Abril, aguas mil

4 Abr

En Madrid no llueve. El hecho de que caigan unos 400 litros por m2 al año es algo puramente anecdótico. En Madrid el cielo es de un azul limpísimo en enero, agosto y octubre, a -2 o a 40 grados a la sombra. Y punto.

Por eso a los madrileños siempre que llueve nos pilla por sorpresa. Aunque sea el décimo día consecutivo que graniza, cuando salimos a la calle y vemos el panorama, nos llevan los demonios. Lo comentas en la oficina, lo comentas con tu madre: “¡la que está cayendo!”.

Tu vas por La Coruña en un dia lluvioso y la gente está tranquila, tiene el control de sus vidas. Les ves hacer sus recados, entrar y salir de los sitios, tan normales, con sus gabardinas y sus paraguas plegables que parece que han nacido con ellos puestos de lo natural que les quedan.

Nosotros no. Nosotros estamos atacaos. No estamos preparados para la lluvia, no tenemos botas de agua ¿para qué, si nos las vamos a poner una vez al año?, ni dejamos un paraguas en la oficina y otro en el coche, ¿para qué? ¡Si aquí no llueve!. La lluvia no sólo nos sorprende, también nos aturulla. En primer lugar se montan unos atascos de tres pares de narices, que necesitamos un municipal en cada rotonda poniendo orden. Luego está el tema de entrar y salir de los sitios con los paraguas, que nos chocamos unos con otros como si de una batalla campal se tratase.

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En la capital no nos ponemos tan contentos cuando llueve…

Como buena madrileña, nunca pienso que va a llover, así que nunca me fijo si hay nubes o si el cielo está encapotado quién lo desencapotará antes de salir de casa por la mañana. Eso y que me voy antes de que estén puestas las calles así que no subo la persiana para ver qué tiempo hace ya que el resto de la trifamily duermen como zeporros. Lo que suele ocurrir es que el día que más diluvia yo voy con mis zapatitos de ante la mar de monos y abrigo de paño en vez de un plumas impermeable.

Este invierno sorprendentemente pasado por agua (ejem) he constatado un hecho que me tiene desconcertada, es más, me parece digno de estudio o al menos que Iker Jiménez le dedique unos minutos en Cuarto Milenio. Si el día amanece nublado y hay posibilidad de chubascos, no dudes de que caerán chuzos de punta, y siempre a la misma hora, en torno a las 9 de la mañana o en su defecto a las 5 de la tarde.

Sí, lo has adivinado, a la entrada o salida del cole.

El expediente X es más o menos así. Yo estoy en la oficina, y oteo el horizonte por la ventana. Hay nubes pero no llueve. Bajo comer a la calle, hay más nubes pero no llueve. Me monto en el coche para ir a recoger a los niños. Las nubes ya son nubarrornes pero no llueve. Estoy a menos de 100 metros del cole. Empiezan a caer goterones. Dejo en coche tirado en una esquina Aparco legalmente a una distancia prudencial. No llueve, DILUVIA.

Evalúo mis opciones. Un paraguas para tres. No está mal. Cojo el susodicho paraguas, el bolso y la merienda y me dirijo a mi acuático destino con resignación.

Corro (porque siempre voy corriendo) hacia el cole y hundo mis zapatos de ante en cada charco que me encuentro. Debo decir que en el patio de mis hijos los charcos son comparables a las lagunas de Ruidera, así que es imposible vadearlos con éxito. Como llueve, se recoge a los niños en las clases, así que esquivo como puedo los paraguas de otros madrileños de nacimiento o de adopción con mucho peligro, y atravieso el pasillo haciendo chof chof con los zapatos y procurando no sacar los ojos a nadie. Hago la ruta del bacalao que consiste en ir a buscar a La Rubia a un sitio y al Mayor a la otra punta, y ya con los nervios a flor de piel, me dispongo a volver a mi vehículo.

Observo como jarrea y me planteo esperar a que escampe antes de salir a la intemperie pero luego recuerdo que esa nube negra está ahí únicamente para hacer más trepidante mi existencia, así que decido jugármela y llegar a casa cuánto antes.

