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Yo soy esa

15 Sep

La que siempre lleva las cuentas en los viajes. La que reserva la casa rural para 18. La que busca el sitio para el cumple de 5 niños. La que organiza la cena de Navidad del departamento. La que se encarga del regalo de la profe. Yo, soy ESA.

Ya me lo decía mi madre desde bien pequeña “hija, ¿es que no hay otra niña que pueda llevar el [poner aquí el objeto más extraño que se os ocurra]? ¿Siempre tienes que ser tú?”. Yo no sé qué pasa, la verdad, igual debería mirármelo, pero desde que tengo memoria siempre me ha poseído una fuerza inexplicable cuando alguien pide un voluntario para lo que sea. ¿Que el profesor preguntaba si alguien podría traer unos mejillones para diseccionar? Allí estaba yo. ¿Que había que llevar al cole un radiocasete para ensayar la coreografía de Bananarma en el recreo? Yo podía, supuesto.

Esto que suena muy bonito y muy cuqui, en plan qué voluntariosa soy, me granjeó no pocas broncas y charlas paternas desde mi más tierna infancia. Porque a este mi altruismo desmedido hay que añadirle que soy despistada y desastrilla por naturaleza, así que al final el radiocasete volvía sin cable y si eran cinco mejillones pues yo me liaba y llevaba 50. Vamos, que la combinación de estos rasgos de mi carácter era más bien un cóctel molotov.

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Tan repelente no era, pero el brazo se me iba solo.

Recuerdo que en segundo de EGB, con 8 años, acabé liando a mi madre no sé cómo para comprarle un regalo al profe porque había tenido un bebé de parte de toda la clase. Repito, con 8 años. Aquello debió ser el principio del fin.

Esta forma de ser ha llenado mi existencia de momentos muy gratificantes pero también de otros trágicos, como cuando Tripadre y yo ofrecimos nuestro piso recién estrenado para hacer la fiesta de Nochevieja con los amigos. Cuando a las 5 de la mañana las copas rodaban por el suelo, ya era tarde para nosotros y para nuestro parquet. Y es que en esto se ha cumplido eso de “Dios los cría y ellos se juntan” y Tripadre no sólo no me frena, si no que me acaba animando.

En mi faceta madre, cómo no, es más de lo mismo. Pongamos de ejemplo el fin de curso pasado. En el cole de los niños es costumbre tener un detalle con las profesoras para agradecerles el trabajo que hacen durante el año. Yo veía que se acercaba el final de las clases y que nadie decía ni Pamplona. Como me conozco, me intento controlar, “tú calladita, que estas más liada que la pata de un romano para meterte en más fregaos“, me repetía convencida. Pero como pasaban los días a final mandé el fatídico whatsapp al grupo de madres, a sabiendas que era mi pasaporte a la fama:

– ¡Hola! ¿Qué os parece si les compramos algo a las profes?

Luego vino la típica repuesta de madre avispadilla, ésa que me gustaría ser a mí.

– Genial!!! Cuenta conmigo!!

Respuesta que obviamente va seguida de otras tantas similares. Ahí es cuando yo me pregunto ¿por quéeee? ¡¡si no he dicho nada!! Otras veces reconozco que me puede la impaciencia, los “estaría bien”, “me parece fenomenal” etc que no llegan a nada concreto, me acaban poniendo nerviosa y sin saber cómo ha pasado, acabo soltando un “yo me encargo” para acabar con tanto vaivén de mails y mensajes que me estresan infinito.

Pero este curso prometo reformarme, por lo menos en parte. He aprendido la lección. El recuerdo de una tarde de junio en el patio del colegio, a 38 grados, con mini-wini berreando en el carro, la Rubia desapareciendo de mi vista cada 5 segundos, el Mayor dando balonazos a diestro y siniestro y 200 padres metiéndome billetes de 5 euros en los bolsillos como a una stripper cualquiera, es algo que no deseo que se repita. Tampoco me veo un año más a las 2 de la mañana haciendo un collage de fotos al entrenador de fútbol del Mayor (sí, han leído bien), idea maravillosa de un Tripadre que, a los hechos me remito, padece del mismo mal que su santa esposa.

Por suerte no estoy sola en este mundo y hay más madres de ÉSAS por ahí sueltas. No abundan la verdad, pero entre nosotras nos identificamos rápido y nos apoyamos, que el “un año tú otro yo” se agradece.

Quienes me conocen pensarán (y con razón) que todo esto lo digo con la boca pequeña, porque en el fondo, muy fondo, me va la marcha.

Y LO SABEN.

 

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El tiempo entre pañales

17 Feb

Hace ya unos meses, Mini-wini cumplió un año. Un año. 365 días (con sus noches). Cualquier madre primeriza habría estado ilusionada, feliz y emocionada ante tan señalada fecha. Yo en cambio anduve tristona y pensativa sin parar de darle vueltas a lo fugaz de nuestra existencia.

