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Yo soy esa

15 Sep

La que siempre lleva las cuentas en los viajes. La que reserva la casa rural para 18. La que busca el sitio para el cumple de 5 niños. La que organiza la cena de Navidad del departamento. La que se encarga del regalo de la profe. Yo, soy ESA.

Ya me lo decía mi madre desde bien pequeña “hija, ¿es que no hay otra niña que pueda llevar el [poner aquí el objeto más extraño que se os ocurra]? ¿Siempre tienes que ser tú?”. Yo no sé qué pasa, la verdad, igual debería mirármelo, pero desde que tengo memoria siempre me ha poseído una fuerza inexplicable cuando alguien pide un voluntario para lo que sea. ¿Que el profesor preguntaba si alguien podría traer unos mejillones para diseccionar? Allí estaba yo. ¿Que había que llevar al cole un radiocasete para ensayar la coreografía de Bananarma en el recreo? Yo podía, supuesto.

Esto que suena muy bonito y muy cuqui, en plan qué voluntariosa soy, me granjeó no pocas broncas y charlas paternas desde mi más tierna infancia. Porque a este mi altruismo desmedido hay que añadirle que soy despistada y desastrilla por naturaleza, así que al final el radiocasete volvía sin cable y si eran cinco mejillones pues yo me liaba y llevaba 50. Vamos, que la combinación de estos rasgos de mi carácter era más bien un cóctel molotov.

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Tan repelente no era, pero el brazo se me iba solo.

Recuerdo que en segundo de EGB, con 8 años, acabé liando a mi madre no sé cómo para comprarle un regalo al profe porque había tenido un bebé de parte de toda la clase. Repito, con 8 años. Aquello debió ser el principio del fin.

Esta forma de ser ha llenado mi existencia de momentos muy gratificantes pero también de otros trágicos, como cuando Tripadre y yo ofrecimos nuestro piso recién estrenado para hacer la fiesta de Nochevieja con los amigos. Cuando a las 5 de la mañana las copas rodaban por el suelo, ya era tarde para nosotros y para nuestro parquet. Y es que en esto se ha cumplido eso de “Dios los cría y ellos se juntan” y Tripadre no sólo no me frena, si no que me acaba animando.

En mi faceta madre, cómo no, es más de lo mismo. Pongamos de ejemplo el fin de curso pasado. En el cole de los niños es costumbre tener un detalle con las profesoras para agradecerles el trabajo que hacen durante el año. Yo veía que se acercaba el final de las clases y que nadie decía ni Pamplona. Como me conozco, me intento controlar, “tú calladita, que estas más liada que la pata de un romano para meterte en más fregaos“, me repetía convencida. Pero como pasaban los días a final mandé el fatídico whatsapp al grupo de madres, a sabiendas que era mi pasaporte a la fama:

– ¡Hola! ¿Qué os parece si les compramos algo a las profes?

Luego vino la típica repuesta de madre avispadilla, ésa que me gustaría ser a mí.

– Genial!!! Cuenta conmigo!!

Respuesta que obviamente va seguida de otras tantas similares. Ahí es cuando yo me pregunto ¿por quéeee? ¡¡si no he dicho nada!! Otras veces reconozco que me puede la impaciencia, los “estaría bien”, “me parece fenomenal” etc que no llegan a nada concreto, me acaban poniendo nerviosa y sin saber cómo ha pasado, acabo soltando un “yo me encargo” para acabar con tanto vaivén de mails y mensajes que me estresan infinito.

Pero este curso prometo reformarme, por lo menos en parte. He aprendido la lección. El recuerdo de una tarde de junio en el patio del colegio, a 38 grados, con mini-wini berreando en el carro, la Rubia desapareciendo de mi vista cada 5 segundos, el Mayor dando balonazos a diestro y siniestro y 200 padres metiéndome billetes de 5 euros en los bolsillos como a una stripper cualquiera, es algo que no deseo que se repita. Tampoco me veo un año más a las 2 de la mañana haciendo un collage de fotos al entrenador de fútbol del Mayor (sí, han leído bien), idea maravillosa de un Tripadre que, a los hechos me remito, padece del mismo mal que su santa esposa.

Por suerte no estoy sola en este mundo y hay más madres de ÉSAS por ahí sueltas. No abundan la verdad, pero entre nosotras nos identificamos rápido y nos apoyamos, que el “un año tú otro yo” se agradece.

Quienes me conocen pensarán (y con razón) que todo esto lo digo con la boca pequeña, porque en el fondo, muy fondo, me va la marcha.

