Archive | abril, 2013

No, no y no

23 Abr

Una consecuencia directa de las tardes invernales con los churumbeles y madre encerrados entre cuatro paredes, son las tensiones interfamiliares. Hay días en que los niños se tornan en una especie de bestias enjauladas a los que nada entretiene, salvo liarla parda. Tú lo reconoces, lo hueles según salen del cole porque a uno de repente no le gusta el bocata de jamón que se merienda todos los días y la otra no para de llorar por cualquier tontería todo el camino del cole a casa. Sabes que va a ser un día “D”. Ese día ni se te pasa por la cabeza emprender ninguna actividad medianamente creativa porque sabes a ciencia cierta que acabaréis como el rosario de la aurora.

Tengo dos versiones de estas tardes chungas. En la versión 1 hay dos bandos claramente diferenciados: ELLOS y YO. Ese día ELLOS se llevan divinamente, no se pelean, no se zurran… Pero, ay, es casi peor. Se alían en mi contra. Son compinches y no tienen una idea buena. Impera el despiporre y a cada cosa que dices intercambian miradas cómplices y se ríen en tu cara. En cambio, en la versión 2 hay tantos bandos como integrantes de la Trifamily. Todos contra todos. Se cascan, se gritan, La Rubia rompe la torre de bloques que El Mayor lleva construyendo media hora, éste a su vez decide hacer rallies con el cochecito de las muñecas de su hermana para desesperación de ella, y así toda la tarde.

La presión va in crescendo según pasan las horas. Al principio pones en práctica todo lo que has leído sobre la educación de los hijos y lo aprendido en la Escuela de Padres. No gritas, explicas tus razones con paciencia tratando de empatizar con esos monstruitos. Pero lo cierto es que tienes la sensación de que solo has dicho una cosa desde que traspasasteis el umbral de casa: NO. “No pegues a tu hermana”, “no muerdas a tu hermano”, “no tiréis objetos a mini-wini”, “no subáis al sofá con los zapatos”, “no saques los Lego si no guardas las pinturas”, “no se ve más la tele”… El rincón de pensar está que arde y hay que sacar ticket como en la pescadería.

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Lanzas amenazas a diestro y siniestro, desde el consabido “a tu cuarto” a otras más serias y de consecuencias impredecibles como requisar las cartas de los Imvizimals al Mayor. Que te puede salir bien o por el contrario desatar a la bestia que todo niño lleva dentro. Hay que tener cuidado con estas intimidaciones ya que, si no las dosificas van perdiendo fuelle y acaban tomándote por el pito de sereno. O te pasa lo que a mí el otro día, cuando me ocurrió algo terrible. Me quedé en blanco: “O recogéis todos los juguetes o… (silencio) o… (más silencio)”. Nada. Con mi dedo índice amenazante aún en alto, rebusqué en mi mente castigos apropiados para el hecho en cuestión. No me venía nada. Sin dibujos ya les había dejado hace una hora. Sin ir al cumple del día siguiente sabía que no lo cumpliría, y cualquiera que se haya ojeado la revista Ser Padres en la sala de espera del pediatra sabe que hacer eso no es nada nada educativo. Los segundos pasaban y El Mayor y La Rubia me miraban con incredulidad y expectación. Gracias a Dios no tienen 15 años porque habría perdido toda mi autoridad moral por los siglos de los siglos.  Entonces lo dije. Lo más cutre, absurdo, anticuado e inverosímil que se puede decir: “O… ¡se lo digo a papá!”. Creo sinceramente que no fue la advertencia lo que les hizo reaccionar, si no más bien mi mirada furibunda, los ojos de su madre que comenzaban a salirse de las órbitas y las venas del cuello en máxima tensión.

A-veces-me-sacan-de-mis-casillas

En fin, en estas tardes infernales invernales reconozco que al final el “NO” me posee. El “NO” y yo somos uno. Una vez he empezado no puedo parar. De mí boca no sale otra cosa y después de dos horas diciéndolo con toda la razón empiezo a perder el norte y ya es un “sinsentido” total y absoluto del que no tengo consciencia hasta pasadas unas horas.

– Mamá, ¿podemos hacer un dibujo a papá?

– ¡No!

– Mamá, ¿podemos poner la mesa para la cena?

– ¡No!

– Mamá, ¿podemos regalar todos nuestros juguetes a los niños del tercer mundo?

– ¡No, no y no!

Hay veces que llega Tripadre y aún sigo poseída por el Espíritu de la Negación…. “¿Te hago la cena y tú te quedas ahí relajadita viendo la tele?”. “Noooooooooooooo”. Es entonces cuando, ante su cara de asombro, te das cuenta de que se te ha ido de las manos. Te enjuagas las lágrimas y dices muy dignamente… “Bueno, un huevo frito con patatas, pero de las de verdad”.

Luego voy a ver a mis churumbeles ya dormidos, les pido perdón en silencio por ser una madre enloquecida y les prometo recibirles mañana del cole con dosis extra de paciencia.