Pongo capuchas, abrocho abrigos, informo a mis churumbeles de la situación meteorológica y les apremio para que caminen a paso ligero o se cogerán la gripe asiática. Por supuesto, toda recomendación o advertencia será en balde. Mis hijos andarán bajo la lluvia como si de un anuncio de Fa se tratase. Las capuchas se les caerán, el pelo les chorreará y ellos como si nada. Mientras yo me voy “inquietando”, El Mayor decidirá ir a tirar a la papelera más lejana el batido en vez de dárselo a su santa madre como hace cada día y La Rubia se parará a saludar a cada amiguita de clase que lo menos hace cinco minutos que no ve. A estas alturas ya me he hecho con EL paraguas visto que soy la única lo que aprecia.

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Entre “vengaaa”s y “vaaaaaamos”, llegamos al coche. No, no nos hagamos ilusiones, aún no hemos terminado. Hay que abrochar sillas de unos y otros y esto no es posible con doscientas cosas en la mano, así que lo que suele pasar es que se te empape el trasero que te asoma por fuera de la puerta.

No me negarán que es de traca. El remate final a un día de carreras varias. Y además, para más inri, tengo comprobado que las variables “recoger niños de mi vecina” o “llevar a mini-wini adosado” incrementan un 98% la probabilidad de precipitaciones. Ignoro si es un obstáculo más que nos ponen los dioses del Olimpo en esto de la conciliación, o la versión maternal de “Las doce pruebas de Astérix” (eso sí, sin la poción mágica de Panoramix), pero cuando por fin instalo mis caladas posaderas en el asiento del conductor ya estoy agotada y no son ni las seis de la tarde.

Entonces, se oye una vocecita desde el asiento de atrás que me saca de mi aturdimiento pasado por agua: “Mami, arranca, que se está mojando el coche”.

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“Modo parque” ON

26 Mar

Por fin le hemos visto el pelo. A la estrella más grande de nuestro sistema planetario. Pensábamos que lo habíamos perdido pero no. Allí estaba él, escondido detrás de ese nubarrón perenne y amilanado por el viento huracanado que nos ha acompañado últimamente.

Después de semanas, qué digo semanas, ¡meses!, a buen recaudo en nuestros hogares, hemos podido salir y disfrutar de su presencia.

No ha sido fácil, no señor. Estas tardes de invierno se han hecho más largas que un día sin pan. Y eso que hemos hecho todo tipo de planes in-door.

Un año más, los de la tienda “asiática” de al lado de mi casa han hecho el agosto conmigo. Esta temporada he arriesgado y he introducido en mi lenguaje palabros como “goma EVA” o “fieltro”. Lo nunca visto. Todo por pasar la tarde mal que bien encerrados en nuestra humilde morada.

También hemos jugado a los restaurantes, a las peluquerías, a los restaurantes-peluquería, a los médicos, a los veterinarios, a los médicos-veterinarios, a los coles, a las oficinas y hasta a los coles-oficina.
He hecho cosas que nunca imaginé que sería capaz de hacer como sacar el Scalextric entre semana, montarme el parque de atracciones de Pin y Pon en tiempo récord un día sí y otro también o echar tres partidas seguidas al parchís con dos micos que no se saben la reglas sin sufrir un colapso.

Pero llega un momento que los niños dicen BASTA. Sacas el baúl de la plastilina y cuando antes aplaudían como locos, ahora salen por patas. Le dices poniendo tu mejor voz de Mary Poppins “¿Qué os parece si os ponéis los disfraces?” y ya ni te contestan, directamente te ignoran. No quieren pintar, no quieren leer, no quieren hacer puzles. No quieren nada.
Si por ellos fuera entrarían en un estado de hipnosis televisiva y pasarían los días viendo capítulos de Pepa Pig en bucle.

Tengo claro que llega un punto en el que los niños necesitan calle. Necesitan correr, dar patadas a un balón, tirarse 15 veces seguidas por el tobogán, pelearse con otros que no sean sus hermanos y subir a casa con arena en los zapatos.

Y yo también lo necesito, lo confieso. Sacar a pasear a la madre-parque que llevo dentro. Sí, esa madre que pasa por varias etapas según sus hijos van creciendo, hasta encontrar su lugar en el mundo-parque.

Cuando eres primeriza, te bajas con tu bebé y tu revista, muy feliz de haber logrado tamaña hazaña de salir de tu casa duchada antes de las 3 de la tarde. Te dedicas a pasear y luego te sientas discretamente alejada del “meollo parqueril” y sólo mantienes conversaciones con otras monomadres todas apasionantes del tipo “¿qué tiempo tiene?” o “¿a qué pediatra lo llevas?”.

