Para poder andar sin prisas, aunque sea bajo la lluvia, sin empujar una silla con una mano y con la otra sujetar a La Rubia para cruzar mientras él lleva la bici del Mayor que ya no quiere pedalear más. Y pasear dándonos la mano yo a él y él a mí.

Para poder hablar hasta que se nos acaben los temas de conversación. Para que nos den ataques de risa en la cama y no despertemos a ninguno de nuestros hijos.

Para comer a la hora que queramos y donde queramos, sin preguntar si tienen menú infantil ni peinar el local con la mirada para ver si hay tronas y lanzarnos a por la que está libre cual buitres leonados. Y que nos importe tres pimientos que haya o no cambiador.

Nos vamos.

Para dormir del tirón y despertarnos porque sí.  Sé que me levantaré sobresaltada pensando “¡no los he oído!” para luego darme cuenta que están a kilómetros de distancia, pero aún así, lo necesito. Lo necesitamos.

Para entrar en esas tiendas que nos gustan, en las que venden mil cosas que no nos compraremos, sin preocuparnos porque mini-wini lo coja todo y una dependienta nos lance una mirada asesina que nos haga salir pitando.

Para cenar en un sitio bonito con una copa de vino y luego, si nos apetece, tomarnos un GinTonic, sabiendo que al día siguiente el Capitán SinSueño no nos despertará para informarnos de que son las 7:25.

Nos vamos.

Para aparcar el coche en Madrid y olvidarnos de abrochar/desabrochar sillas por doquier y de paso dejar de escuchar en bucle la BSO de Frozen al menos durante cuatro días (suéltaloooo…).

Para salir de la habitación preocupándome únicamente de coger mi bolso; sin preparar nada, ni potitos, ni pañales, ni 4 abrigos bajo el brazo. Solo el mío.

Para pedirle a un japonés que lleve una cámara con un objetivo gigante que nos saque una foto a los dos y podamos demostrar al mundo que fuimos juntos (y si no, le daremos a los selfies).

Para pelearnos porque nos hemos perdido. El clásico tú no sabes leer los mapas / tú no preguntas ni a tiros en el que siempre caemos.

Nos vamos.

Para recordar que sus ojos son casi verdes cuando les da el sol y que canta en la ducha cuando está contento aunque se inventa las letras.

Para charlar de cosas importantes y de otras no tanto. Sin interrupciones. Y sin tele. Y sin quedarnos fritos en mitad de la conversación (y ella no era, ejem).

Para disfrutar del silencio nada incómodo de los que llevan media vida juntos.

Para que esa canción que suena de fondo en un pub se convierta en “nuestra canción de Londres” y nos trasporte siempre allí cuando la volvamos a escuchar.

Nos vamos.

Para ver a los guardias del Palacio de Buckingham y reírnos pensando que La Rubia se habría escondido entre nuestras piernas si hubiésemos querido hacerle una foto con ellos. Para imaginarnos la cara que pondría Mini-wini si viera las ardillas de Hyde Park. Para subirnos al London Eye y pensar lo que habría disfrutado El Mayor. Para echarlos de menos a cada rato y que todo nos recuerde a ellos. Y aún así, disfrutar cada minuto.

Para que el último día se nos haga tan largo que lleguemos antes de lo necesario al aeropuerto contando las horas para verles.

Nos vamos. Porque 10 años son 10 años.

 

 

 

“Modo parque” ON

26 Mar

Por fin le hemos visto el pelo. A la estrella más grande de nuestro sistema planetario. Pensábamos que lo habíamos perdido pero no. Allí estaba él, escondido detrás de ese nubarrón perenne y amilanado por el viento huracanado que nos ha acompañado últimamente.

Después de semanas, qué digo semanas, ¡meses!, a buen recaudo en nuestros hogares, hemos podido salir y disfrutar de su presencia.

No ha sido fácil, no señor. Estas tardes de invierno se han hecho más largas que un día sin pan. Y eso que hemos hecho todo tipo de planes in-door.

Un año más, los de la tienda “asiática” de al lado de mi casa han hecho el agosto conmigo. Esta temporada he arriesgado y he introducido en mi lenguaje palabros como “goma EVA” o “fieltro”. Lo nunca visto. Todo por pasar la tarde mal que bien encerrados en nuestra humilde morada.

También hemos jugado a los restaurantes, a las peluquerías, a los restaurantes-peluquería, a los médicos, a los veterinarios, a los médicos-veterinarios, a los coles, a las oficinas y hasta a los coles-oficina.
He hecho cosas que nunca imaginé que sería capaz de hacer como sacar el Scalextric entre semana, montarme el parque de atracciones de Pin y Pon en tiempo récord un día sí y otro también o echar tres partidas seguidas al parchís con dos micos que no se saben la reglas sin sufrir un colapso.