Y LO SABEN.

 

Bienvenidos al norte

10 Sep

Desde que tengo uso de razón he pasado mis veranos en el norte, en las Rías Baixas para más señas. Hasta que no fui una universitaria con ganas de fiesta loca, no pisé las playas de
Levante y las del sur las vieron mis ojos bien cumplidito el cuarto de siglo, cuando empecé a compartir veranos con un Tripadre de orígenes gaditanos.

Con los años me he dado cuenta que lo que tú ves normal no lo es tanto cuando vas de visita de la meseta para abajo.

Recuerdo que cuando éramos novios y Tripadre veraneaba en Conil, siempre le preguntaba cuando hablábamos por teléfono (desde la cabina del bar #ojocuidao) qué tal tiempo hacía. Él obviamente alucinaba: “¿Pues cómo va a hacer?? ¡¡bueno!!!”.

Y es que cuando uno se levanta en el norte, lo primero que hace antes de quitarse las legañas y dar los buenos días a su madre, es mirar por la ventana. Es un acto reflejo.
Un tema de crucial importancia ya que de lo que veas dependerá el planteamiento vital que hagas del día que se presenta.

Si hace un sol radiante, aunque lleve así desde hace una semana, aprovecharás a tope y no moverás el culo de la playa más cercana porque quién sabe lo que ocurrirá mañana o el tiempo que hace 10 km más al oeste. Ante la duda, no nos moverán.

Si está nublado, tranquilidad, que no cunda el pánico. Es probable que “abra” ( concepto muy galego sinónimo de despejarse o escampar) y acabes en la playa igualmente. Un día gris en el norte puede dar para mucho, así que hay que salir de casa con las chanclas y la sudadera. Y chimpún. A Tripadre le ha costado unos añitos pillar este concepto y antes en cuanto veía dos nubes me montaba un plan cultureta. Ahora ya sabe que en el norte se va a la playa con jersey y que en algún momento de verano es probable que acabes envuelto en una toalla a modo de manta. Y tan a gusto oye.

¿Y qué pasa si de verdad hace malo y llueve, truena y relampaguea? Siempre tendremos un plan alternativo, y no, no es descubrir el románico de la provincia de A Coruña. Es COMER. Es más que seguro que en 5 km a la redonda tengas una feria del pulpo, de la cigala o de almejas a la marinera. Da igual, en cualquiera de ellas comerás de cine y por dos duros.

Los hábitos playeros también cambian del norte al sur. A mí me hicieron los ojos chiribitas cuando en Cádiz vi gente vendiendo latas de cerveza o los tenderetes que se montan en la playa, que no les faltaba de nada, mesas, sillas, neveras portátiles por doquier… hasta una tele vi, lo juro. En el norte este despliegue sería digno de pararse a hacerle una foto cuanto menos.

El tema del agua y su baja temperatura trae cola cuando hablas de veranear en el norte. Y sí, no lo voy a negar, hay días que sufres un paro cardíaco al meter el pie en la orilla pero ¿y lo que revitaliza? Sales del agua con el cuerpo y la mente oxigenados, ves con más claridad el mundo que te rodea. En ese momento hasta podrías montar un mueble de Ikea sin instrucciones si te lo propusieras. Es casi como tomarte la pastillita de Matrix. Además, si creces bañándote en aguas norteñas no habrá océano que se te resista. Serás de esas personas que no titubean a la hora de lanzarse a la piscina y si pruebas la del Mediterráneo… en fin… No podrás llamar a ese caldo “mar” (no se me ofendan por favor).

El desnudo integral merece un punto aparte. Al menos en la playa a la que voy, una chica en top-less da tema de conversación a medio pueblo. No estamos acostumbrados, será porque el agua está muy fría o porque corre el airecillo pero no es lo más habitual mostrar tu “personalidad”. Esto también incluye a los niños, no os vayáis a creer. En el norte lo de los churumbeles revolcándose en la arena como Dios los trajo al mundo como que no mola. Claro que por otro lado, ponle tú un pañal a tu criatura y entre 5 y 10 señoras se te acercarán para decirte “¡sácale el pañal al niño que se le va a irritar el culo!” (Nota aclaratoria: en gallego la ropa se saca en lugar de se quita y las fotos se quitan en vez de sacarlas). Así que no te queda otra que ponerle el bañador en plan comando, intentar controlar cuál es su hora “All Bran” y rezar a todos los santos para que el asunto se reduzca a aguas menores. La combinación del agua con ciertos deshechos humanos, no es buena, lo puedo asegurar.