Cuando tu retoño empieza a dar sus primeros pasos, te conviertes en la “madre guardaespaldas”, persiguiéndole por todas partes para evitar que se estampe. Como estás muy motivada, le compras el kit de pala-cubo-regadera (aunque vivas en Madrid y tu parque no tenga ni fuente) y te sientas con él en la arena viendo las horas pasar. En esta fase empiezas a interactuar con otras madres, aunque sin mucha intensidad ya que estás plenamente convencida de que si te distraes tu hijo correrá un grave peligro. Lo que aún no sabes es que da igual lo que hagas; mientras buscas el móvil en tu bolso o te haces una nota mental para acordarte de comprar papel higiénico, en ese preciso instante, tu hijo se pegará un piñazo ante tus ojos a menos de medio metro de tus pies sin que puedas hacer nada para evitarlo. Obviamente le saldrá un chichón del tamaño de una mandarina como jamás hayas visto.

Con el tiempo y más criaturas a tu cargo evolucionas y llegas, cómo no, al nivel #malamadre de parque. A los mayores los pierdes de vista en cuanto bajas y del pequeño, qué decir… Suele ser una “madre guardaespaldas” la que te informa (con cierta mirada de reprobación, todo hay que decirlo) de que tu hijo se está comiendo la tierra a puñados mientras tu cascabas con otras #malasmadres.

Como buena #malamadre nunca te acuerdas de bajar los must del parque: agua, toallitas y cleenex, y vas mendigando un rastrillo para que tu hijo deje de jugar con el envase del Actimel a modo de cubo.
Otra técnica digna de profesionales, es “prestar” tu bebé a las niñas más mayores para que jueguen a las mamás. El verano pasado mini-wini dio una media de 18 vueltas a la urba cada tarde. Él feliz y sus madres postizas encantadas de la vida.

Existe otro nivel más avanzado si cabe, el de la “madre-no parque”, que es aquella que ya ni baja. Los niños, quasi-preadolescentes y autosuficientes, saben que a las 8 hay que estar en casa para ducharse y cenar. Visualizo a esa mujer como una reina haciéndose las uñas mientras yo persigo a mini-wini escaleras arriba y abajo, deslomándome mientras subo sus 13 kilazos una y otra vez por el tobogán, y qué quieren que les diga… La envidio. No veo el momento de asomarme a la ventana y gritarles en plan “Joshuaaaa!! A cenaaarr!!”.

Si al menos las horas de parque se pudieran convalidar por horas de gimnasio… Pero es que ni eso.

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#Malamadre Superstar

28 Feb

Ya he hablado muchas veces del Club de Malasmadres, del que soy miembro orgullosa y cuasi-honorífica. Hoy me podéis encontrar en su sección “Ellas hablan” donde la Jefa nos da espacio a las #malasmadres para que nos desahoguemos, demos rienda suelta a nuestra locura maternal y ya de paso, nos conozcamos un poco más.

Uníos a nosotras en Facebook y twitter @malasmadres ¿no os parece?

!Espero que os guste! (pincha en la imagen para leerla)

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El tiempo entre pañales

17 Feb

Hace ya unos meses, Mini-wini cumplió un año. Un año. 365 días (con sus noches). Cualquier madre primeriza habría estado ilusionada, feliz y emocionada ante tan señalada fecha. Yo en cambio anduve tristona y pensativa sin parar de darle vueltas a lo fugaz de nuestra existencia.

La pregunta que no me deja dormir por la noche no es ni más ni menos que ésta: ¿dónde me he metido estos últimos meses?. Porque, a ver… ¿En qué momento ese bebé de 1 kilo 900 gramos que nació antes de tiempo se ha trasformado en un pequeño luchador de sumo de percentil 90? ¿cuándo se acabaron los gorgojeos en su cuna para dar alaridos y gritar “holaaaa” a todo el que pasa?, ¿qué estaba haciendo yo mientras él dejaba de quedarse acurrucado en mi regazo y empezaba a interesarse por arrancarme de cuajo los pendientes?

