Archive | diciembre, 2013

Hoy puede ser un gran día

12 Dic

Hace poco tuve un día de ÉSOS. De ésos en los que te sientas en tu mesa de trabajo y te percatas de que el jersey no termina de pegar con la falda que llevas. Demasiado tarde, hay que apechugar con el outfit todo el día. De ésos en los que al quitar el liquidito del triste queso de Burgos que vas a desayunar, se te cae todo entero a la papelera. Pues ni queso ni nada. Un café y arreando.

Tal día como áquel, viendo que estaba en racha, decidí que yo era una madre echada p’alante y que me iba yo solita al pediatra con mis tres churumbeles a revisiones varias de mocos, toses y dolores de garganta, seguidas de una vacunación en masa. Sí, han leído bien. Pinchazos a tutiplén. A los tres. Quién dijo miedo. Como soy una mujer preparada, eché en el bolso unos huevos Kinder (puede que caducados, no lo puedo asegurar) para afrontar el momento post-picotazo ya que se preveía complicado.

vacuna

Me sentí muy orgullosa de mí misma puesto que logré llegar a la hora con los últimos informes de urgencias en mano y las cartillas de vacunación de los tres a pesar de algunos incidentes durante el trayecto como que mini-wini se desabrochó de la silla (¿?) obligándome a realizar una parada de emergencia en el arcén. No me dirán que no tengo mérito.

Llegamos a la pediatra que examinó a los tres frutos de mis entrañas confirmándome todos los diagnósticos que como madre experimentada sospechaba y determinó que sería mejor posponer las vacunas hasta un futuro próximo menos virulento.

Con mis niños me aproximé al mostrador a pedir las siguientes citas y escuchar pacientemente cómo la señora de administración me expresaba su descontento por lo difícil de la tarea que le estaba pidiendo de buscarme tres huecos juntos para revisiones de enfermería de 12 meses y 4 años más la vacuna de la gripe del Mayor. “Es que son muchos” me dice. “Me lo dices o me lo cuentas” me dieron ganas de contestarle, pero finalmente me quedé callada y con cara de póquer esperando a que dejase de aporrear el teclado.

Como soy una madre multi-task, mientras salía del centro de salud y a la par que empujaba el carro de mini-wini, abrochaba el abrigo de La Rubia y gritaba al Mayor que guardase la peonza que íbamos a cruzar, decidí llamar a Tripadre para comunicarle que la operación “vacuna” se había suspendido. Todo muy normal. De esta guisa llegué al coche, estacionado en un descampado que hace las veces de parking del mencionado consultorio, y me dispuse a cortarme la venas montar niños, abrochar niños y plegar carro para 15 minutos después arrancar.

Llegamos a casa y entramos en la vorágine bien conocida por todos ustedes de baños y cenas (bueno, el baño nos lo saltamos que ya era muy tarde, para qué lo vamos a negar). Y a eso de las 11 de la noche me percato de que no tengo el móvil. Busco y rebusco por toda la casa. Nada. Bajo al garaje e inspecciono el coche en plan Horatio y nada de nada. Me llamo y me llamo desde el fijo sin éxito. Ya son las 23:30.

Empiezo a hacer repaso de las últimas horas de mi vida y todo me lleva claramente al momento de meter a los niños en el coche. El presentimiento de que deposité el teléfono de cualquier manera en el carro de mini-wini se hace cada vez más y más fuerte, ya que tengo la mala costumbre de utilizar la capota plegada como bolsillo auxiliar y guardar ahí sándwiches mordisqueados, el paquete de las toallitas y un sinfín de cosas más (tiene mucha capacidad, qué puedo decir…). Seguidamente, visualizo a mi pobre smart phone tirado cual colilla en el descampado. Evalúo mis opciones y decido lanzarme a la nocturnidad de la noche en busca de mi bien más preciado. Tripadre no da crédito. Sospecho que no le hace mucha gracia el cariz que han tomado los acontecimientos, más bien el hecho de que haya perdido el móvil que el que su mujer se vaya sola a un solar a las doce de la noche, ejem. Cuando me pongo el abrigo y le pido su móvil para estar comunicada en caso de ser víctima de algún altercado tipo atraco a mano armada, no me dice nada pero me lanza una de ESAS miradas. Si viven en pareja, sabrán a cuáles me refiero.

Sin más dilación, puse rumbo a mi destino con más miedo que vergüenza y el seguro echado y llegué al lugar de los hechos. Desde el coche examiné la zona y de pronto lo vi. ¡Milagro! La manzana plateada brillaba en la oscuridad. Rauda y veloz me bajé y cogí el móvil, vigilando que nadie saliera de las sombras con intenciones deshonestas.

Más o menos esto es lo que me encontré:

iphone roto2

Intuyo que después de mi visita al pediatra, al meter la silla en el maletero el móvil salió despedido y a continuación lo arrollé sin darme cuenta al desaparcar. Lo más increíble es que funciona así que solo puedo decir una cosa… ¡Viva Steve Jobs!

Nota de la autora: A la fecha de esta publicación Trimadre se halla en posesión de un nuevo y reluciente móvil, previo pago de unos cuantos eurazos (no puedo recordarlo sin que me duela) y los tres niños se encuentran al día en cuanto al calendario vacunal se refiere. Eso sí, la segunda vez me olvidé las cartillas y me llevé a Tripadre por lo que pudiera pasar.

CON GORRO . . . Y A LO LOCO

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