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De agendas, deberes y otros menesteres

27 Ene

Yo en vacaciones aprovecho para descansar de los deberes. Y no me refiero solo a sus deberes, si no también a los que nos ponen a los padres. Creo que nunca en la historia los padres y madres hemos estado tan ocupados, y nunca antes habíamos tenido tantas tareas que hacer para el cole de nuestros hijos.

Me refiero a esas notas que aparecen en las agendas (ese invento del demonio) del tipo “buscar información sobre los patos”, “traer fotos de animales de la selva”, “llevar flor para la Virgen”… Un suma y sigue que si lo multiplican por el número de hijos que uno tenga se convierte en un festival del humor y un sube y baja a la tienda de los chinos. La agenda es un invento muy útil, pensarán muchos. Y lo es por supuesto… ¡si la lees! Las agendas las carga el diablo, y si eres un poco #malamadre, le echarás un vistazo así de soslayo a la que te vas a la cama y entonces, ya será tarde para ti amiga. Porque no sé en otras casas, pero en mi revistero solo hay un triste Telva de hace 8 meses en el que obviamente no hay fotografías de ñus en su hábitat natural ni tampoco tengo a mano en mi biblioteca un ensayo sobre aves para comentar con El Mayor las diferencias entre la oca y el pato común. Así que suele tocar encender el ordenador, ponernos en manos de Mr. Google, darle caña a la impresora y hacer lo que se pueda.

Y ahora me corresponde entonar el mea culpa, porque sí, lo reconozco, a veces se me pasa mirarla, y entonces no me entero de las cosas que avisan con poco margen de actuación. Pero es que si me lo ponen un mes antes, malo también porque a los dos días se me ha olvidado y cuando llega el día D a mí que no me pregunten que yo no sé nada.

De hecho tengo ejemplos de los dos tipos, para que no digan que no me esmero.

El año pasado se nos olvidó comprar la flor para el día de la Virgen, de lo que nos habían informado con semanas de adelanto. Y nos tenían que ver a toda la Trifamily un domingo por la noche apatrullando el barrio en busca de una flor medianamente decente para llevar al cole. Trimadre explorando cada trozo de verde que aparecía por el camino y encima educando a los niños,” hijos míos, esto no se hace, solo en casos de emergencia”.

El segundo caso es más grave. Pónganse en situación. Semana previa a la Navidad. Último día de cole. Madre que ha estado dos días de viaje. Madre que lleva a los niños al cole por primera vez en todo el trimestre. Madre que se va acercando a la puerta con La Rubia de la mano y empieza a notar que algo no va bien. Madre que observa que la rodean pastorcillos, estrellas, Melchores y Gaspares a tutiplén. Mente de madre que empieza a pensar rápido y recuerda que el festival de Navidad del cole fue hace ya unos días. Algo no cuadra. Madre que llega con La Rubia a donde se encuentra su clase temiéndose lo peor. –

– “¡¡MamádelaRubia!! ¡¡mamádelaRubiaaa!!!”, me espetan dos mini-vírgenes María con sendos Nenucos bajo en brazo.

“Mmmm… Buenos días”, contesto educadamente mientras observo a La Rubia con el rabillo del ojo.

“¿No has mirado la agenda?, ¿no has mirado la agenda?”, me preguntan mientras me escrutan con la mirada.

“Ehhhh, creo que no” (empiezo a palidecer, ahora es La Rubia la que me mira fijamente)

“Podíamos venir disfrazados porque es el último día”, me dice la María rubia.

“De lo que quisiéramos”, me dice la morena, “aunque no era obligatorio”. (un poco de compasión por favor…)

En esto que aparece Fulanita, con su chándal del cole, mi salvadora: “No pasa nada, mi mamá tampoco la ha leído”. Me vuelve el riego al cerebro y hago un barrido por lo niños de la clase y sentencio: “¡Y las mamás de Zutanito y Menganito tampoco!” (mal de muchas #malasmadres, consuelo de tontas…).

La Rubia que es una bendita, me sonríe, me da un beso y se va con su amiga la del chándal más contenta que unas pascuas. Yo respiro hondo, miro a la culpa que ya se me ha agarrado del brazo, y juntas nos vamos al coche jurando en arameo, pensando por qué narices no miraría yo ayer la agenda y preguntándome para qué estoy metida en 3 grupos de Whatsapp de madres en los que no se habla de estas cosas.