Pero llega un momento que los niños dicen BASTA. Sacas el baúl de la plastilina y cuando antes aplaudían como locos, ahora salen por patas. Le dices poniendo tu mejor voz de Mary Poppins “¿Qué os parece si os ponéis los disfraces?” y ya ni te contestan, directamente te ignoran. No quieren pintar, no quieren leer, no quieren hacer puzles. No quieren nada.
Si por ellos fuera entrarían en un estado de hipnosis televisiva y pasarían los días viendo capítulos de Pepa Pig en bucle.

Tengo claro que llega un punto en el que los niños necesitan calle. Necesitan correr, dar patadas a un balón, tirarse 15 veces seguidas por el tobogán, pelearse con otros que no sean sus hermanos y subir a casa con arena en los zapatos.

Y yo también lo necesito, lo confieso. Sacar a pasear a la madre-parque que llevo dentro. Sí, esa madre que pasa por varias etapas según sus hijos van creciendo, hasta encontrar su lugar en el mundo-parque.

Cuando eres primeriza, te bajas con tu bebé y tu revista, muy feliz de haber logrado tamaña hazaña de salir de tu casa duchada antes de las 3 de la tarde. Te dedicas a pasear y luego te sientas discretamente alejada del “meollo parqueril” y sólo mantienes conversaciones con otras monomadres todas apasionantes del tipo “¿qué tiempo tiene?” o “¿a qué pediatra lo llevas?”.

Cuando tu retoño empieza a dar sus primeros pasos, te conviertes en la “madre guardaespaldas”, persiguiéndole por todas partes para evitar que se estampe. Como estás muy motivada, le compras el kit de pala-cubo-regadera (aunque vivas en Madrid y tu parque no tenga ni fuente) y te sientas con él en la arena viendo las horas pasar. En esta fase empiezas a interactuar con otras madres, aunque sin mucha intensidad ya que estás plenamente convencida de que si te distraes tu hijo correrá un grave peligro. Lo que aún no sabes es que da igual lo que hagas; mientras buscas el móvil en tu bolso o te haces una nota mental para acordarte de comprar papel higiénico, en ese preciso instante, tu hijo se pegará un piñazo ante tus ojos a menos de medio metro de tus pies sin que puedas hacer nada para evitarlo. Obviamente le saldrá un chichón del tamaño de una mandarina como jamás hayas visto.

Con el tiempo y más criaturas a tu cargo evolucionas y llegas, cómo no, al nivel #malamadre de parque. A los mayores los pierdes de vista en cuanto bajas y del pequeño, qué decir… Suele ser una “madre guardaespaldas” la que te informa (con cierta mirada de reprobación, todo hay que decirlo) de que tu hijo se está comiendo la tierra a puñados mientras tu cascabas con otras #malasmadres.

Como buena #malamadre nunca te acuerdas de bajar los must del parque: agua, toallitas y cleenex, y vas mendigando un rastrillo para que tu hijo deje de jugar con el envase del Actimel a modo de cubo.
Otra técnica digna de profesionales, es “prestar” tu bebé a las niñas más mayores para que jueguen a las mamás. El verano pasado mini-wini dio una media de 18 vueltas a la urba cada tarde. Él feliz y sus madres postizas encantadas de la vida.

Existe otro nivel más avanzado si cabe, el de la “madre-no parque”, que es aquella que ya ni baja. Los niños, quasi-preadolescentes y autosuficientes, saben que a las 8 hay que estar en casa para ducharse y cenar. Visualizo a esa mujer como una reina haciéndose las uñas mientras yo persigo a mini-wini escaleras arriba y abajo, deslomándome mientras subo sus 13 kilazos una y otra vez por el tobogán, y qué quieren que les diga… La envidio. No veo el momento de asomarme a la ventana y gritarles en plan “Joshuaaaa!! A cenaaarr!!”.

Si al menos las horas de parque se pudieran convalidar por horas de gimnasio… Pero es que ni eso.

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El tiempo entre pañales

17 Feb

Hace ya unos meses, Mini-wini cumplió un año. Un año. 365 días (con sus noches). Cualquier madre primeriza habría estado ilusionada, feliz y emocionada ante tan señalada fecha. Yo en cambio anduve tristona y pensativa sin parar de darle vueltas a lo fugaz de nuestra existencia.

La pregunta que no me deja dormir por la noche no es ni más ni menos que ésta: ¿dónde me he metido estos últimos meses?. Porque, a ver… ¿En qué momento ese bebé de 1 kilo 900 gramos que nació antes de tiempo se ha trasformado en un pequeño luchador de sumo de percentil 90? ¿cuándo se acabaron los gorgojeos en su cuna para dar alaridos y gritar “holaaaa” a todo el que pasa?, ¿qué estaba haciendo yo mientras él dejaba de quedarse acurrucado en mi regazo y empezaba a interesarse por arrancarme de cuajo los pendientes?