La pregunta que no me deja dormir por la noche no es ni más ni menos que ésta: ¿dónde me he metido estos últimos meses?. Porque, a ver… ¿En qué momento ese bebé de 1 kilo 900 gramos que nació antes de tiempo se ha trasformado en un pequeño luchador de sumo de percentil 90? ¿cuándo se acabaron los gorgojeos en su cuna para dar alaridos y gritar “holaaaa” a todo el que pasa?, ¿qué estaba haciendo yo mientras él dejaba de quedarse acurrucado en mi regazo y empezaba a interesarse por arrancarme de cuajo los pendientes?

Ese canijo que decidió venir al mundo 5 semanas antes de lo previsto, pesa ahora 12 kilazos y abulta casi lo mismo que su hermana. Lloró como un condenado los primeros 3 meses para dejar bien claro que había venido para quedarse pero hoy puedo decir que es el más simpático de mis tres retoños y regala sonrisas a cualquier desconocido que le haga una carantoña. Prefiero no profundizar en este hecho, ya que sospechamos que está directamente relacionado con la cantidad de atención que recibe en su casa. Quedémonos con que el niño es muy salao.

La realidad es que, entre bajar un rato al parque para cansar a las fieras, hacer los deberes con El Mayor, pintar caritas sonrientes a La Rubia y levantar este país, no hemos tenido dos minutos para enseñar a mini-wini a hacer el 1 con el dedo índice o a soplar las velas. Qué penica. Pero créanme si les digo que no hubo mala intención por parte de los Tripadres y que esto del cumpleaños nos pilló por sorpresa, sin estas lecciones de vida básicas transmitidas a nuestro benjamín ni pedida la correspondiente cita para la revisión pediátrica. A él no podemos culparle, porque aunque brutote es un rato, cuando le dedicas unos minutos se muestra receptivo y colaborador como el que más. Confesaré también que hace apenas unos días que ha empezado a andar solito, y aunque igual ha influido que tiene una figura, digamos, poco aerodinámica, la principal causa es que se pasa la vida atrapado/reducido/aprisionado en diversos artilugios de retención infantil, véase: sillita de paseo, trona o parque. Y no, no es cuestión sólo de ser #malamadre, más bien de supervivencia de este torete de Albacete que no tiene una idea buena y si no le vigilo con cuatro ojos me lo encuentro levantado una maceta, sacando la mantelería o metiendo los dedos en el enchufe. Y como es comprensible, en multitud de ocasiones Trimadre está haciendo la cena, descargando el lavaplatos o corrigiendo unas sumas, por lo que no puede dedicarse en cuerpo y alma a perseguir al pequeño de la familia mientras éste explora el medio circundante y desarrolla sus habilidades psicomotoras.

El parque, también denominado Guantánamo por mi amiga N.

Aquí el parque, bautizado como Guantánamo por mi amiga N. Responde también al nombre de Alcatraz o de Alcalá-Meco para los más patrióticos, .

Que el tiempo vuela, es un hecho, pero cuando eres madre adquiere velocidades supersónicas. En lo que le das la vuelta a la tortilla de patata, tu hijo empieza a usar un número de pie que se acerca peligrosamente al tuyo. Te agachas a abrochar una zapatilla y una pequeña mano autoritaria te detiene con un “yo sola”. Sin darte cuenta los garabatos que dibujaban en un papel empiezan a transformarse en letras que se juntan para crear palabras con sentido y un buen día escuchas como tu Mayor se detiene ante un cartel y dice en voz alta “Biblioteca”. Te encuentras a ti misma intentando poner a La Rubia una chaqueta talla 18 meses, y no, no es porque hayas leído en el Hola Niños que se lleva la manga francesa, ni tampoco es porque apures la ropa hasta extremos insospechados en pro de la economía doméstica, que también. En el fondo de tu ser, te da dolor dar el paso a la talla 3-4 años, porque significa que ya no habemus bebé, ni rastro de esa tripota ni de los típicos andares pañaleros.

Últimamente veo señales de este crecimiento meteórico por todas partes. Una conversación padre-hijo sobre un córner (¿un córner?), esos dibujos que podían ver en bucle un capítulo tras otro y que ahora les aburren (mamá, es que Caillou es de pequeños ¿perdonaaaa?, ¿y tú qué eres?), o esas cenas antes eternas dando cucharadas a unos y otros que ahora no lo son tanto, hay menos lloros, menos  enfados y más conversación. Vas a taparles por la noche, y no puedes creer que esa piernaza desarropada sea del fruto de tus entrañas, que hasta me parece ver pelos y tatuajes tribales (tranquilidad, es mi imaginación) o que aquel osito sin el que La Rubia no podía dormir hasta hace unos meses haya sido relegado a la estantería más alta.

Así que solo me queda él, mini-wini., con su conversación incomprensible y sus culetazos por el pasillo. Que llora de emoción y nervios cuando me ve aparecer con su biberón, comiendo galletas con sus manos regordetas y dejando migas por todas partes. Y aunque tengo muchas ganas de poder ir los cinco al cine o salir de casa sin biberones ni potitos, no puedo evitar cuando entro en su cuarto por la noche y le veo en su cuna en una de esas posturas imposibles que sólo los bebés pueden encontrar confortables, desear que el tiempo se pare y mi mini-wini se quede así de mini para siempre.