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

El invento del mal del que somos esclavos los padres del siglo XXI

Tampoco puedo dejar de mencionar a los que ya se están convirtiendo en clásicos de todo cole que se precie, como  la mascota itinerante, que te acompaña todo el fin de semana y con la que se supone debes hacer mil y una actividades súper interesantes y novedosas, al estilo de los padres de Caillou. Y a ti, más que llevártela al parque de atracciones lo que te dan son ganas de meterla en la lavadora. Y es que con la vida que lleva la pobre no es de extrañar que esté hecha una pena. Yo cada vez que nos toca vivo angustiada de perderla por algún sitio o dejárnosla abandonada en casa de la abuela.

Luego está el libro viajero, que lo tienes una semana circulando por casa y hasta el último día, a última hora no te enfrentas a él, porque a ver qué pones. Sí, tú, porque tu hijo de 3 años está a otros menesteres y el tema del libro, como decirlo… le trae al pairo.

En fin, yo este año me estoy esmerando y me he comprado un calendario familiar para apuntar bien todas las tareas organizadas por cada miembro de la unidad familiar. Ahora solo tengo que mirar la agenda para saber cuáles son. Ahí es .

Año nuevo ¿vida nueva?

12 Ene

Eso dice el refrán pero permítanme que discrepe, puesto que por estos lares hemos empezado el año tal y como acabamos el anterior, es decir, con algún miembro de la Trifamily aquejado de algún tipo de achaque.

No es la primera vez que hablo de este tema, y es que no es ningún secreto que en esta familia tenemos un club de fans formado fundamentalmente por virus y bacterias de distinto origen y condición que practican el acoso y derribo con todos nosotros cada curso escolar.

Hace tiempo que le doy vueltas a una teoría, y es que estoy convencida que estos microorganismos tienen capacidades muy superiores a las que les atribuimos ya que vengo observando que actúan con nocturnidad y alevosía siguiendo distintos modus operandi. Y es que intuyo que a finales de agosto se agazapan bajo nuestro felpudo hasta que nos ven desembarcar con las maletas, momento que celebran con hurras y vítores para acto seguido entrar en nuestro hogar y despedirse del mundo exterior hasta el siguiente mes de julio. En ocasiones atacan en bloque a todos provocando distintos síntomas en cada uno y otras en cambio van rulándose de uno a otro hasta que caemos todos como chinches. Si les digo que allá por septiembre Tripadre tuvo el conocido virus de guardería boca-mano-pie comprenderán que no exagero nada.

Así que como viene siendo costumbre en esta familia, el 1 de enero, con las uvas aún a medio tragar en el gaznate, ésta que les habla se encontraba con Mini-wini en el servicio de urgencias al que somos asiduos felicitando el año al personal sanitario mientras mi pequeño recibía sus primeros aerosoles de la temporada.

No es por darnos autobombo, pero es cierto que ya somos duchos en estas lides y tendemos a ver el vaso medio lleno, así que nos sentíamos afortunados de haber podido capear el temporal bacteriano durante las fechas claves navideñas. Así que ni tan mal.

En esas estábamos cuando días después, a media de hora de recibir invitados a cenar, me hallaba yo sola con los tres en casa, recogiendo plastidecor, calcetines y hotwheels del suelo a diestro y siniestro con el objetivo único de adecentar el salón para no asustar a las visitas. Momento éste en el que El Mayor se planta delante mío y me suelta la fátidica y temida frase que ninguna madre quiere oír: “Me pica mucho  la cabeza“.

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Hola, soy un piojo y he venido a sembrar el pánico en tu hogar.

Yo que me lo quedo mirando pensando “imposible, no puede ser“. Que pensarán ustedes y con razón “¿y por qué no va a poder ser?“. Pues verán, siempre he pensado que dado que batallamos año tras año con todo tipo de microorganismos, la justicia divina nos había dotado de una especie de halo protector contra los siguientes animalitos invasores en la línea evolutiva. Llámenme ilusa pero 7 de años de inmunidad piojil me avalaban. Pero a la vista está que me equivocaba. El Karma se ha resintonizado en 2015 y lo que se cocía en la melena del Mayor era una plaga en toda regla.