Ese canijo que decidió venir al mundo 5 semanas antes de lo previsto, pesa ahora 12 kilazos y abulta casi lo mismo que su hermana. Lloró como un condenado los primeros 3 meses para dejar bien claro que había venido para quedarse pero hoy puedo decir que es el más simpático de mis tres retoños y regala sonrisas a cualquier desconocido que le haga una carantoña. Prefiero no profundizar en este hecho, ya que sospechamos que está directamente relacionado con la cantidad de atención que recibe en su casa. Quedémonos con que el niño es muy salao.

La realidad es que, entre bajar un rato al parque para cansar a las fieras, hacer los deberes con El Mayor, pintar caritas sonrientes a La Rubia y levantar este país, no hemos tenido dos minutos para enseñar a mini-wini a hacer el 1 con el dedo índice o a soplar las velas. Qué penica. Pero créanme si les digo que no hubo mala intención por parte de los Tripadres y que esto del cumpleaños nos pilló por sorpresa, sin estas lecciones de vida básicas transmitidas a nuestro benjamín ni pedida la correspondiente cita para la revisión pediátrica. A él no podemos culparle, porque aunque brutote es un rato, cuando le dedicas unos minutos se muestra receptivo y colaborador como el que más. Confesaré también que hace apenas unos días que ha empezado a andar solito, y aunque igual ha influido que tiene una figura, digamos, poco aerodinámica, la principal causa es que se pasa la vida atrapado/reducido/aprisionado en diversos artilugios de retención infantil, véase: sillita de paseo, trona o parque. Y no, no es cuestión sólo de ser #malamadre, más bien de supervivencia de este torete de Albacete que no tiene una idea buena y si no le vigilo con cuatro ojos me lo encuentro levantado una maceta, sacando la mantelería o metiendo los dedos en el enchufe. Y como es comprensible, en multitud de ocasiones Trimadre está haciendo la cena, descargando el lavaplatos o corrigiendo unas sumas, por lo que no puede dedicarse en cuerpo y alma a perseguir al pequeño de la familia mientras éste explora el medio circundante y desarrolla sus habilidades psicomotoras.

El parque, también denominado Guantánamo por mi amiga N.

Aquí el parque, bautizado como Guantánamo por mi amiga N. Responde también al nombre de Alcatraz o de Alcalá-Meco para los más patrióticos, .

Que el tiempo vuela, es un hecho, pero cuando eres madre adquiere velocidades supersónicas. En lo que le das la vuelta a la tortilla de patata, tu hijo empieza a usar un número de pie que se acerca peligrosamente al tuyo. Te agachas a abrochar una zapatilla y una pequeña mano autoritaria te detiene con un “yo sola”. Sin darte cuenta los garabatos que dibujaban en un papel empiezan a transformarse en letras que se juntan para crear palabras con sentido y un buen día escuchas como tu Mayor se detiene ante un cartel y dice en voz alta “Biblioteca”. Te encuentras a ti misma intentando poner a La Rubia una chaqueta talla 18 meses, y no, no es porque hayas leído en el Hola Niños que se lleva la manga francesa, ni tampoco es porque apures la ropa hasta extremos insospechados en pro de la economía doméstica, que también. En el fondo de tu ser, te da dolor dar el paso a la talla 3-4 años, porque significa que ya no habemus bebé, ni rastro de esa tripota ni de los típicos andares pañaleros.

Últimamente veo señales de este crecimiento meteórico por todas partes. Una conversación padre-hijo sobre un córner (¿un córner?), esos dibujos que podían ver en bucle un capítulo tras otro y que ahora les aburren (mamá, es que Caillou es de pequeños ¿perdonaaaa?, ¿y tú qué eres?), o esas cenas antes eternas dando cucharadas a unos y otros que ahora no lo son tanto, hay menos lloros, menos  enfados y más conversación. Vas a taparles por la noche, y no puedes creer que esa piernaza desarropada sea del fruto de tus entrañas, que hasta me parece ver pelos y tatuajes tribales (tranquilidad, es mi imaginación) o que aquel osito sin el que La Rubia no podía dormir hasta hace unos meses haya sido relegado a la estantería más alta.

Así que solo me queda él, mini-wini., con su conversación incomprensible y sus culetazos por el pasillo. Que llora de emoción y nervios cuando me ve aparecer con su biberón, comiendo galletas con sus manos regordetas y dejando migas por todas partes. Y aunque tengo muchas ganas de poder ir los cinco al cine o salir de casa sin biberones ni potitos, no puedo evitar cuando entro en su cuarto por la noche y le veo en su cuna en una de esas posturas imposibles que sólo los bebés pueden encontrar confortables, desear que el tiempo se pare y mi mini-wini se quede así de mini para siempre.