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Dándolo todo

10 Ene

Voy a haceros partícipes a los que aún no lo sabéis de una gran verdad. Las bodas y las cenas de empresa son las nuevas juergas de los que somos padres.

Porque seamos realistas, estamos en un punto en que las salidas nocturnas que no sean a urgencias con un niño vomitando, brillan por su ausencia, y al menos los Tripadres, cuando tenemos canguro o llamamos a Teleabuelo, solemos decantarnos por cenas tranquilas para tener conversaciones de más de 10 minutos y que versen sobre temas más interesantes que el qué comemos mañana o si La Rubia tiene ballet.

En resumen, que ese momento de tener un copazo en la mano y a David Guetta de fondo se da lo que viene siendo de pascuas a ramos.

Los padres y madres reaccionamos de distinta manera a esta inusual situación de vernos liberados de nuestras criaturas y la posibilidad de pasar una noche sin interrupciones. Los hay que cuando van de boda salen pitando según los novios terminan el vals a meterse en el sobre, ya que la perspectiva de dormir 8 horas del tirón es poderosa a la par que irresistible. Otros en cambio, a las primeras notas del Ave María de Bisbal y ante la visión de un Gin Tonic en copa de balón, se vienen arriba.

Adivinen en que grupo me encuentro.

Y es que como bien dicen “la cabra tira al monte” o “el que tuvo, retuvo”, y aunque nunca fui de las que cerraban los bares, digamos que disfruté de mi juventud y la noche madrileña. Así que no puedo evitarlo, está en mi naturaleza.

Porque verán ustedes, a una madre no la puedes llevar a un sitio cool con sofás de diseño a tomar una copa en plan tranquilo. No, señores. En lo que el camarero tarda en prepararle un GinTonic con todo tipo de frutos rojos, ese sofá atrapará a esa madre agotada y en dos minutos estará dando cabezadas e implorando que alguien la lleve a su cama mientras cuenta mentalmente la horas que le quedan para que uno de sus vástagos asome por la puerta pidiendo un Cola-Cao.

Pero a esta misma madre la pones un lunes en un bareto de mala muerte, a 90 km de su familia, le das un Beefeater de toda la vida, y aún teniendo que currar al día siguiente, esa madre lo dará todo. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes… Porque esa madre sabe que ese momento es único, que ese día los astros se han alineado y que las ocasiones las pintan calvas.

El caso es que he tenido la oportunidad de disfrutar sufrir estas alineaciones planetarias varias veces últimamente. Véase, Trimadre en paradero conocido pero alejado del resto de la Trifamily por motivos laborales, con pernocta fuera del hogar y plan nocturno de cena y copazos incluido.

Créanme si les digo que en estas coyunturas, cuando llego a mi habitación de hotel y veo una mullida cama de 2×2, con 8 almohadas y un impoluto y blanquísimo edredón nórdico, sin rastro de Winnie the Pooh o coches de Hot Wheels por el suelo, me hago a mí misma una promesa: “Juro solemnemente que esta noche duermo 8 horas del tirón”. Y me lo creo, sí, sí, sí. Siempre se me ha dado bien el autoengaño, ya sea para planear lo que voy a adelgazar de aquí a julio o para decidir que me da tiempo hacer 50 recados en una hora.

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Ni cuatro horas pude disfrutar de esta pedazo cama para mi solita

Podría decir que no tengo personalidad, que me dejo arrastrar por las masas, que mis colegas suplican mi presencia y que no me queda otra que acompañarles al bar de turno para tomar la copa de rigor y volverme pitando a casa. Pero mentiría… Me pinto el ojo, me pongo el tacón y ya no hay vuelta atrás para esta madre que suscribe.

Durante la noche, sus compañeras de trabajo la mirarán ojipláticas cuando pregunte quién es ésa del video pornográfico y cuando le contesten que es Miley Cyrus, (¡ahhhh! ¡Hanna Montana!), ella se preguntará cómo es posible que Walt Disney no se haya descongelado del susto. Alucinarán cuando le pida al DJ temazos como “Sufre mamón” o  alguna de Un pingüino en mi ascensor. Una que es una nostálgica…

Y así entre bailoteo y copa, pasó la noche. Acompañada por otras #malasmadres y al grito de “¡hacedlo por las madres!” conseguimos retener a las más jovenzuelas hasta que nos echaron del garito altas horas de la madrugada.

Resumiendo, salir de marcha con madres son todo ventajas:

1. Salimos muy baratitas. Con dos copas ya estamos de lo más simpáticas y dicharacheras. Es lo que tiene llevar la mitad de los últimos años de tu vida embarazada, lactando o simplemente acostándote a las 11 los viernes, que el alcohol actúa a la velocidad del rayo en nuestro organismo.