Con el primer avistamiento ya sospeché que aquello era serio y llamé a Tripadre histérica perdida urgentemente para que antes de volver se hiciese con todo el material necesario en la primera farmacia de guardia que pillase. El pánico cundió por momentos, los invitados a punto de llegar (menos mal que eran familia), la cena a medio preparar y la casa hecha un desastre.

Yo entré en un bucle de negación de “no me lo creo“, “pero esto qué es” que viéndolo con perspectiva, no contribuyó mucho a terminar con el caos reinante, pero qué quieren que les diga, no estaba psicológicamente preparada para ver CORRER a esos bichos inmundos por el pelazo de mi retoño.

Tras una inversión económica de 35 euros  y hora y media encerrados en el baño, dimos por concluido el primer round piojo-Trimadre, con la inestimable ayuda de mi cuñada con experiencia previa en el asunto. El Mayor lloró, pataleó y se enfadó. Y yo también, por supuesto. Esta vez La Rubia y Mini-wini  se libraron pero también tuvieron que pasar la inspección con sus consiguientes llantos.

No voy a detallarles aquí mis desvelos durante la lucha piojil, más que nada porque no es un tema agradable de tratar a estas horas café en mano. Simplemente mencionaré que mi primogénito tenía en su pelambrera todas las fases del desarrollo del parásito que nos ocupa, desde las liendres microscópicas que no hay liendrera de 15 eurazos que las atrape, hasta el padre de todos lo piojos que miedo me daba que me pegase un bocao.

Este asunto de los piojos deja secuelas, de hecho días después aún me sigue picando todo y les reviso las cabezas obsesivamente como una madre mandril. Así que, sinceramente, considerando el debut que hemos hecho en el nuevo año, me planteo seriamente la opción de hibernar cual oso pardo y levantarme allá por mayo a ver si las aguas han vuelto a su cauce.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Ruego me despierten cuando la temperatura media supere los 20 grados. Gracias.

Bienvenidos al norte

10 Sep

Desde que tengo uso de razón he pasado mis veranos en el norte, en las Rías Baixas para más señas. Hasta que no fui una universitaria con ganas de fiesta loca, no pisé las playas de
Levante y las del sur las vieron mis ojos bien cumplidito el cuarto de siglo, cuando empecé a compartir veranos con un Tripadre de orígenes gaditanos.

Con los años me he dado cuenta que lo que tú ves normal no lo es tanto cuando vas de visita de la meseta para abajo.

Recuerdo que cuando éramos novios y Tripadre veraneaba en Conil, siempre le preguntaba cuando hablábamos por teléfono (desde la cabina del bar #ojocuidao) qué tal tiempo hacía. Él obviamente alucinaba: “¿Pues cómo va a hacer?? ¡¡bueno!!!”.

Y es que cuando uno se levanta en el norte, lo primero que hace antes de quitarse las legañas y dar los buenos días a su madre, es mirar por la ventana. Es un acto reflejo.
Un tema de crucial importancia ya que de lo que veas dependerá el planteamiento vital que hagas del día que se presenta.

Si hace un sol radiante, aunque lleve así desde hace una semana, aprovecharás a tope y no moverás el culo de la playa más cercana porque quién sabe lo que ocurrirá mañana o el tiempo que hace 10 km más al oeste. Ante la duda, no nos moverán.

Si está nublado, tranquilidad, que no cunda el pánico. Es probable que “abra” ( concepto muy galego sinónimo de despejarse o escampar) y acabes en la playa igualmente. Un día gris en el norte puede dar para mucho, así que hay que salir de casa con las chanclas y la sudadera. Y chimpún. A Tripadre le ha costado unos añitos pillar este concepto y antes en cuanto veía dos nubes me montaba un plan cultureta. Ahora ya sabe que en el norte se va a la playa con jersey y que en algún momento de verano es probable que acabes envuelto en una toalla a modo de manta. Y tan a gusto oye.

¿Y qué pasa si de verdad hace malo y llueve, truena y relampaguea? Siempre tendremos un plan alternativo, y no, no es descubrir el románico de la provincia de A Coruña. Es COMER. Es más que seguro que en 5 km a la redonda tengas una feria del pulpo, de la cigala o de almejas a la marinera. Da igual, en cualquiera de ellas comerás de cine y por dos duros.