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10 despropósitos de año nuevo

6 Feb

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Sí, sí, ya sé que estamos en febrero, que los días de replantearse la existencia y marcarse metas inalcanzables ya pasaron. Pero comprenderán que quedando restos de turrón en la despensa de la Trifamily es harto complicado pensar en adelgazar 8 kilos de aquí a junio.

Hoy por fin me he nos hemos ventilado el último resquicio de Suchard así que puedo sentarme a meditar sobre mis aspiraciones para este año que ya ha comenzado.

No esperen grandes hazañas del tipo correr todos los días 20 minutos, aprender chino mandarín o leer a Dickens en su lengua materna. Tampoco encontrarán pensamientos profundos tales como “apreciar la belleza en las pequeñas cosas que me rodean” o “disfrutar más de los míos”. Mis propósitos son más aburridos, más de andar por casa… más…. de MADRE.

Aquí van.

1. Dormir más: Parece sencillo, pensarán ustedes. Já. Cuando un propósito no depende únicamente de uno mismo, empezamos mal. Como no puedo luchar contra los elementos (tres en mi caso) que se empeñan en interrumpir mi letargo una y otra vez a modo de tortura china, no me queda otra que acostarme antes para acumular minutos y que así el total de tiempo descansado sea medianamente decente cuando me suene el despertador a las 6:30 de la mañana.

2. Irme a la cama cuando digo que me voy a la cama: Disculpen que me ponga pesada con el tema pero es que llevamos una racha que no se la deseo ni a mi peor enemigo. Existe el agotamiento extremo, se lo aseguro. Así que tengo que poner todo de mi parte para volver a ser persona y no un zombi. Una vez tomada la decisión de irme a la piltra, cogeré la línea recta del pasillo sin mirar atrás. Prometo no distraerme con calcetines tirados en medio del pasillo, sortear los juguetes que haya por el suelo en plan “Misión imposible” e ignorar lo pies descalzos que asoman por fuera de los edredones. Yo a lo mío.

3. Acostumbrarme y acostumbrarles a apagar las luces y cerrar los grifos: Éste es un claro ejemplo de que me voy haciendo mayor y que cada vez me parezco más a mi padre, pero es que somos muchos y hay que apostar por la economía doméstica. ¡Nos subirán la luz, pero nosotros seremos más fuertes! Por lo pronto ya he enseñado a mini-wini a darle al interruptor, lástima que aún no diferencie entre encendido y apagado pero todo se andará.

4. Leer libros: No periódicos ni blogs ni recetas de la Thermomix. Libros de mayores, sin dibujos. ¿Cómo puede una persona que leía todo lo que caía en sus manos dejar de leer radicalmente? Pues se lo voy a decir, porque no es una persona, es un zombi (ver punto 2) y a la segunda línea  sus párpados empiezan a pesar toneladas y ya no hay nada que hacer. No diré si será un libro al mes o al trimestre, pero lo voy a intentar.

5. Enseñarles a recoger sus juguetes:  Siempre fui maniática con mis propios juguetes y no soporto que se pierdan piezas o se mezclen los Lego con los Playmobil. Esto me lleva a implicarme en exceso en la tarea, por no decir que lo acabo haciendo yo. Ya he demostrado al mundo y a mí misma que mi clasificación de vehículos según sean de tierra, mar o aire no tiene parangón, y que nadie como yo distingue de un simple vistazo que ese lazo de 3 mm pertenece a las Pin y Pon, pero ha llegado el momento de dejarles volar libres y que guarden sus juguetes como Dios les dé a entender, pero que los guarden ellos.

6. Ponerme tacones dos veces a la semana: El mundo manoletina está muy bien y es perfecto para mi vida de carreras por la ciudad pero no puedo ser que La Rubia con 4 años se ponga tacones más veces que yo. No way. Confío plenamente en que mis acomodados pies se acostumbren a las alturas si les someto a un duro entrenamiento semanal.

7. Decir menos veces “vengaaaaa, vaaaaaaamos”: me he fijado que siempre estoy metiendo prisa a los niños, porque he dejado el coche mal aparcado, porque se está haciendo tarde, porque hay que irse a la cama, porque se distraen con una mosca volando… Intentaré respetar más sus ritmos caracolianos, armarme de paciencia y no contagiarles el estrés del mundo adulto.