También es distinta la maleta que uno hace cuando va hacia arriba o hacia abajo. Si pones rumbo al norte no puedes olvidar algunos imprescindibles como los calcetines, los vaqueros, unos zapatos o zapatillas que se puedan mojar y cómo no, el chubasquero.  Reconozco que cuando voy a destinos más calurosos me cuesta no meter una chaquetita por si refresca. Algunos verán como un inconveniente esto de “abrigarse” en pleno verano, pero pocos placeres hay comparables a taparte con tu edredón una noche de agosto.

El norte engancha; ir al cine o sacar los Playmobil de cuando era pequeña se convierten en planazos mientras fuera llueve a cántaros y si está nublado hacemos excursiones, sacamos las bicis o jugamos al fútbol en la playa (con sudadera, eso sí).

Pero los adictos al norte también somos humanos y apreciamos una semana de paz interior sin necesidad de mirar al cielo a lo Escarlata O’Hara implorando a esa nube gigante que se eche a un ladito.

Así que aunque sea por unos días, la Trifamily pone rumbo al sur, a comer pescadito frito, beber una Cruzcampo tumbados en la arena y ver atardeceres de los que te dejan sin respiración.

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Sé que estos chicos no pegan ni con cola, pero me han salido en Google-imágenes y no me he podido resistir… Qué recuerdos…

Nos vamos

15 May

Nos vamos.

Para poder andar sin prisas, aunque sea bajo la lluvia, sin empujar una silla con una mano y con la otra sujetar a La Rubia para cruzar mientras él lleva la bici del Mayor que ya no quiere pedalear más. Y pasear dándonos la mano yo a él y él a mí.

Para poder hablar hasta que se nos acaben los temas de conversación. Para que nos den ataques de risa en la cama y no despertemos a ninguno de nuestros hijos.

Para comer a la hora que queramos y donde queramos, sin preguntar si tienen menú infantil ni peinar el local con la mirada para ver si hay tronas y lanzarnos a por la que está libre cual buitres leonados. Y que nos importe tres pimientos que haya o no cambiador.

Nos vamos.

Para dormir del tirón y despertarnos porque sí.  Sé que me levantaré sobresaltada pensando “¡no los he oído!” para luego darme cuenta que están a kilómetros de distancia, pero aún así, lo necesito. Lo necesitamos.

Para entrar en esas tiendas que nos gustan, en las que venden mil cosas que no nos compraremos, sin preocuparnos porque mini-wini lo coja todo y una dependienta nos lance una mirada asesina que nos haga salir pitando.

Para cenar en un sitio bonito con una copa de vino y luego, si nos apetece, tomarnos un GinTonic, sabiendo que al día siguiente el Capitán SinSueño no nos despertará para informarnos de que son las 7:25.

Nos vamos.

Para aparcar el coche en Madrid y olvidarnos de abrochar/desabrochar sillas por doquier y de paso dejar de escuchar en bucle la BSO de Frozen al menos durante cuatro días (suéltaloooo…).

Para salir de la habitación preocupándome únicamente de coger mi bolso; sin preparar nada, ni potitos, ni pañales, ni 4 abrigos bajo el brazo. Solo el mío.

Para pedirle a un japonés que lleve una cámara con un objetivo gigante que nos saque una foto a los dos y podamos demostrar al mundo que fuimos juntos (y si no, le daremos a los selfies).

Para pelearnos porque nos hemos perdido. El clásico tú no sabes leer los mapas / tú no preguntas ni a tiros en el que siempre caemos.

Nos vamos.

Para recordar que sus ojos son casi verdes cuando les da el sol y que canta en la ducha cuando está contento aunque se inventa las letras.

Para charlar de cosas importantes y de otras no tanto. Sin interrupciones. Y sin tele. Y sin quedarnos fritos en mitad de la conversación (y ella no era, ejem).

Para disfrutar del silencio nada incómodo de los que llevan media vida juntos.

Para que esa canción que suena de fondo en un pub se convierta en “nuestra canción de Londres” y nos trasporte siempre allí cuando la volvamos a escuchar.

Nos vamos.

Para ver a los guardias del Palacio de Buckingham y reírnos pensando que La Rubia se habría escondido entre nuestras piernas si hubiésemos querido hacerle una foto con ellos. Para imaginarnos la cara que pondría Mini-wini si viera las ardillas de Hyde Park. Para subirnos al London Eye y pensar lo que habría disfrutado El Mayor. Para echarlos de menos a cada rato y que todo nos recuerde a ellos. Y aún así, disfrutar cada minuto.