Los hábitos playeros también cambian del norte al sur. A mí me hicieron los ojos chiribitas cuando en Cádiz vi gente vendiendo latas de cerveza o los tenderetes que se montan en la playa, que no les faltaba de nada, mesas, sillas, neveras portátiles por doquier… hasta una tele vi, lo juro. En el norte este despliegue sería digno de pararse a hacerle una foto cuanto menos.

El tema del agua y su baja temperatura trae cola cuando hablas de veranear en el norte. Y sí, no lo voy a negar, hay días que sufres un paro cardíaco al meter el pie en la orilla pero ¿y lo que revitaliza? Sales del agua con el cuerpo y la mente oxigenados, ves con más claridad el mundo que te rodea. En ese momento hasta podrías montar un mueble de Ikea sin instrucciones si te lo propusieras. Es casi como tomarte la pastillita de Matrix. Además, si creces bañándote en aguas norteñas no habrá océano que se te resista. Serás de esas personas que no titubean a la hora de lanzarse a la piscina y si pruebas la del Mediterráneo… en fin… No podrás llamar a ese caldo “mar” (no se me ofendan por favor).

El desnudo integral merece un punto aparte. Al menos en la playa a la que voy, una chica en top-less da tema de conversación a medio pueblo. No estamos acostumbrados, será porque el agua está muy fría o porque corre el airecillo pero no es lo más habitual mostrar tu “personalidad”. Esto también incluye a los niños, no os vayáis a creer. En el norte lo de los churumbeles revolcándose en la arena como Dios los trajo al mundo como que no mola. Claro que por otro lado, ponle tú un pañal a tu criatura y entre 5 y 10 señoras se te acercarán para decirte “¡sácale el pañal al niño que se le va a irritar el culo!” (Nota aclaratoria: en gallego la ropa se saca en lugar de se quita y las fotos se quitan en vez de sacarlas). Así que no te queda otra que ponerle el bañador en plan comando, intentar controlar cuál es su hora “All Bran” y rezar a todos los santos para que el asunto se reduzca a aguas menores. La combinación del agua con ciertos deshechos humanos, no es buena, lo puedo asegurar.

También es distinta la maleta que uno hace cuando va hacia arriba o hacia abajo. Si pones rumbo al norte no puedes olvidar algunos imprescindibles como los calcetines, los vaqueros, unos zapatos o zapatillas que se puedan mojar y cómo no, el chubasquero.  Reconozco que cuando voy a destinos más calurosos me cuesta no meter una chaquetita por si refresca. Algunos verán como un inconveniente esto de “abrigarse” en pleno verano, pero pocos placeres hay comparables a taparte con tu edredón una noche de agosto.

El norte engancha; ir al cine o sacar los Playmobil de cuando era pequeña se convierten en planazos mientras fuera llueve a cántaros y si está nublado hacemos excursiones, sacamos las bicis o jugamos al fútbol en la playa (con sudadera, eso sí).

Pero los adictos al norte también somos humanos y apreciamos una semana de paz interior sin necesidad de mirar al cielo a lo Escarlata O’Hara implorando a esa nube gigante que se eche a un ladito.

Así que aunque sea por unos días, la Trifamily pone rumbo al sur, a comer pescadito frito, beber una Cruzcampo tumbados en la arena y ver atardeceres de los que te dejan sin respiración.

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Sé que estos chicos no pegan ni con cola, pero me han salido en Google-imágenes y no me he podido resistir… Qué recuerdos…

No me da la vida

19 Jul

Sí, lo sé. Hace mucho tiempo que no escribo. Demasiado, diría yo. Pero es que últimamente no me da la vida.

Puedo decir esta frase una media de diez veces al día. No me da la vida para enseñar a nadar a La Rubia porque siempre tengo a mini-wini agarrado a mi cuello o luchando por zafarse de mis brazos y nadar solo a sus 19 meses. No me da la vida para elaborar un menú sano y que los niños no se alimenten a base de espaguetis todas las vacaciones. Ni si quiera me da la vida para ver el telediario y enterarme bien de las cosas horribles que están pasando en el mundo estos días. No me da la vida para hablar con Tripadre y que no se me olvide contarle cosas importantes. Ni me da la vida para ordenar de una vez las cartas y las facturas que se amontonan en la mesa del salón o bajar los libros del curso pasado al trastero. Tampoco me da la vida para llamar a mi hermana y preguntarle qué tal se lo ha pasado en Roma.