2. Aguantamos carros y carretas. Alguna ventaja tenía que tener llevar AÑOS sin dormir, y vive Dios que es mucho mejor no hacerlo por estar dándolo todo en la pista de baile que por un bebé llorón. Como unas rosas estábamos las madres a la mañana siguiente. Menudas somos.

3. No tenemos vergüenza. Se debió de quedar en algún paritorio cuando 2 matronas y 3 ginecólogos nos miraron por debajo del camisón, así que no tenemos problema en pedirle al DJ que nos ponga “Se acabó” de María Jiménez sin que se atisbe una sombra de rojez en nuestro rostro o bien subirnos a una plataforma a bailar la mayonesa.

El Bar Coyote : foto David McNally, Piper Perabo

Aquí Trimadre en uno de los momentos álgidos de la noche

Con estas aptitudes, no me digan que no es un planazo.

Y para aquellas a las que leyéndome les ha picado el gusanillo y han sentido una necesidad imperiosa de tomarse un cubata, esperar una cola de media hora para hacer pis en un baño inmundo y acostarse con ese característico pitidito en el oído mientras “echan el ancla” para que el cuarto deje de dar vueltas, sepan ustedes que se está organizando una fiesta de más de 2.000 #malasmadres. Si no saben de qué hablo, hagan el favor de unirse ipsofacto al club en http://www.laninasinnombre.com/cdm/ y seguirlas en Twitter @malasmadres o facebook htp://www.facebook.com/malasmadres.

Nos vemos en la barra.

fiesta #malasmadres

Hoy puede ser un gran día

12 Dic

Hace poco tuve un día de ÉSOS. De ésos en los que te sientas en tu mesa de trabajo y te percatas de que el jersey no termina de pegar con la falda que llevas. Demasiado tarde, hay que apechugar con el outfit todo el día. De ésos en los que al quitar el liquidito del triste queso de Burgos que vas a desayunar, se te cae todo entero a la papelera. Pues ni queso ni nada. Un café y arreando.

Tal día como áquel, viendo que estaba en racha, decidí que yo era una madre echada p’alante y que me iba yo solita al pediatra con mis tres churumbeles a revisiones varias de mocos, toses y dolores de garganta, seguidas de una vacunación en masa. Sí, han leído bien. Pinchazos a tutiplén. A los tres. Quién dijo miedo. Como soy una mujer preparada, eché en el bolso unos huevos Kinder (puede que caducados, no lo puedo asegurar) para afrontar el momento post-picotazo ya que se preveía complicado.

vacuna

Me sentí muy orgullosa de mí misma puesto que logré llegar a la hora con los últimos informes de urgencias en mano y las cartillas de vacunación de los tres a pesar de algunos incidentes durante el trayecto como que mini-wini se desabrochó de la silla (¿?) obligándome a realizar una parada de emergencia en el arcén. No me dirán que no tengo mérito.

Llegamos a la pediatra que examinó a los tres frutos de mis entrañas confirmándome todos los diagnósticos que como madre experimentada sospechaba y determinó que sería mejor posponer las vacunas hasta un futuro próximo menos virulento.

Con mis niños me aproximé al mostrador a pedir las siguientes citas y escuchar pacientemente cómo la señora de administración me expresaba su descontento por lo difícil de la tarea que le estaba pidiendo de buscarme tres huecos juntos para revisiones de enfermería de 12 meses y 4 años más la vacuna de la gripe del Mayor. “Es que son muchos” me dice. “Me lo dices o me lo cuentas” me dieron ganas de contestarle, pero finalmente me quedé callada y con cara de póquer esperando a que dejase de aporrear el teclado.

Como soy una madre multi-task, mientras salía del centro de salud y a la par que empujaba el carro de mini-wini, abrochaba el abrigo de La Rubia y gritaba al Mayor que guardase la peonza que íbamos a cruzar, decidí llamar a Tripadre para comunicarle que la operación “vacuna” se había suspendido. Todo muy normal. De esta guisa llegué al coche, estacionado en un descampado que hace las veces de parking del mencionado consultorio, y me dispuse a cortarme la venas montar niños, abrochar niños y plegar carro para 15 minutos después arrancar.

Llegamos a casa y entramos en la vorágine bien conocida por todos ustedes de baños y cenas (bueno, el baño nos lo saltamos que ya era muy tarde, para qué lo vamos a negar). Y a eso de las 11 de la noche me percato de que no tengo el móvil. Busco y rebusco por toda la casa. Nada. Bajo al garaje e inspecciono el coche en plan Horatio y nada de nada. Me llamo y me llamo desde el fijo sin éxito. Ya son las 23:30.