Para que el último día se nos haga tan largo que lleguemos antes de lo necesario al aeropuerto contando las horas para verles.

Nos vamos. Porque 10 años son 10 años.

 

 

 

“Modo parque” ON

26 Mar

Por fin le hemos visto el pelo. A la estrella más grande de nuestro sistema planetario. Pensábamos que lo habíamos perdido pero no. Allí estaba él, escondido detrás de ese nubarrón perenne y amilanado por el viento huracanado que nos ha acompañado últimamente.

Después de semanas, qué digo semanas, ¡meses!, a buen recaudo en nuestros hogares, hemos podido salir y disfrutar de su presencia.

No ha sido fácil, no señor. Estas tardes de invierno se han hecho más largas que un día sin pan. Y eso que hemos hecho todo tipo de planes in-door.

Un año más, los de la tienda “asiática” de al lado de mi casa han hecho el agosto conmigo. Esta temporada he arriesgado y he introducido en mi lenguaje palabros como “goma EVA” o “fieltro”. Lo nunca visto. Todo por pasar la tarde mal que bien encerrados en nuestra humilde morada.

También hemos jugado a los restaurantes, a las peluquerías, a los restaurantes-peluquería, a los médicos, a los veterinarios, a los médicos-veterinarios, a los coles, a las oficinas y hasta a los coles-oficina.
He hecho cosas que nunca imaginé que sería capaz de hacer como sacar el Scalextric entre semana, montarme el parque de atracciones de Pin y Pon en tiempo récord un día sí y otro también o echar tres partidas seguidas al parchís con dos micos que no se saben la reglas sin sufrir un colapso.

Pero llega un momento que los niños dicen BASTA. Sacas el baúl de la plastilina y cuando antes aplaudían como locos, ahora salen por patas. Le dices poniendo tu mejor voz de Mary Poppins “¿Qué os parece si os ponéis los disfraces?” y ya ni te contestan, directamente te ignoran. No quieren pintar, no quieren leer, no quieren hacer puzles. No quieren nada.
Si por ellos fuera entrarían en un estado de hipnosis televisiva y pasarían los días viendo capítulos de Pepa Pig en bucle.

Tengo claro que llega un punto en el que los niños necesitan calle. Necesitan correr, dar patadas a un balón, tirarse 15 veces seguidas por el tobogán, pelearse con otros que no sean sus hermanos y subir a casa con arena en los zapatos.

Y yo también lo necesito, lo confieso. Sacar a pasear a la madre-parque que llevo dentro. Sí, esa madre que pasa por varias etapas según sus hijos van creciendo, hasta encontrar su lugar en el mundo-parque.

Cuando eres primeriza, te bajas con tu bebé y tu revista, muy feliz de haber logrado tamaña hazaña de salir de tu casa duchada antes de las 3 de la tarde. Te dedicas a pasear y luego te sientas discretamente alejada del “meollo parqueril” y sólo mantienes conversaciones con otras monomadres todas apasionantes del tipo “¿qué tiempo tiene?” o “¿a qué pediatra lo llevas?”.

Cuando tu retoño empieza a dar sus primeros pasos, te conviertes en la “madre guardaespaldas”, persiguiéndole por todas partes para evitar que se estampe. Como estás muy motivada, le compras el kit de pala-cubo-regadera (aunque vivas en Madrid y tu parque no tenga ni fuente) y te sientas con él en la arena viendo las horas pasar. En esta fase empiezas a interactuar con otras madres, aunque sin mucha intensidad ya que estás plenamente convencida de que si te distraes tu hijo correrá un grave peligro. Lo que aún no sabes es que da igual lo que hagas; mientras buscas el móvil en tu bolso o te haces una nota mental para acordarte de comprar papel higiénico, en ese preciso instante, tu hijo se pegará un piñazo ante tus ojos a menos de medio metro de tus pies sin que puedas hacer nada para evitarlo. Obviamente le saldrá un chichón del tamaño de una mandarina como jamás hayas visto.

Con el tiempo y más criaturas a tu cargo evolucionas y llegas, cómo no, al nivel #malamadre de parque. A los mayores los pierdes de vista en cuanto bajas y del pequeño, qué decir… Suele ser una “madre guardaespaldas” la que te informa (con cierta mirada de reprobación, todo hay que decirlo) de que tu hijo se está comiendo la tierra a puñados mientras tu cascabas con otras #malasmadres.