8. Ser más zen: no sé cómo voy a conseguirlo pero tengo que acabar con este nervio que se me agarra en el estómago por esta vida de loca que llevo. Una vida de madrugones, leer e-mails, abrochar sillas, repartir dalsys, tener reuniones, correr, leer agendas, hacer informes, volver a correr… Pero… esta es TU VIDA amiga, asúmelo y BE WATER MY FRIEND. (Nota mental: bajar un CD de música chill-out al coche de ayuda).

Imagen para recordar cuando vaya quemando ruedas porque no llego al cole

Imagen para recordar cuando vaya quemando ruedas porque no llego al cole

9. Dedicarme tiempo a mí: ¡Uyyyy! ¡lo que he dicho! Me cuesta, lo reconozco. Infinito. Tengo que ser capaz de irme a hacer las uñas o a las rebajas sin sentirme culpable. Buscar algún momento ¿al mes? para hacer algo yo sola. Ya ven que en el fondo soy una #malamadre de pacotilla.

10. Escribir más en el blog: Porque me gusta y porque me divierte.

¿Pero cuándo va a escribir Sra. Trimadre si tiene que acostarse antes, leer libros y apagar luces por doquier?

Pues no tengo ni idea, pero ya avisé que eran despropósitos.

Dándolo todo

10 Ene

Voy a haceros partícipes a los que aún no lo sabéis de una gran verdad. Las bodas y las cenas de empresa son las nuevas juergas de los que somos padres.

Porque seamos realistas, estamos en un punto en que las salidas nocturnas que no sean a urgencias con un niño vomitando, brillan por su ausencia, y al menos los Tripadres, cuando tenemos canguro o llamamos a Teleabuelo, solemos decantarnos por cenas tranquilas para tener conversaciones de más de 10 minutos y que versen sobre temas más interesantes que el qué comemos mañana o si La Rubia tiene ballet.

En resumen, que ese momento de tener un copazo en la mano y a David Guetta de fondo se da lo que viene siendo de pascuas a ramos.

Los padres y madres reaccionamos de distinta manera a esta inusual situación de vernos liberados de nuestras criaturas y la posibilidad de pasar una noche sin interrupciones. Los hay que cuando van de boda salen pitando según los novios terminan el vals a meterse en el sobre, ya que la perspectiva de dormir 8 horas del tirón es poderosa a la par que irresistible. Otros en cambio, a las primeras notas del Ave María de Bisbal y ante la visión de un Gin Tonic en copa de balón, se vienen arriba.

Adivinen en que grupo me encuentro.

Y es que como bien dicen “la cabra tira al monte” o “el que tuvo, retuvo”, y aunque nunca fui de las que cerraban los bares, digamos que disfruté de mi juventud y la noche madrileña. Así que no puedo evitarlo, está en mi naturaleza.

Porque verán ustedes, a una madre no la puedes llevar a un sitio cool con sofás de diseño a tomar una copa en plan tranquilo. No, señores. En lo que el camarero tarda en prepararle un GinTonic con todo tipo de frutos rojos, ese sofá atrapará a esa madre agotada y en dos minutos estará dando cabezadas e implorando que alguien la lleve a su cama mientras cuenta mentalmente la horas que le quedan para que uno de sus vástagos asome por la puerta pidiendo un Cola-Cao.

Pero a esta misma madre la pones un lunes en un bareto de mala muerte, a 90 km de su familia, le das un Beefeater de toda la vida, y aún teniendo que currar al día siguiente, esa madre lo dará todo. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes… Porque esa madre sabe que ese momento es único, que ese día los astros se han alineado y que las ocasiones las pintan calvas.

El caso es que he tenido la oportunidad de disfrutar sufrir estas alineaciones planetarias varias veces últimamente. Véase, Trimadre en paradero conocido pero alejado del resto de la Trifamily por motivos laborales, con pernocta fuera del hogar y plan nocturno de cena y copazos incluido.