No me da la vida para ir a las rebajas y renovar mi vestuario que empieza a ser vintage en el peor sentido de la palabra. Tampoco me da la vida para comprar unas gafas de bucear nuevas al Mayor que las perdió hace tres semanas.

No me da la vida para contestar en un tiempo razonable a los whatsapp que recibo o para llamar a esa amiga con la que tengo ganas de hablar.

Y por supuesto, no me da la vida para escribir en este blog. Y no es cuestión de no tener ideas o anécdotas que compartir. Al revés. Las musas de la inspiración llaman cada noche a mi puerta pero yo estoy agotada en el sofá y tengo colgado el cartel de “no molesten”.

Y no crean, tengo bien identificados los factores de estrés que hacen que la suscribe esté de un tiempo a esta parte, como las maracas de Machín.

Varios temas importantes en el trabajo que hay que cerrar con los que tengo esa sensación de ir ya tarde.

Un Tripadre trabajando de sol a sol que viene a dormir y poco más lo que me lleva, en la práctica, a ser trimadre soltera.

Una Rubia experta en invasiones nocturnas al lecho matrimonial haciendo que sus progenitores se levanten como si hubieran estado de farra toda la noche.

Un Mayor preadolescente y contestón (a sus 7 años) con el que cada conversación acaba en trifulca cuando no en bronca del 15.

Un mini-wini asalvajado capaz de desenrrollar todo el papel higiénico extralarge en lo que su madre pestañea.

Estos ingredientes aderezados con los quehaceres propios del día a día son la causa de que no dé pie con bola. De hecho el otro día perdí el móvil. No es la primera vez. Me di cuenta al rato de subir de la piscina así que mandé al Mayor a buscarlo por media urbanización y preguntar al portero. Ni rastro. Ya por la noche llegó Tripadre y linterna en mano bajó de nuevo al jardín a ver si aparecía sin éxito. Escribí a todos mis vecinos por si mini-wini en unas de sus habituales incursiones a los bienes ajenos, hubiera echado el móvil en alguna de sus bolsas. Pero nadie lo tenía.
Justo antes de irme a dormir con la esperanza de encontrarlo al día siguiente, fui a beber agua. Fue entonces cuando al abrir la nevera para coger la botella, lo vi. Bien colocadito encima de los yogures de fresa. A una altura a la que claramente no habían llegado ninguno de mis hijos. Fresquito y bien conservado a 4 grados centígrados. En qué momento lo puse ahí, no tengo ni idea. Pero dice mucho de lo loca que voy los últimos meses.

Así que, con su permiso, me voy de vacaciones. A relajarme, disfrutar de mis churumbeles e intentar que me empiece a dar la vida para algo.

Descansar obviamente, ni me lo planteo ;).

Nos vamos

15 May

Nos vamos.

Para poder andar sin prisas, aunque sea bajo la lluvia, sin empujar una silla con una mano y con la otra sujetar a La Rubia para cruzar mientras él lleva la bici del Mayor que ya no quiere pedalear más. Y pasear dándonos la mano yo a él y él a mí.

Para poder hablar hasta que se nos acaben los temas de conversación. Para que nos den ataques de risa en la cama y no despertemos a ninguno de nuestros hijos.

Para comer a la hora que queramos y donde queramos, sin preguntar si tienen menú infantil ni peinar el local con la mirada para ver si hay tronas y lanzarnos a por la que está libre cual buitres leonados. Y que nos importe tres pimientos que haya o no cambiador.

Nos vamos.

Para dormir del tirón y despertarnos porque sí.  Sé que me levantaré sobresaltada pensando “¡no los he oído!” para luego darme cuenta que están a kilómetros de distancia, pero aún así, lo necesito. Lo necesitamos.

Para entrar en esas tiendas que nos gustan, en las que venden mil cosas que no nos compraremos, sin preocuparnos porque mini-wini lo coja todo y una dependienta nos lance una mirada asesina que nos haga salir pitando.

Para cenar en un sitio bonito con una copa de vino y luego, si nos apetece, tomarnos un GinTonic, sabiendo que al día siguiente el Capitán SinSueño no nos despertará para informarnos de que son las 7:25.

Nos vamos.

Para aparcar el coche en Madrid y olvidarnos de abrochar/desabrochar sillas por doquier y de paso dejar de escuchar en bucle la BSO de Frozen al menos durante cuatro días (suéltaloooo…).