Como buena #malamadre nunca te acuerdas de bajar los must del parque: agua, toallitas y cleenex, y vas mendigando un rastrillo para que tu hijo deje de jugar con el envase del Actimel a modo de cubo.
Otra técnica digna de profesionales, es “prestar” tu bebé a las niñas más mayores para que jueguen a las mamás. El verano pasado mini-wini dio una media de 18 vueltas a la urba cada tarde. Él feliz y sus madres postizas encantadas de la vida.

Existe otro nivel más avanzado si cabe, el de la “madre-no parque”, que es aquella que ya ni baja. Los niños, quasi-preadolescentes y autosuficientes, saben que a las 8 hay que estar en casa para ducharse y cenar. Visualizo a esa mujer como una reina haciéndose las uñas mientras yo persigo a mini-wini escaleras arriba y abajo, deslomándome mientras subo sus 13 kilazos una y otra vez por el tobogán, y qué quieren que les diga… La envidio. No veo el momento de asomarme a la ventana y gritarles en plan “Joshuaaaa!! A cenaaarr!!”.

Si al menos las horas de parque se pudieran convalidar por horas de gimnasio… Pero es que ni eso.

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Dándolo todo

10 Ene

Voy a haceros partícipes a los que aún no lo sabéis de una gran verdad. Las bodas y las cenas de empresa son las nuevas juergas de los que somos padres.

Porque seamos realistas, estamos en un punto en que las salidas nocturnas que no sean a urgencias con un niño vomitando, brillan por su ausencia, y al menos los Tripadres, cuando tenemos canguro o llamamos a Teleabuelo, solemos decantarnos por cenas tranquilas para tener conversaciones de más de 10 minutos y que versen sobre temas más interesantes que el qué comemos mañana o si La Rubia tiene ballet.

En resumen, que ese momento de tener un copazo en la mano y a David Guetta de fondo se da lo que viene siendo de pascuas a ramos.

Los padres y madres reaccionamos de distinta manera a esta inusual situación de vernos liberados de nuestras criaturas y la posibilidad de pasar una noche sin interrupciones. Los hay que cuando van de boda salen pitando según los novios terminan el vals a meterse en el sobre, ya que la perspectiva de dormir 8 horas del tirón es poderosa a la par que irresistible. Otros en cambio, a las primeras notas del Ave María de Bisbal y ante la visión de un Gin Tonic en copa de balón, se vienen arriba.

Adivinen en que grupo me encuentro.

Y es que como bien dicen “la cabra tira al monte” o “el que tuvo, retuvo”, y aunque nunca fui de las que cerraban los bares, digamos que disfruté de mi juventud y la noche madrileña. Así que no puedo evitarlo, está en mi naturaleza.

Porque verán ustedes, a una madre no la puedes llevar a un sitio cool con sofás de diseño a tomar una copa en plan tranquilo. No, señores. En lo que el camarero tarda en prepararle un GinTonic con todo tipo de frutos rojos, ese sofá atrapará a esa madre agotada y en dos minutos estará dando cabezadas e implorando que alguien la lleve a su cama mientras cuenta mentalmente la horas que le quedan para que uno de sus vástagos asome por la puerta pidiendo un Cola-Cao.

Pero a esta misma madre la pones un lunes en un bareto de mala muerte, a 90 km de su familia, le das un Beefeater de toda la vida, y aún teniendo que currar al día siguiente, esa madre lo dará todo. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes… Porque esa madre sabe que ese momento es único, que ese día los astros se han alineado y que las ocasiones las pintan calvas.

El caso es que he tenido la oportunidad de disfrutar sufrir estas alineaciones planetarias varias veces últimamente. Véase, Trimadre en paradero conocido pero alejado del resto de la Trifamily por motivos laborales, con pernocta fuera del hogar y plan nocturno de cena y copazos incluido.

Créanme si les digo que en estas coyunturas, cuando llego a mi habitación de hotel y veo una mullida cama de 2×2, con 8 almohadas y un impoluto y blanquísimo edredón nórdico, sin rastro de Winnie the Pooh o coches de Hot Wheels por el suelo, me hago a mí misma una promesa: “Juro solemnemente que esta noche duermo 8 horas del tirón”. Y me lo creo, sí, sí, sí. Siempre se me ha dado bien el autoengaño, ya sea para planear lo que voy a adelgazar de aquí a julio o para decidir que me da tiempo hacer 50 recados en una hora.