Créanme si les digo que en estas coyunturas, cuando llego a mi habitación de hotel y veo una mullida cama de 2×2, con 8 almohadas y un impoluto y blanquísimo edredón nórdico, sin rastro de Winnie the Pooh o coches de Hot Wheels por el suelo, me hago a mí misma una promesa: “Juro solemnemente que esta noche duermo 8 horas del tirón”. Y me lo creo, sí, sí, sí. Siempre se me ha dado bien el autoengaño, ya sea para planear lo que voy a adelgazar de aquí a julio o para decidir que me da tiempo hacer 50 recados en una hora.

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Podría decir que no tengo personalidad, que me dejo arrastrar por las masas, que mis colegas suplican mi presencia y que no me queda otra que acompañarles al bar de turno para tomar la copa de rigor y volverme pitando a casa. Pero mentiría… Me pinto el ojo, me pongo el tacón y ya no hay vuelta atrás para esta madre que suscribe.

Durante la noche, sus compañeras de trabajo la mirarán ojipláticas cuando pregunte quién es ésa del video pornográfico y cuando le contesten que es Miley Cyrus, (¡ahhhh! ¡Hanna Montana!), ella se preguntará cómo es posible que Walt Disney no se haya descongelado del susto. Alucinarán cuando le pida al DJ temazos como “Sufre mamón” o  alguna de Un pingüino en mi ascensor. Una que es una nostálgica…

Y así entre bailoteo y copa, pasó la noche. Acompañada por otras #malasmadres y al grito de “¡hacedlo por las madres!” conseguimos retener a las más jovenzuelas hasta que nos echaron del garito altas horas de la madrugada.

Resumiendo, salir de marcha con madres son todo ventajas:

1. Salimos muy baratitas. Con dos copas ya estamos de lo más simpáticas y dicharacheras. Es lo que tiene llevar la mitad de los últimos años de tu vida embarazada, lactando o simplemente acostándote a las 11 los viernes, que el alcohol actúa a la velocidad del rayo en nuestro organismo.

2. Aguantamos carros y carretas. Alguna ventaja tenía que tener llevar AÑOS sin dormir, y vive Dios que es mucho mejor no hacerlo por estar dándolo todo en la pista de baile que por un bebé llorón. Como unas rosas estábamos las madres a la mañana siguiente. Menudas somos.

3. No tenemos vergüenza. Se debió de quedar en algún paritorio cuando 2 matronas y 3 ginecólogos nos miraron por debajo del camisón, así que no tenemos problema en pedirle al DJ que nos ponga “Se acabó” de María Jiménez sin que se atisbe una sombra de rojez en nuestro rostro o bien subirnos a una plataforma a bailar la mayonesa.

El Bar Coyote : foto David McNally, Piper Perabo

Aquí Trimadre en uno de los momentos álgidos de la noche

Con estas aptitudes, no me digan que no es un planazo.

Y para aquellas a las que leyéndome les ha picado el gusanillo y han sentido una necesidad imperiosa de tomarse un cubata, esperar una cola de media hora para hacer pis en un baño inmundo y acostarse con ese característico pitidito en el oído mientras “echan el ancla” para que el cuarto deje de dar vueltas, sepan ustedes que se está organizando una fiesta de más de 2.000 #malasmadres. Si no saben de qué hablo, hagan el favor de unirse ipsofacto al club en http://www.laninasinnombre.com/cdm/ y seguirlas en Twitter @malasmadres o facebook htp://www.facebook.com/malasmadres.

Nos vemos en la barra.

fiesta #malasmadres

Hoy puede ser un gran día

12 Dic

Hace poco tuve un día de ÉSOS. De ésos en los que te sientas en tu mesa de trabajo y te percatas de que el jersey no termina de pegar con la falda que llevas. Demasiado tarde, hay que apechugar con el outfit todo el día. De ésos en los que al quitar el liquidito del triste queso de Burgos que vas a desayunar, se te cae todo entero a la papelera. Pues ni queso ni nada. Un café y arreando.

Tal día como áquel, viendo que estaba en racha, decidí que yo era una madre echada p’alante y que me iba yo solita al pediatra con mis tres churumbeles a revisiones varias de mocos, toses y dolores de garganta, seguidas de una vacunación en masa. Sí, han leído bien. Pinchazos a tutiplén. A los tres. Quién dijo miedo. Como soy una mujer preparada, eché en el bolso unos huevos Kinder (puede que caducados, no lo puedo asegurar) para afrontar el momento post-picotazo ya que se preveía complicado.

vacuna

Me sentí muy orgullosa de mí misma puesto que logré llegar a la hora con los últimos informes de urgencias en mano y las cartillas de vacunación de los tres a pesar de algunos incidentes durante el trayecto como que mini-wini se desabrochó de la silla (¿?) obligándome a realizar una parada de emergencia en el arcén. No me dirán que no tengo mérito.