Empiezo a hacer repaso de las últimas horas de mi vida y todo me lleva claramente al momento de meter a los niños en el coche. El presentimiento de que deposité el teléfono de cualquier manera en el carro de mini-wini se hace cada vez más y más fuerte, ya que tengo la mala costumbre de utilizar la capota plegada como bolsillo auxiliar y guardar ahí sándwiches mordisqueados, el paquete de las toallitas y un sinfín de cosas más (tiene mucha capacidad, qué puedo decir…). Seguidamente, visualizo a mi pobre smart phone tirado cual colilla en el descampado. Evalúo mis opciones y decido lanzarme a la nocturnidad de la noche en busca de mi bien más preciado. Tripadre no da crédito. Sospecho que no le hace mucha gracia el cariz que han tomado los acontecimientos, más bien el hecho de que haya perdido el móvil que el que su mujer se vaya sola a un solar a las doce de la noche, ejem. Cuando me pongo el abrigo y le pido su móvil para estar comunicada en caso de ser víctima de algún altercado tipo atraco a mano armada, no me dice nada pero me lanza una de ESAS miradas. Si viven en pareja, sabrán a cuáles me refiero.

Sin más dilación, puse rumbo a mi destino con más miedo que vergüenza y el seguro echado y llegué al lugar de los hechos. Desde el coche examiné la zona y de pronto lo vi. ¡Milagro! La manzana plateada brillaba en la oscuridad. Rauda y veloz me bajé y cogí el móvil, vigilando que nadie saliera de las sombras con intenciones deshonestas.

Más o menos esto es lo que me encontré:

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Intuyo que después de mi visita al pediatra, al meter la silla en el maletero el móvil salió despedido y a continuación lo arrollé sin darme cuenta al desaparcar. Lo más increíble es que funciona así que solo puedo decir una cosa… ¡Viva Steve Jobs!

Nota de la autora: A la fecha de esta publicación Trimadre se halla en posesión de un nuevo y reluciente móvil, previo pago de unos cuantos eurazos (no puedo recordarlo sin que me duela) y los tres niños se encuentran al día en cuanto al calendario vacunal se refiere. Eso sí, la segunda vez me olvidé las cartillas y me llevé a Tripadre por lo que pudiera pasar.

The unhappy hour

28 Oct

Las 7:30 pm. Esa hora a la que los que no tienen hijos salen del curro y se van a un after-work a tomar un GinTonic porque es martes y ellos lo valen. Esa hora a la que se petan los gimnasios. Esa hora a la que, increíblemente, hay mujeres en los probadores de Zara. A esa hora empieza la vida para muchos.

Pero para las #malasmadres la cosa es bien distinta. Puede que estés en el parque o jugando con plastilina en la mesa de la cocina. Miras el reloj de reojillo y piensas “venga va, 5 minutos más”. No, no lo haces por ellos en plan “qué bien se lo están pasando”, lo haces por ti, confiesa. En 3, 2, 1… empieza la guerra.

Es la peor hora del día, Y LO SABES.

La idea que una tiene de la hora del baño es muy distinta cuando aún no tiene niños. ¿Será culpa de los anuncios de Johnson’s Baby y Nenuco, donde todo son sonrisas, masajitos, miradas embelesadas y pompas de jabón flotando in the air? Cierto es que el engaño dura poco. El primer día que bañas al bebé en casa al volver del hospital cae el mito. Los padres primerizos parece que estemos manejando material inflamable y en el ambiente, lejos de ser relajado, se masca la tragedia… ¡el agua está muy fría! , ¡no le cojas así!. Nervios y hormonas a partes iguales. Por no hablar del despliegue de medios, que podríamos operar a alguien a corazón abierto encima del cambiador sin ningún riesgo (gasas, tijeras, alcohol de 70º,  suero en cantidades industriales…). Lo del masaje se deshecha en el acto ya que esa criatura que se ha puesto roja como una gamba no para de berrear, con lo que se decide acabar con el tema cuanto antes.

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico...

Bueno, vale, uno de cada 100 puede que sea así de idílico…

El caso es que ya desde del primer momento te das cuenta que de relax no tiene nada, pero te lo han grabado a fuego: la hora del baño es vital para el bebé, para que duerma mejor, coma mejor y viva más años. Tanto es así que se nos nubla la razón y hacemos cosas absurdas…

Amigos sin-hijos: “¿Venís a ver la final del Mundial a casa, así podéis traer al niño?”

Monopadres: “Uy, no podemos, es que es a la hora del BAÑO”.

Con los años, y el número de hijos, te das cuenta que el baño diario está sobrevalorado y tu umbral de tolerancia a la suciedad aumenta exponencialmente. Pero lo que no cambia es el estrés del momento. Según crecen empiezan las peleas por introducirlos en la bañera y posteriormente para sacarlos. Claros ejemplos de bipolaridad infantil son los famosos “no me quiero bañaaaaaaaaaaaaar” seguidos de los “no me quiero saliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiir”. Una vez que consigues convencerles o en su defecto congelarles quitando el tapón, empiezan los ataques de locura transitoria. Los niños que hace diez minutos estaban llorosos y agotados, parece que se han tomado un RedBull. Es verse fuera del agua y en pelota picada y empezar a correr por toda la casa o saltar encima de la cama. Una, que a esas horas no suele estar para tonterías, empieza a impacientarse por la actitud insurrecta de sus churumbeles y las amenazas y bocinazos hacen su aparición.