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Podría decir que no tengo personalidad, que me dejo arrastrar por las masas, que mis colegas suplican mi presencia y que no me queda otra que acompañarles al bar de turno para tomar la copa de rigor y volverme pitando a casa. Pero mentiría… Me pinto el ojo, me pongo el tacón y ya no hay vuelta atrás para esta madre que suscribe.

Durante la noche, sus compañeras de trabajo la mirarán ojipláticas cuando pregunte quién es ésa del video pornográfico y cuando le contesten que es Miley Cyrus, (¡ahhhh! ¡Hanna Montana!), ella se preguntará cómo es posible que Walt Disney no se haya descongelado del susto. Alucinarán cuando le pida al DJ temazos como “Sufre mamón” o  alguna de Un pingüino en mi ascensor. Una que es una nostálgica…

Y así entre bailoteo y copa, pasó la noche. Acompañada por otras #malasmadres y al grito de “¡hacedlo por las madres!” conseguimos retener a las más jovenzuelas hasta que nos echaron del garito altas horas de la madrugada.

Resumiendo, salir de marcha con madres son todo ventajas:

1. Salimos muy baratitas. Con dos copas ya estamos de lo más simpáticas y dicharacheras. Es lo que tiene llevar la mitad de los últimos años de tu vida embarazada, lactando o simplemente acostándote a las 11 los viernes, que el alcohol actúa a la velocidad del rayo en nuestro organismo.

2. Aguantamos carros y carretas. Alguna ventaja tenía que tener llevar AÑOS sin dormir, y vive Dios que es mucho mejor no hacerlo por estar dándolo todo en la pista de baile que por un bebé llorón. Como unas rosas estábamos las madres a la mañana siguiente. Menudas somos.

3. No tenemos vergüenza. Se debió de quedar en algún paritorio cuando 2 matronas y 3 ginecólogos nos miraron por debajo del camisón, así que no tenemos problema en pedirle al DJ que nos ponga “Se acabó” de María Jiménez sin que se atisbe una sombra de rojez en nuestro rostro o bien subirnos a una plataforma a bailar la mayonesa.

El Bar Coyote : foto David McNally, Piper Perabo

Aquí Trimadre en uno de los momentos álgidos de la noche

Con estas aptitudes, no me digan que no es un planazo.

Y para aquellas a las que leyéndome les ha picado el gusanillo y han sentido una necesidad imperiosa de tomarse un cubata, esperar una cola de media hora para hacer pis en un baño inmundo y acostarse con ese característico pitidito en el oído mientras “echan el ancla” para que el cuarto deje de dar vueltas, sepan ustedes que se está organizando una fiesta de más de 2.000 #malasmadres. Si no saben de qué hablo, hagan el favor de unirse ipsofacto al club en http://www.laninasinnombre.com/cdm/ y seguirlas en Twitter @malasmadres o facebook htp://www.facebook.com/malasmadres.

Nos vemos en la barra.

fiesta #malasmadres

Hoy puede ser un gran día

12 Dic

Hace poco tuve un día de ÉSOS. De ésos en los que te sientas en tu mesa de trabajo y te percatas de que el jersey no termina de pegar con la falda que llevas. Demasiado tarde, hay que apechugar con el outfit todo el día. De ésos en los que al quitar el liquidito del triste queso de Burgos que vas a desayunar, se te cae todo entero a la papelera. Pues ni queso ni nada. Un café y arreando.

Tal día como áquel, viendo que estaba en racha, decidí que yo era una madre echada p’alante y que me iba yo solita al pediatra con mis tres churumbeles a revisiones varias de mocos, toses y dolores de garganta, seguidas de una vacunación en masa. Sí, han leído bien. Pinchazos a tutiplén. A los tres. Quién dijo miedo. Como soy una mujer preparada, eché en el bolso unos huevos Kinder (puede que caducados, no lo puedo asegurar) para afrontar el momento post-picotazo ya que se preveía complicado.

vacuna

Me sentí muy orgullosa de mí misma puesto que logré llegar a la hora con los últimos informes de urgencias en mano y las cartillas de vacunación de los tres a pesar de algunos incidentes durante el trayecto como que mini-wini se desabrochó de la silla (¿?) obligándome a realizar una parada de emergencia en el arcén. No me dirán que no tengo mérito.

Llegamos a la pediatra que examinó a los tres frutos de mis entrañas confirmándome todos los diagnósticos que como madre experimentada sospechaba y determinó que sería mejor posponer las vacunas hasta un futuro próximo menos virulento.

