Archive | abril, 2014

Abril, aguas mil

4 Abr

En Madrid no llueve. El hecho de que caigan unos 400 litros por m2 al año es algo puramente anecdótico. En Madrid el cielo es de un azul limpísimo en enero, agosto y octubre, a -2 o a 40 grados a la sombra. Y punto.

Por eso a los madrileños siempre que llueve nos pilla por sorpresa. Aunque sea el décimo día consecutivo que graniza, cuando salimos a la calle y vemos el panorama, nos llevan los demonios. Lo comentas en la oficina, lo comentas con tu madre: “¡la que está cayendo!”.

Tu vas por La Coruña en un dia lluvioso y la gente está tranquila, tiene el control de sus vidas. Les ves hacer sus recados, entrar y salir de los sitios, tan normales, con sus gabardinas y sus paraguas plegables que parece que han nacido con ellos puestos de lo natural que les quedan.

Nosotros no. Nosotros estamos atacaos. No estamos preparados para la lluvia, no tenemos botas de agua ¿para qué, si nos las vamos a poner una vez al año?, ni dejamos un paraguas en la oficina y otro en el coche, ¿para qué? ¡Si aquí no llueve!. La lluvia no sólo nos sorprende, también nos aturulla. En primer lugar se montan unos atascos de tres pares de narices, que necesitamos un municipal en cada rotonda poniendo orden. Luego está el tema de entrar y salir de los sitios con los paraguas, que nos chocamos unos con otros como si de una batalla campal se tratase.

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En la capital no nos ponemos tan contentos cuando llueve…

Como buena madrileña, nunca pienso que va a llover, así que nunca me fijo si hay nubes o si el cielo está encapotado quién lo desencapotará antes de salir de casa por la mañana. Eso y que me voy antes de que estén puestas las calles así que no subo la persiana para ver qué tiempo hace ya que el resto de la trifamily duermen como zeporros. Lo que suele ocurrir es que el día que más diluvia yo voy con mis zapatitos de ante la mar de monos y abrigo de paño en vez de un plumas impermeable.

Este invierno sorprendentemente pasado por agua (ejem) he constatado un hecho que me tiene desconcertada, es más, me parece digno de estudio o al menos que Iker Jiménez le dedique unos minutos en Cuarto Milenio. Si el día amanece nublado y hay posibilidad de chubascos, no dudes de que caerán chuzos de punta, y siempre a la misma hora, en torno a las 9 de la mañana o en su defecto a las 5 de la tarde.

Sí, lo has adivinado, a la entrada o salida del cole.

El expediente X es más o menos así. Yo estoy en la oficina, y oteo el horizonte por la ventana. Hay nubes pero no llueve. Bajo comer a la calle, hay más nubes pero no llueve. Me monto en el coche para ir a recoger a los niños. Las nubes ya son nubarrornes pero no llueve. Estoy a menos de 100 metros del cole. Empiezan a caer goterones. Dejo en coche tirado en una esquina Aparco legalmente a una distancia prudencial. No llueve, DILUVIA.

Evalúo mis opciones. Un paraguas para tres. No está mal. Cojo el susodicho paraguas, el bolso y la merienda y me dirijo a mi acuático destino con resignación.

Corro (porque siempre voy corriendo) hacia el cole y hundo mis zapatos de ante en cada charco que me encuentro. Debo decir que en el patio de mis hijos los charcos son comparables a las lagunas de Ruidera, así que es imposible vadearlos con éxito. Como llueve, se recoge a los niños en las clases, así que esquivo como puedo los paraguas de otros madrileños de nacimiento o de adopción con mucho peligro, y atravieso el pasillo haciendo chof chof con los zapatos y procurando no sacar los ojos a nadie. Hago la ruta del bacalao que consiste en ir a buscar a La Rubia a un sitio y al Mayor a la otra punta, y ya con los nervios a flor de piel, me dispongo a volver a mi vehículo.

Observo como jarrea y me planteo esperar a que escampe antes de salir a la intemperie pero luego recuerdo que esa nube negra está ahí únicamente para hacer más trepidante mi existencia, así que decido jugármela y llegar a casa cuánto antes.

Pongo capuchas, abrocho abrigos, informo a mis churumbeles de la situación meteorológica y les apremio para que caminen a paso ligero o se cogerán la gripe asiática. Por supuesto, toda recomendación o advertencia será en balde. Mis hijos andarán bajo la lluvia como si de un anuncio de Fa se tratase. Las capuchas se les caerán, el pelo les chorreará y ellos como si nada. Mientras yo me voy “inquietando”, El Mayor decidirá ir a tirar a la papelera más lejana el batido en vez de dárselo a su santa madre como hace cada día y La Rubia se parará a saludar a cada amiguita de clase que lo menos hace cinco minutos que no ve. A estas alturas ya me he hecho con EL paraguas visto que soy la única lo que aprecia.

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Entre “vengaaa”s y “vaaaaaamos”, llegamos al coche. No, no nos hagamos ilusiones, aún no hemos terminado. Hay que abrochar sillas de unos y otros y esto no es posible con doscientas cosas en la mano, así que lo que suele pasar es que se te empape el trasero que te asoma por fuera de la puerta.

No me negarán que es de traca. El remate final a un día de carreras varias. Y además, para más inri, tengo comprobado que las variables “recoger niños de mi vecina” o “llevar a mini-wini adosado” incrementan un 98% la probabilidad de precipitaciones. Ignoro si es un obstáculo más que nos ponen los dioses del Olimpo en esto de la conciliación, o la versión maternal de “Las doce pruebas de Astérix” (eso sí, sin la poción mágica de Panoramix), pero cuando por fin instalo mis caladas posaderas en el asiento del conductor ya estoy agotada y no son ni las seis de la tarde.

Entonces, se oye una vocecita desde el asiento de atrás que me saca de mi aturdimiento pasado por agua: “Mami, arranca, que se está mojando el coche”.

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