Es el momento de encomendarse a Disney Channel o recurrir a técnicas de inmovilización para conseguir ponerles el pijama. Una vez logrado el objetivo, puedes dejarles hipnotizados ante la tele un rato mientras preparas la cena. En esos minutos de soledad cocinera, mientras rezas porque la paz reinante se la debas a Dora la Exploradora y no a alguna fechoría silenciosa, te recompones del primer asalto y te preparas psicológicamente para el segundo round, lo que no es moco de pavo si tenemos en cuenta que estás empanado un filete o si es tu día de suerte, programando el microondas.

Si el menú es del gusto de los mini-chefs, en media hora puede que hayas superado la Fase 2 pero si están de no (“no me gusta”, “no quiero”, “no tengo hambre”, etc) habrá que sacar la artillería pesada. Como toda #malamadre que se precie, te preguntas cómo de importante es que se coma esos dos trozos de tortilla mientras observas las agujas del reloj avanzando impasibles. Hay días en los que te autoconvences de que la fruta diaria tampoco es fundamental (mira los esquimales, ni la catan y ahí siguen tan contentos) y decides sacar las natillas de chocolate, apuesta segura donde las haya.

Una vez pasado el trámite de la cena con mayor o menor éxito, no hemos terminado, no señores. Aún nos quedan los “lavaos los dientes”, “así no, un ratito más”, “haced pis”, “¿seguro que habéis hecho pis?”, “a la cama YA” aderezados aquí y allá con los “es la última vez que lo digo” y “a la de 1, a la de 2…”. Por supuesto serán ágilmente contraatacados por los “otro cuento más” o como diría La Rubia el ultimitísimo de verdad, y los “tráeme agua”, “quédate un poquito plis plis plis” (daños colaterales del bilingüismo, ejem) y el nunca pasado de moda “¡mamiiiii veeeeen!”.

Cuando casi has perdido toda esperanza, te duelen hasta las pestañas, no sientes las piernas y el solo hecho de pensar en volver a recorrer el pasillo te produce urticaria… Entonces… Llega él.

Por fin.

EL SILENCIO.

Buenas noches.

P.D. Puedes unirte al Club de las Malasmadres en Twitter @malasmadres o o facebook. Ésta es su web: www.clubdemalasmadres.com

malasmadres

La Novia de Chucky

28 Jun

El pasado fin de semana me quedé sola  con mis tres retoños mientras Tripadre se iba más contento que unas pascuas desconsolado de despedida de soltero a la tierra de los vinos. A pesar de contar una vez más con el apoyo de Teleabuelo, se me hizo un poco duro estar con los tres. Bueno, más bien con los cuatro, porque tuvimos una invitada especial.

Sí, éramos pocos y parió la abuela. Es una amiguita de La Rubia que de vez en cuando viene por casa y se queda instalada. Tiene un carácter bastante irascible y no suele atender a razones ni es posible mantener una conversación con ella. A veces estoy hablando con La Rubia de algún tema delicado, por ejemplo, “ponte los zapatos que nos bajamos a la calle” y así sin más, mi princesa desparece delante de mis ojos y se persona La Novia de Chucky. No sabría deciros la de veces que esta individua de ojos desorbitados y tendencias agresivas ha tenido a bien pasarse por nuestro domicilio estos últimos días. Será que Tripadre no estaba, será que necesita vacaciones, será que hay luna llena, será que el Pisuerga pasa por Valladolid… Qui lo sá?

chucky

Aquí una instantánea de nuestra simpática amiguita

La Rubia en estado puro es un encanto. Es dulce, cariñosa y reparte besos a desconocidos como pocos niños. Es chiquitina y pizpireta, con unos ojos que lo dicen todo y pone mil muecas cuando está enfadada, triste o cansada. Tímida fuera de casa, dentro es capaz de ponerte la cabeza como un bombo con su charleta. Es obediente y no hay nada como decir “A ver quién se pone antes el pijama” para que salga escopetada y sea la primera en gritar “¡Yoooo!”. Pelín competitiva también es la niña. Destaca por su autonomía desde bien canija y el “Yo sola” es su lema desde que aprendió a hablar. A veces esto le genera ciertas frustraciones, porque aunque no le guste tiene 3 años y saltar a la comba, leer un cuento o atarse los cordones, son objetivos fuera del alcance de su desarrollo neurológico. No tenía ni dos años y ya se subía sola a lo alto del tobogán o se ponía el pijama. Le encanta ayudar a los mayores y siempre está dispuesta a poner la mesa, dar la papilla a mini-wini o llevar la ropa sucia al cesto. También es divertida y le gusta tanto hacer cosquillas como que se las hagas a ella. De risa contagiosa, se parte con los chistes del Mayor aunque no los entienda. Cualquiera que le dedique tres minutos de atención en exclusiva la tiene ganada para siempre. Es feliz si te tumbas con ella en su cama a la hora de dormir para hacerle cosquillitas en la espalda y es en esos momentos donde te regala su mejores frases contándote cómo ha sido su día.