Con mis niños me aproximé al mostrador a pedir las siguientes citas y escuchar pacientemente cómo la señora de administración me expresaba su descontento por lo difícil de la tarea que le estaba pidiendo de buscarme tres huecos juntos para revisiones de enfermería de 12 meses y 4 años más la vacuna de la gripe del Mayor. “Es que son muchos” me dice. “Me lo dices o me lo cuentas” me dieron ganas de contestarle, pero finalmente me quedé callada y con cara de póquer esperando a que dejase de aporrear el teclado.

Como soy una madre multi-task, mientras salía del centro de salud y a la par que empujaba el carro de mini-wini, abrochaba el abrigo de La Rubia y gritaba al Mayor que guardase la peonza que íbamos a cruzar, decidí llamar a Tripadre para comunicarle que la operación “vacuna” se había suspendido. Todo muy normal. De esta guisa llegué al coche, estacionado en un descampado que hace las veces de parking del mencionado consultorio, y me dispuse a cortarme la venas montar niños, abrochar niños y plegar carro para 15 minutos después arrancar.

Llegamos a casa y entramos en la vorágine bien conocida por todos ustedes de baños y cenas (bueno, el baño nos lo saltamos que ya era muy tarde, para qué lo vamos a negar). Y a eso de las 11 de la noche me percato de que no tengo el móvil. Busco y rebusco por toda la casa. Nada. Bajo al garaje e inspecciono el coche en plan Horatio y nada de nada. Me llamo y me llamo desde el fijo sin éxito. Ya son las 23:30.

Empiezo a hacer repaso de las últimas horas de mi vida y todo me lleva claramente al momento de meter a los niños en el coche. El presentimiento de que deposité el teléfono de cualquier manera en el carro de mini-wini se hace cada vez más y más fuerte, ya que tengo la mala costumbre de utilizar la capota plegada como bolsillo auxiliar y guardar ahí sándwiches mordisqueados, el paquete de las toallitas y un sinfín de cosas más (tiene mucha capacidad, qué puedo decir…). Seguidamente, visualizo a mi pobre smart phone tirado cual colilla en el descampado. Evalúo mis opciones y decido lanzarme a la nocturnidad de la noche en busca de mi bien más preciado. Tripadre no da crédito. Sospecho que no le hace mucha gracia el cariz que han tomado los acontecimientos, más bien el hecho de que haya perdido el móvil que el que su mujer se vaya sola a un solar a las doce de la noche, ejem. Cuando me pongo el abrigo y le pido su móvil para estar comunicada en caso de ser víctima de algún altercado tipo atraco a mano armada, no me dice nada pero me lanza una de ESAS miradas. Si viven en pareja, sabrán a cuáles me refiero.

Sin más dilación, puse rumbo a mi destino con más miedo que vergüenza y el seguro echado y llegué al lugar de los hechos. Desde el coche examiné la zona y de pronto lo vi. ¡Milagro! La manzana plateada brillaba en la oscuridad. Rauda y veloz me bajé y cogí el móvil, vigilando que nadie saliera de las sombras con intenciones deshonestas.

Más o menos esto es lo que me encontré:

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Intuyo que después de mi visita al pediatra, al meter la silla en el maletero el móvil salió despedido y a continuación lo arrollé sin darme cuenta al desaparcar. Lo más increíble es que funciona así que solo puedo decir una cosa… ¡Viva Steve Jobs!

Nota de la autora: A la fecha de esta publicación Trimadre se halla en posesión de un nuevo y reluciente móvil, previo pago de unos cuantos eurazos (no puedo recordarlo sin que me duela) y los tres niños se encuentran al día en cuanto al calendario vacunal se refiere. Eso sí, la segunda vez me olvidé las cartillas y me llevé a Tripadre por lo que pudiera pasar.

The unhappy hour

28 Oct

Las 7:30 pm. Esa hora a la que los que no tienen hijos salen del curro y se van a un after-work a tomar un GinTonic porque es martes y ellos lo valen. Esa hora a la que se petan los gimnasios. Esa hora a la que, increíblemente, hay mujeres en los probadores de Zara. A esa hora empieza la vida para muchos.

Pero para las #malasmadres la cosa es bien distinta. Puede que estés en el parque o jugando con plastilina en la mesa de la cocina. Miras el reloj de reojillo y piensas “venga va, 5 minutos más”. No, no lo haces por ellos en plan “qué bien se lo están pasando”, lo haces por ti, confiesa. En 3, 2, 1… empieza la guerra.

Es la peor hora del día, Y LO SABES.