Para salir de la habitación preocupándome únicamente de coger mi bolso; sin preparar nada, ni potitos, ni pañales, ni 4 abrigos bajo el brazo. Solo el mío.

Para pedirle a un japonés que lleve una cámara con un objetivo gigante que nos saque una foto a los dos y podamos demostrar al mundo que fuimos juntos (y si no, le daremos a los selfies).

Para pelearnos porque nos hemos perdido. El clásico tú no sabes leer los mapas / tú no preguntas ni a tiros en el que siempre caemos.

Nos vamos.

Para recordar que sus ojos son casi verdes cuando les da el sol y que canta en la ducha cuando está contento aunque se inventa las letras.

Para charlar de cosas importantes y de otras no tanto. Sin interrupciones. Y sin tele. Y sin quedarnos fritos en mitad de la conversación (y ella no era, ejem).

Para disfrutar del silencio nada incómodo de los que llevan media vida juntos.

Para que esa canción que suena de fondo en un pub se convierta en “nuestra canción de Londres” y nos trasporte siempre allí cuando la volvamos a escuchar.

Nos vamos.

Para ver a los guardias del Palacio de Buckingham y reírnos pensando que La Rubia se habría escondido entre nuestras piernas si hubiésemos querido hacerle una foto con ellos. Para imaginarnos la cara que pondría Mini-wini si viera las ardillas de Hyde Park. Para subirnos al London Eye y pensar lo que habría disfrutado El Mayor. Para echarlos de menos a cada rato y que todo nos recuerde a ellos. Y aún así, disfrutar cada minuto.

Para que el último día se nos haga tan largo que lleguemos antes de lo necesario al aeropuerto contando las horas para verles.

Nos vamos. Porque 10 años son 10 años.

 

 

 

Abril, aguas mil

4 Abr

En Madrid no llueve. El hecho de que caigan unos 400 litros por m2 al año es algo puramente anecdótico. En Madrid el cielo es de un azul limpísimo en enero, agosto y octubre, a -2 o a 40 grados a la sombra. Y punto.

Por eso a los madrileños siempre que llueve nos pilla por sorpresa. Aunque sea el décimo día consecutivo que graniza, cuando salimos a la calle y vemos el panorama, nos llevan los demonios. Lo comentas en la oficina, lo comentas con tu madre: “¡la que está cayendo!”.

Tu vas por La Coruña en un dia lluvioso y la gente está tranquila, tiene el control de sus vidas. Les ves hacer sus recados, entrar y salir de los sitios, tan normales, con sus gabardinas y sus paraguas plegables que parece que han nacido con ellos puestos de lo natural que les quedan.

Nosotros no. Nosotros estamos atacaos. No estamos preparados para la lluvia, no tenemos botas de agua ¿para qué, si nos las vamos a poner una vez al año?, ni dejamos un paraguas en la oficina y otro en el coche, ¿para qué? ¡Si aquí no llueve!. La lluvia no sólo nos sorprende, también nos aturulla. En primer lugar se montan unos atascos de tres pares de narices, que necesitamos un municipal en cada rotonda poniendo orden. Luego está el tema de entrar y salir de los sitios con los paraguas, que nos chocamos unos con otros como si de una batalla campal se tratase.

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En la capital no nos ponemos tan contentos cuando llueve…

Como buena madrileña, nunca pienso que va a llover, así que nunca me fijo si hay nubes o si el cielo está encapotado quién lo desencapotará antes de salir de casa por la mañana. Eso y que me voy antes de que estén puestas las calles así que no subo la persiana para ver qué tiempo hace ya que el resto de la trifamily duermen como zeporros. Lo que suele ocurrir es que el día que más diluvia yo voy con mis zapatitos de ante la mar de monos y abrigo de paño en vez de un plumas impermeable.

Este invierno sorprendentemente pasado por agua (ejem) he constatado un hecho que me tiene desconcertada, es más, me parece digno de estudio o al menos que Iker Jiménez le dedique unos minutos en Cuarto Milenio. Si el día amanece nublado y hay posibilidad de chubascos, no dudes de que caerán chuzos de punta, y siempre a la misma hora, en torno a las 9 de la mañana o en su defecto a las 5 de la tarde.

Sí, lo has adivinado, a la entrada o salida del cole.