La Rubia: “Mami, El Moreno quiere que sea su novia”

Trimadre: “Ah… ¿y tú quieres?”

La Rubia: “No sé… Es que nunca me obedece y encima no viene cuando le llamo” (vete acostumbrándote hija)

Pero hay días en los que mi instinto de madre me envía señales claras de que La Novia de Chucky está al acecho. Algo en mi interior me dice que en cualquier momento se presentará sin avisar ni llamar antes. Entonces me siento como MacGyver desactivando una bomba de esas que tienen un cable rojo y otro azul. En cualquier momento si no me ando con cuidado hará ¡pum! y estallará en mil pedazos.

Cuando esto ocurre y la llegada de La Novia de Chucky es un hecho, nunca sabemos cuándo se irá. Ella no es como esos niños que salen en Supernanny, que les dejan ahí con su rabieta y a los 3 minutos aparecen sorbiéndose los mocos y dispuestísimos a recoger los juguetes o meterse en la bañera. De eso nada. La Novia de Chucky bate todos los récords. Es capaz de lanzarte objetos, patalear en el suelo hasta dejarse los tobillos o vaciar medio armario mientras da rienda suelta a su temperamento.

Cualquier aproximación que hagas, tiene poca probabilidad de éxito. Si vas por las malas, puede que empiece a darle vueltas la cabeza y que sus gritos se oigan en Sebastopol; y si vas por la buenas, creerá que se ha salido con la suya, y cuando vea que sigue sin poder ir al cole vestida de la Bella Durmiente los límites de La Novia de Chucky rebasarán todas tus expectativas.

Todos los que me leen, padres en su mayoría, tendrán la teoría tan clara como yo misma. Muchos artículos de educación a nuestras espaldas nos dicen cual es la actitud a tomar sin ningún tipo de duda: ignorarla. Créanme que esto lo hemos puesto en práctica con El Mayor y efectivamente, tiene su fundamento. Pero les aseguro que desoír a esta piltrafilla de cabellos dorados es harto complicado. En primer lugar por la duración de los episodios. Uno puede hacerse el tonto 10 minutos pero una vez rebasado este tiempo, te da el tick en el ojo y se hace muy difícil. Segundo porque los ataques frontales cuerpo a cuerpo o bien con armas arrojadizas no pueden dejarte indiferente. Y tercero porque para nuestra desgracia vivimos en un piso y no en un chalé en la sierra y los decibelios que se alcanzan es probable que no sean del agrado de nuestros amables convecinos. Por todo ello, muchas veces tengo que intervenir. Total pa ná. Porque sólo La Novia de Chucky es la que decide cuando se va, tan rápidamente como llegó, dejándote a ti con gran desasosiego y el cuerpo del revés.

Debo decir que al día siguiente de la visita de nuestra amiga, La Rubia amaneció con 38 y medio y las amígdalas como pelotas de tenis, así que quiero pensar que La Novia de Chucky se aprovechó de su estado de debilidad e incubamiento para hacer acto de presencia.

El que no se consuela es porque no quiere.

Teleabuelo, dígame

11 Abr

Hoy voy a hablaros de Teleabuelo, un gran servicio del que disfrutamos muchos padres y por el que nos sentimos más afortunados que si nos hubiese tocado el cuponazo de la ONCE. Teleabuelo se contrata automáticamente según te dan el alta del hospital tras el parto de tu primogénito aunque normalmente uno no empieza a utilizarlo hasta que el pequeñajo tiene cierta independencia alimentaria de su madre. Ignoro cuando se pone fin a este contrato verbal, pero mucho me temo que en la tierna adolescencia de los hijos Teleabuelo dimitirá y dejará los marrones correspondientes a esa etapa de la vida no exenta de complicaciones, a los padres de las criaturas. Normal por otra parte, ya que con pelos en las piernas, bigotes incipientes, acné y mucha tontería encima, ya no resultan tan monos.

abuelos

Uno puede necesitar de los servicios de Teleabuelo en muy diversas circunstancias:

1. Por necesidad vital o lo que es lo mismo mijefememataymeechandelcurro: En esta ajetreada vida que llevamos pueden surgir miles de complicaciones en el día a día que podrían hacer que faltásemos al trabajo. Véase: María Poppins se pone mala y no hay con quién dejar a mini-wini o bien es el niño el que se pone malo, no hay María Poppins que valga y no podemos llevarle al cole/guarde. Tranquilidad, Teleabuelo está aquí para ayudarnos.

2. Compromisos ineludibles e inexcusables del los tripadres: Bodas, cumpleaños, cenas de Navidad u otros eventos sociales pueden hacer que necesitemos de Teleabuelo encantados de la vida por obligación. En estas ocasiones, se suelen unir a nuestro sufrimiento otros monopadres, bipadres, tripadres, etc… que han utilizado también a sus respectivos Teleabuelos. Una vez metidos en faena, uno se olvida del disgusto que le causa separarse de sus retoños y disfruta del evento en cuestión dándolo todo como si no hubiera un mañana.