La idea que una tiene de la hora del baño es muy distinta cuando aún no tiene niños. ¿Será culpa de los anuncios de Johnson’s Baby y Nenuco, donde todo son sonrisas, masajitos, miradas embelesadas y pompas de jabón flotando in the air? Cierto es que el engaño dura poco. El primer día que bañas al bebé en casa al volver del hospital cae el mito. Los padres primerizos parece que estemos manejando material inflamable y en el ambiente, lejos de ser relajado, se masca la tragedia… ¡el agua está muy fría! , ¡no le cojas así!. Nervios y hormonas a partes iguales. Por no hablar del despliegue de medios, que podríamos operar a alguien a corazón abierto encima del cambiador sin ningún riesgo (gasas, tijeras, alcohol de 70º,  suero en cantidades industriales…). Lo del masaje se deshecha en el acto ya que esa criatura que se ha puesto roja como una gamba no para de berrear, con lo que se decide acabar con el tema cuanto antes.

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico...

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico…

El caso es que ya desde del primer momento te das cuenta que de relax no tiene nada, pero te lo han grabado a fuego: la hora del baño es vital para el bebé, para que duerma mejor, coma mejor y viva más años. Tanto es así que se nos nubla la razón y hacemos cosas absurdas…

Amigos sin-hijos: “¿Venís a ver la final del Mundial a casa, así podéis traer al niño?”

Monopadres: “Uy, no podemos, es que es a la hora del BAÑO”.

Con los años, y el número de hijos, te das cuenta que el baño diario está sobrevalorado y tu umbral de tolerancia a la suciedad aumenta exponencialmente. Pero lo que no cambia es el estrés del momento. Según crecen empiezan las peleas por introducirlos en la bañera y posteriormente para sacarlos. Claros ejemplos de bipolaridad infantil son los famosos “no me quiero bañaaaaaaaaaaaaar” seguidos de los “no me quiero saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir”. Una vez que consigues convencerles o en su defecto congelarles quitando el tapón, empiezan los ataques de locura transitoria. Los niños que hace diez minutos estaban llorosos y agotados, parece que se han tomado un RedBull. Es verse fuera del agua y en pelota picada y empezar a correr por toda la casa o saltar encima de la cama. Una, que a esas horas no suele estar para tonterías, empieza a impacientarse por la actitud insurrecta de sus churumbeles y las amenazas y bocinazos hacen su aparición.

Es el momento de encomendarse a Disney Channel o recurrir a técnicas de inmovilización para conseguir ponerles el pijama. Una vez logrado el objetivo, puedes dejarles hipnotizados ante la tele un rato mientras preparas la cena. En esos minutos de soledad cocinera, mientras rezas porque la paz reinante se la debas a Dora la Exploradora y no a alguna fechoría silenciosa, te recompones del primer asalto y te preparas psicológicamente para el segundo round, lo que no es moco de pavo si tenemos en cuenta que estás empanado un filete o si es tu día de suerte, programando el microondas.

Si el menú es del gusto de los mini-chefs, en media hora puede que hayas superado la Fase 2 pero si están de no (“no me gusta”, “no quiero”, “no tengo hambre”, etc) habrá que sacar la artillería pesada. Como toda #malamadre que se precie, te preguntas cómo de importante es que se coma esos dos trozos de tortilla mientras observas las agujas del reloj avanzando impasibles. Hay días en los que te autoconvences de que la fruta diaria tampoco es fundamental (mira los esquimales, ni la catan y ahí siguen tan contentos) y decides sacar las natillas de chocolate, apuesta segura donde las haya.

Una vez pasado el trámite de la cena con mayor o menor éxito, no hemos terminado, no señores. Aún nos quedan los “lavaos los dientes”, “así no, un ratito más”, “haced pis”, “¿seguro que habéis hecho pis?”, “a la cama YA” aderezados aquí y allá con los “es la última vez que lo digo” y “a la de 1, a la de 2…”. Por supuesto serán ágilmente contraatacados por los “otro cuento más” o como diría La Rubia el ultimitísimo de verdad, y los “tráeme agua”, “quédate un poquito plis plis plis” (daños colaterales del bilingüismo, ejem) y el nunca pasado de moda “¡mamiiiii veeeeen!”.

Cuando casi has perdido toda esperanza, te duelen hasta las pestañas, no sientes las piernas y el solo hecho de pensar en volver a recorrer el pasillo te produce urticaria… Entonces… Llega él.

Por fin.

EL SILENCIO.

Buenas noches.

P.D. Puedes unirte al Club de las Malasmadres en Twitter @malasmadres o o facebook. Ésta es su web: www.clubdemalasmadres.com

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