El expediente X es más o menos así. Yo estoy en la oficina, y oteo el horizonte por la ventana. Hay nubes pero no llueve. Bajo comer a la calle, hay más nubes pero no llueve. Me monto en el coche para ir a recoger a los niños. Las nubes ya son nubarrornes pero no llueve. Estoy a menos de 100 metros del cole. Empiezan a caer goterones. Dejo en coche tirado en una esquina Aparco legalmente a una distancia prudencial. No llueve, DILUVIA.

Evalúo mis opciones. Un paraguas para tres. No está mal. Cojo el susodicho paraguas, el bolso y la merienda y me dirijo a mi acuático destino con resignación.

Corro (porque siempre voy corriendo) hacia el cole y hundo mis zapatos de ante en cada charco que me encuentro. Debo decir que en el patio de mis hijos los charcos son comparables a las lagunas de Ruidera, así que es imposible vadearlos con éxito. Como llueve, se recoge a los niños en las clases, así que esquivo como puedo los paraguas de otros madrileños de nacimiento o de adopción con mucho peligro, y atravieso el pasillo haciendo chof chof con los zapatos y procurando no sacar los ojos a nadie. Hago la ruta del bacalao que consiste en ir a buscar a La Rubia a un sitio y al Mayor a la otra punta, y ya con los nervios a flor de piel, me dispongo a volver a mi vehículo.

Observo como jarrea y me planteo esperar a que escampe antes de salir a la intemperie pero luego recuerdo que esa nube negra está ahí únicamente para hacer más trepidante mi existencia, así que decido jugármela y llegar a casa cuánto antes.

Pongo capuchas, abrocho abrigos, informo a mis churumbeles de la situación meteorológica y les apremio para que caminen a paso ligero o se cogerán la gripe asiática. Por supuesto, toda recomendación o advertencia será en balde. Mis hijos andarán bajo la lluvia como si de un anuncio de Fa se tratase. Las capuchas se les caerán, el pelo les chorreará y ellos como si nada. Mientras yo me voy “inquietando”, El Mayor decidirá ir a tirar a la papelera más lejana el batido en vez de dárselo a su santa madre como hace cada día y La Rubia se parará a saludar a cada amiguita de clase que lo menos hace cinco minutos que no ve. A estas alturas ya me he hecho con EL paraguas visto que soy la única lo que aprecia.

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Entre “vengaaa”s y “vaaaaaamos”, llegamos al coche. No, no nos hagamos ilusiones, aún no hemos terminado. Hay que abrochar sillas de unos y otros y esto no es posible con doscientas cosas en la mano, así que lo que suele pasar es que se te empape el trasero que te asoma por fuera de la puerta.

No me negarán que es de traca. El remate final a un día de carreras varias. Y además, para más inri, tengo comprobado que las variables “recoger niños de mi vecina” o “llevar a mini-wini adosado” incrementan un 98% la probabilidad de precipitaciones. Ignoro si es un obstáculo más que nos ponen los dioses del Olimpo en esto de la conciliación, o la versión maternal de “Las doce pruebas de Astérix” (eso sí, sin la poción mágica de Panoramix), pero cuando por fin instalo mis caladas posaderas en el asiento del conductor ya estoy agotada y no son ni las seis de la tarde.

Entonces, se oye una vocecita desde el asiento de atrás que me saca de mi aturdimiento pasado por agua: “Mami, arranca, que se está mojando el coche”.

“Modo parque” ON

26 Mar

Por fin le hemos visto el pelo. A la estrella más grande de nuestro sistema planetario. Pensábamos que lo habíamos perdido pero no. Allí estaba él, escondido detrás de ese nubarrón perenne y amilanado por el viento huracanado que nos ha acompañado últimamente.

Después de semanas, qué digo semanas, ¡meses!, a buen recaudo en nuestros hogares, hemos podido salir y disfrutar de su presencia.

No ha sido fácil, no señor. Estas tardes de invierno se han hecho más largas que un día sin pan. Y eso que hemos hecho todo tipo de planes in-door.

Un año más, los de la tienda “asiática” de al lado de mi casa han hecho el agosto conmigo. Esta temporada he arriesgado y he introducido en mi lenguaje palabros como “goma EVA” o “fieltro”. Lo nunca visto. Todo por pasar la tarde mal que bien encerrados en nuestra humilde morada.