Llegamos a la pediatra que examinó a los tres frutos de mis entrañas confirmándome todos los diagnósticos que como madre experimentada sospechaba y determinó que sería mejor posponer las vacunas hasta un futuro próximo menos virulento.

Con mis niños me aproximé al mostrador a pedir las siguientes citas y escuchar pacientemente cómo la señora de administración me expresaba su descontento por lo difícil de la tarea que le estaba pidiendo de buscarme tres huecos juntos para revisiones de enfermería de 12 meses y 4 años más la vacuna de la gripe del Mayor. “Es que son muchos” me dice. “Me lo dices o me lo cuentas” me dieron ganas de contestarle, pero finalmente me quedé callada y con cara de póquer esperando a que dejase de aporrear el teclado.

Como soy una madre multi-task, mientras salía del centro de salud y a la par que empujaba el carro de mini-wini, abrochaba el abrigo de La Rubia y gritaba al Mayor que guardase la peonza que íbamos a cruzar, decidí llamar a Tripadre para comunicarle que la operación “vacuna” se había suspendido. Todo muy normal. De esta guisa llegué al coche, estacionado en un descampado que hace las veces de parking del mencionado consultorio, y me dispuse a cortarme la venas montar niños, abrochar niños y plegar carro para 15 minutos después arrancar.

Llegamos a casa y entramos en la vorágine bien conocida por todos ustedes de baños y cenas (bueno, el baño nos lo saltamos que ya era muy tarde, para qué lo vamos a negar). Y a eso de las 11 de la noche me percato de que no tengo el móvil. Busco y rebusco por toda la casa. Nada. Bajo al garaje e inspecciono el coche en plan Horatio y nada de nada. Me llamo y me llamo desde el fijo sin éxito. Ya son las 23:30.

Empiezo a hacer repaso de las últimas horas de mi vida y todo me lleva claramente al momento de meter a los niños en el coche. El presentimiento de que deposité el teléfono de cualquier manera en el carro de mini-wini se hace cada vez más y más fuerte, ya que tengo la mala costumbre de utilizar la capota plegada como bolsillo auxiliar y guardar ahí sándwiches mordisqueados, el paquete de las toallitas y un sinfín de cosas más (tiene mucha capacidad, qué puedo decir…). Seguidamente, visualizo a mi pobre smart phone tirado cual colilla en el descampado. Evalúo mis opciones y decido lanzarme a la nocturnidad de la noche en busca de mi bien más preciado. Tripadre no da crédito. Sospecho que no le hace mucha gracia el cariz que han tomado los acontecimientos, más bien el hecho de que haya perdido el móvil que el que su mujer se vaya sola a un solar a las doce de la noche, ejem. Cuando me pongo el abrigo y le pido su móvil para estar comunicada en caso de ser víctima de algún altercado tipo atraco a mano armada, no me dice nada pero me lanza una de ESAS miradas. Si viven en pareja, sabrán a cuáles me refiero.

Sin más dilación, puse rumbo a mi destino con más miedo que vergüenza y el seguro echado y llegué al lugar de los hechos. Desde el coche examiné la zona y de pronto lo vi. ¡Milagro! La manzana plateada brillaba en la oscuridad. Rauda y veloz me bajé y cogí el móvil, vigilando que nadie saliera de las sombras con intenciones deshonestas.

Más o menos esto es lo que me encontré:

iphone roto2

Intuyo que después de mi visita al pediatra, al meter la silla en el maletero el móvil salió despedido y a continuación lo arrollé sin darme cuenta al desaparcar. Lo más increíble es que funciona así que solo puedo decir una cosa… ¡Viva Steve Jobs!

Nota de la autora: A la fecha de esta publicación Trimadre se halla en posesión de un nuevo y reluciente móvil, previo pago de unos cuantos eurazos (no puedo recordarlo sin que me duela) y los tres niños se encuentran al día en cuanto al calendario vacunal se refiere. Eso sí, la segunda vez me olvidé las cartillas y me llevé a Tripadre por lo que pudiera pasar.