3. Cenas de amor y lujo: A veces los Tripadres necesitan salir del hogar y cenar por ahí para hablar de sus cosas mirándose a los ojillos. Estas ocasiones son muy necesarias para el buen funcionamiento de la Trifamily y la salud mental de los Tripadres.

Teleabuelo siempre nos sorprende por su enorme capacidad de respuesta. Ya sea un domingo a las 11 de la noche o un martes a las 7 de la mañana, siempre estarán dispuestos a acudir al rescate de los Tripadres. Además nos ofrece multitud de posibilidades como la asistencia a domicilio, acompañamiento en servicios de urgencias y/o estancias hospitalarias e incluso realizan servicios de entrega y recogida. Ellos sin embargo suelen preferir que el “paquete” quede a su cargo en su residencia habitual. El top-ten en prestaciones es la que incluye la pernoctación de los churumbeles y recogida tras comida familiar. Esto es: Dejas al niño, te vas de cena/fiesta a disfrutar como una loca ya que hace meses que no lo practicas, al día siguiente duermes hasta las 12 (siempre y cuando tu reloj biológico no se haya desconfigurado tras años de madrugones y te levante a las 9), te pegas una ducha de 20 minutos disfrutando del hecho de que ningún hijo tuyo te esté aporreando la puerta y por último, relajadamente y preocupándote sólo de coger tu bolso, te diriges a casa de Teleabuelo a comer, como vulgarmente se llama, “a mesa puesta”. Encima la comida será de madre-madre. Aquí es cuando le haces la ola a tu suegra o a tu mamá.

Vamos, que Teleabuelo son todo ventajas. Con ellos los niños se portan mejor, comen mejor y hasta duermen mejor. Por ejemplo nuestros Teleabuelos desconocen la versión “Novia de Chucky” de La Rubia. Es más, nos acusan de inventarlo todo. ¿Cómo va a ser que esa princesa de sonrisa embaucadora sea capaz de tirarse al suelo y berrear durante 45 minutos?. Sobre lo del dormir tengo mis dudas. Creo que es más una cuestión de umbral de tolerancia. Aquí una conversación real:

Trimadre: “Mamá, ¿qué tal noche habéis pasado?”

Triabuela: “Uy, fenomenal, hemos dormido estupendamente”

Trimadre (sorprendida a la par que incrédula): “¿Siiiií?, ¿No se ha despertado ninguno?”

Triabuela: “Bueeeeno… (silencio de 5 segundos) El Mayor se levantó a hacer pis a las 2 y luego tenía tos sobre las 5. La Rubia a la 1 quería agua y a las 3 se vino a nuestra cama porque tenía una pesadilla.”

No hace falta decir más. A esto en mi pueblo se le llama una noche toledana.

Encima con Teleabuelo, nuestros hijos se vuelven repentinamente superdotados. Son los que mejor leen, los que mejor pintan, los que mejor hablan y claramente demuestran capacidades impropias para su edad. De hecho Mini-wini con 5 meses ya ha dicho sus primeras palabras.

Teleabuelo sólo tiene un inconveniente. No tiene Servicio de Reclamaciones a disposición de los clientes. Uno puede dejar instrucciones orales o por escrito sobre horarios de tomas, de irse a dormir o hábitos alimenticios, que una vez has depositado al o los “paquetes” y éstos traspasan el umbral de la casa de Teleabuelo, es como si los acabases de dejar en el Triángulo de las Bermudas. Nunca sabrás a ciencia cierta lo que allí ha ocurrido. Esta certeza te crea cierta ansiedad cuando eres primeriza, y te vas con la sensación de que tu papelito lleno de normas y dosis de apiretal, acabará en paradero desconocido antes de que cojas el ascensor. Pero a medida que vas teniendo niños sólo das gracias al cielo por poder dejar a buen recaudo tu pack familiar y sales pitando sin mirar atrás, no vaya a ser que te transformes en una estatua de sal.

Además para los niños la casa de los abuelos es como ir a Las Vegas. Allí las bolsas de gusanitos se abren justo antes de comer, se hacen maratones de pelis de Disney de 3 ó 4 horas, uno se va a la cama cuando le apetece y no cuando se lo dicen y la fruta y la verdura nunca están en el menú. En las casas de nuestros Teleabuelos ocurren cosas sorprendentes. La Rubia juega a las cocinitas con la colección de cajitas de mi madre, la mismita a la que yo nunca me acerqué a menos de 30 cm de distancia hasta que cumplí los 18. Y El Mayor se pasea con el iPad del abuelo bajo el brazo por toda la casa y saca fotos con la cámara que los Reyes trajeron a la abuela porque es que el niño “es muy listo”.

Por supuesto, no intentes sonsacar información ni a grandes ni a pequeños sobre a qué hora se acostaron o cuánto comieron, porque ya se sabe… Lo que ocurre en Las Vegas se queda en las Vegas.

De lo único que puedes estar seguro es de que volverán sanos y salvos. Y sobre todo, felices como perdices.

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