También hemos jugado a los restaurantes, a las peluquerías, a los restaurantes-peluquería, a los médicos, a los veterinarios, a los médicos-veterinarios, a los coles, a las oficinas y hasta a los coles-oficina.
He hecho cosas que nunca imaginé que sería capaz de hacer como sacar el Scalextric entre semana, montarme el parque de atracciones de Pin y Pon en tiempo récord un día sí y otro también o echar tres partidas seguidas al parchís con dos micos que no se saben la reglas sin sufrir un colapso.

Pero llega un momento que los niños dicen BASTA. Sacas el baúl de la plastilina y cuando antes aplaudían como locos, ahora salen por patas. Le dices poniendo tu mejor voz de Mary Poppins “¿Qué os parece si os ponéis los disfraces?” y ya ni te contestan, directamente te ignoran. No quieren pintar, no quieren leer, no quieren hacer puzles. No quieren nada.
Si por ellos fuera entrarían en un estado de hipnosis televisiva y pasarían los días viendo capítulos de Pepa Pig en bucle.

Tengo claro que llega un punto en el que los niños necesitan calle. Necesitan correr, dar patadas a un balón, tirarse 15 veces seguidas por el tobogán, pelearse con otros que no sean sus hermanos y subir a casa con arena en los zapatos.

Y yo también lo necesito, lo confieso. Sacar a pasear a la madre-parque que llevo dentro. Sí, esa madre que pasa por varias etapas según sus hijos van creciendo, hasta encontrar su lugar en el mundo-parque.

Cuando eres primeriza, te bajas con tu bebé y tu revista, muy feliz de haber logrado tamaña hazaña de salir de tu casa duchada antes de las 3 de la tarde. Te dedicas a pasear y luego te sientas discretamente alejada del “meollo parqueril” y sólo mantienes conversaciones con otras monomadres todas apasionantes del tipo “¿qué tiempo tiene?” o “¿a qué pediatra lo llevas?”.

Cuando tu retoño empieza a dar sus primeros pasos, te conviertes en la “madre guardaespaldas”, persiguiéndole por todas partes para evitar que se estampe. Como estás muy motivada, le compras el kit de pala-cubo-regadera (aunque vivas en Madrid y tu parque no tenga ni fuente) y te sientas con él en la arena viendo las horas pasar. En esta fase empiezas a interactuar con otras madres, aunque sin mucha intensidad ya que estás plenamente convencida de que si te distraes tu hijo correrá un grave peligro. Lo que aún no sabes es que da igual lo que hagas; mientras buscas el móvil en tu bolso o te haces una nota mental para acordarte de comprar papel higiénico, en ese preciso instante, tu hijo se pegará un piñazo ante tus ojos a menos de medio metro de tus pies sin que puedas hacer nada para evitarlo. Obviamente le saldrá un chichón del tamaño de una mandarina como jamás hayas visto.

Con el tiempo y más criaturas a tu cargo evolucionas y llegas, cómo no, al nivel #malamadre de parque. A los mayores los pierdes de vista en cuanto bajas y del pequeño, qué decir… Suele ser una “madre guardaespaldas” la que te informa (con cierta mirada de reprobación, todo hay que decirlo) de que tu hijo se está comiendo la tierra a puñados mientras tu cascabas con otras #malasmadres.

Como buena #malamadre nunca te acuerdas de bajar los must del parque: agua, toallitas y cleenex, y vas mendigando un rastrillo para que tu hijo deje de jugar con el envase del Actimel a modo de cubo.
Otra técnica digna de profesionales, es “prestar” tu bebé a las niñas más mayores para que jueguen a las mamás. El verano pasado mini-wini dio una media de 18 vueltas a la urba cada tarde. Él feliz y sus madres postizas encantadas de la vida.

Existe otro nivel más avanzado si cabe, el de la “madre-no parque”, que es aquella que ya ni baja. Los niños, quasi-preadolescentes y autosuficientes, saben que a las 8 hay que estar en casa para ducharse y cenar. Visualizo a esa mujer como una reina haciéndose las uñas mientras yo persigo a mini-wini escaleras arriba y abajo, deslomándome mientras subo sus 13 kilazos una y otra vez por el tobogán, y qué quieren que les diga… La envidio. No veo el momento de asomarme a la ventana y gritarles en plan “Joshuaaaa!! A cenaaarr!!”.

Si al menos las horas de parque se pudieran convalidar por horas de gimnasio… Pero es que ni eso.

parque2

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