Ese canijo que decidió venir al mundo 5 semanas antes de lo previsto, pesa ahora 12 kilazos y abulta casi lo mismo que su hermana. Lloró como un condenado los primeros 3 meses para dejar bien claro que había venido para quedarse pero hoy puedo decir que es el más simpático de mis tres retoños y regala sonrisas a cualquier desconocido que le haga una carantoña. Prefiero no profundizar en este hecho, ya que sospechamos que está directamente relacionado con la cantidad de atención que recibe en su casa. Quedémonos con que el niño es muy salao.

La realidad es que, entre bajar un rato al parque para cansar a las fieras, hacer los deberes con El Mayor, pintar caritas sonrientes a La Rubia y levantar este país, no hemos tenido dos minutos para enseñar a mini-wini a hacer el 1 con el dedo índice o a soplar las velas. Qué penica. Pero créanme si les digo que no hubo mala intención por parte de los Tripadres y que esto del cumpleaños nos pilló por sorpresa, sin estas lecciones de vida básicas transmitidas a nuestro benjamín ni pedida la correspondiente cita para la revisión pediátrica. A él no podemos culparle, porque aunque brutote es un rato, cuando le dedicas unos minutos se muestra receptivo y colaborador como el que más. Confesaré también que hace apenas unos días que ha empezado a andar solito, y aunque igual ha influido que tiene una figura, digamos, poco aerodinámica, la principal causa es que se pasa la vida atrapado/reducido/aprisionado en diversos artilugios de retención infantil, véase: sillita de paseo, trona o parque. Y no, no es cuestión sólo de ser #malamadre, más bien de supervivencia de este torete de Albacete que no tiene una idea buena y si no le vigilo con cuatro ojos me lo encuentro levantado una maceta, sacando la mantelería o metiendo los dedos en el enchufe. Y como es comprensible, en multitud de ocasiones Trimadre está haciendo la cena, descargando el lavaplatos o corrigiendo unas sumas, por lo que no puede dedicarse en cuerpo y alma a perseguir al pequeño de la familia mientras éste explora el medio circundante y desarrolla sus habilidades psicomotoras.

El parque, también denominado Guantánamo por mi amiga N.

Aquí el parque, bautizado como Guantánamo por mi amiga N. Responde también al nombre de Alcatraz o de Alcalá-Meco para los más patrióticos, .

Que el tiempo vuela, es un hecho, pero cuando eres madre adquiere velocidades supersónicas. En lo que le das la vuelta a la tortilla de patata, tu hijo empieza a usar un número de pie que se acerca peligrosamente al tuyo. Te agachas a abrochar una zapatilla y una pequeña mano autoritaria te detiene con un “yo sola”. Sin darte cuenta los garabatos que dibujaban en un papel empiezan a transformarse en letras que se juntan para crear palabras con sentido y un buen día escuchas como tu Mayor se detiene ante un cartel y dice en voz alta “Biblioteca”. Te encuentras a ti misma intentando poner a La Rubia una chaqueta talla 18 meses, y no, no es porque hayas leído en el Hola Niños que se lleva la manga francesa, ni tampoco es porque apures la ropa hasta extremos insospechados en pro de la economía doméstica, que también. En el fondo de tu ser, te da dolor dar el paso a la talla 3-4 años, porque significa que ya no habemus bebé, ni rastro de esa tripota ni de los típicos andares pañaleros.

Últimamente veo señales de este crecimiento meteórico por todas partes. Una conversación padre-hijo sobre un córner (¿un córner?), esos dibujos que podían ver en bucle un capítulo tras otro y que ahora les aburren (mamá, es que Caillou es de pequeños ¿perdonaaaa?, ¿y tú qué eres?), o esas cenas antes eternas dando cucharadas a unos y otros que ahora no lo son tanto, hay menos lloros, menos  enfados y más conversación. Vas a taparles por la noche, y no puedes creer que esa piernaza desarropada sea del fruto de tus entrañas, que hasta me parece ver pelos y tatuajes tribales (tranquilidad, es mi imaginación) o que aquel osito sin el que La Rubia no podía dormir hasta hace unos meses haya sido relegado a la estantería más alta.

Así que solo me queda él, mini-wini., con su conversación incomprensible y sus culetazos por el pasillo. Que llora de emoción y nervios cuando me ve aparecer con su biberón, comiendo galletas con sus manos regordetas y dejando migas por todas partes. Y aunque tengo muchas ganas de poder ir los cinco al cine o salir de casa sin biberones ni potitos, no puedo evitar cuando entro en su cuarto por la noche y le veo en su cuna en una de esas posturas imposibles que sólo los bebés pueden encontrar confortables, desear que el tiempo se pare y mi mini-wini se quede así de mini para siempre.

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