Y mañana será otro día…

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Teleabuelo, dígame

11 Abr

Hoy voy a hablaros de Teleabuelo, un gran servicio del que disfrutamos muchos padres y por el que nos sentimos más afortunados que si nos hubiese tocado el cuponazo de la ONCE. Teleabuelo se contrata automáticamente según te dan el alta del hospital tras el parto de tu primogénito aunque normalmente uno no empieza a utilizarlo hasta que el pequeñajo tiene cierta independencia alimentaria de su madre. Ignoro cuando se pone fin a este contrato verbal, pero mucho me temo que en la tierna adolescencia de los hijos Teleabuelo dimitirá y dejará los marrones correspondientes a esa etapa de la vida no exenta de complicaciones, a los padres de las criaturas. Normal por otra parte, ya que con pelos en las piernas, bigotes incipientes, acné y mucha tontería encima, ya no resultan tan monos.

abuelos

Uno puede necesitar de los servicios de Teleabuelo en muy diversas circunstancias:

1. Por necesidad vital o lo que es lo mismo mijefememataymeechandelcurro: En esta ajetreada vida que llevamos pueden surgir miles de complicaciones en el día a día que podrían hacer que faltásemos al trabajo. Véase: María Poppins se pone mala y no hay con quién dejar a mini-wini o bien es el niño el que se pone malo, no hay María Poppins que valga y no podemos llevarle al cole/guarde. Tranquilidad, Teleabuelo está aquí para ayudarnos.

2. Compromisos ineludibles e inexcusables del los tripadres: Bodas, cumpleaños, cenas de Navidad u otros eventos sociales pueden hacer que necesitemos de Teleabuelo encantados de la vida por obligación. En estas ocasiones, se suelen unir a nuestro sufrimiento otros monopadres, bipadres, tripadres, etc… que han utilizado también a sus respectivos Teleabuelos. Una vez metidos en faena, uno se olvida del disgusto que le causa separarse de sus retoños y disfruta del evento en cuestión dándolo todo como si no hubiera un mañana.

3. Cenas de amor y lujo: A veces los Tripadres necesitan salir del hogar y cenar por ahí para hablar de sus cosas mirándose a los ojillos. Estas ocasiones son muy necesarias para el buen funcionamiento de la Trifamily y la salud mental de los Tripadres.

Teleabuelo siempre nos sorprende por su enorme capacidad de respuesta. Ya sea un domingo a las 11 de la noche o un martes a las 7 de la mañana, siempre estarán dispuestos a acudir al rescate de los Tripadres. Además nos ofrece multitud de posibilidades como la asistencia a domicilio, acompañamiento en servicios de urgencias y/o estancias hospitalarias e incluso realizan servicios de entrega y recogida. Ellos sin embargo suelen preferir que el “paquete” quede a su cargo en su residencia habitual. El top-ten en prestaciones es la que incluye la pernoctación de los churumbeles y recogida tras comida familiar. Esto es: Dejas al niño, te vas de cena/fiesta a disfrutar como una loca ya que hace meses que no lo practicas, al día siguiente duermes hasta las 12 (siempre y cuando tu reloj biológico no se haya desconfigurado tras años de madrugones y te levante a las 9), te pegas una ducha de 20 minutos disfrutando del hecho de que ningún hijo tuyo te esté aporreando la puerta y por último, relajadamente y preocupándote sólo de coger tu bolso, te diriges a casa de Teleabuelo a comer, como vulgarmente se llama, “a mesa puesta”. Encima la comida será de madre-madre. Aquí es cuando le haces la ola a tu suegra o a tu mamá.

Vamos, que Teleabuelo son todo ventajas. Con ellos los niños se portan mejor, comen mejor y hasta duermen mejor. Por ejemplo nuestros Teleabuelos desconocen la versión “Novia de Chucky” de La Rubia. Es más, nos acusan de inventarlo todo. ¿Cómo va a ser que esa princesa de sonrisa embaucadora sea capaz de tirarse al suelo y berrear durante 45 minutos?. Sobre lo del dormir tengo mis dudas. Creo que es más una cuestión de umbral de tolerancia. Aquí una conversación real:

Trimadre: “Mamá, ¿qué tal noche habéis pasado?”

Triabuela: “Uy, fenomenal, hemos dormido estupendamente”

Trimadre (sorprendida a la par que incrédula): “¿Siiiií?, ¿No se ha despertado ninguno?”

Triabuela: “Bueeeeno… (silencio de 5 segundos) El Mayor se levantó a hacer pis a las 2 y luego tenía tos sobre las 5. La Rubia a la 1 quería agua y a las 3 se vino a nuestra cama porque tenía una pesadilla.”

No hace falta decir más. A esto en mi pueblo se le llama una noche toledana.

Encima con Teleabuelo, nuestros hijos se vuelven repentinamente superdotados. Son los que mejor leen, los que mejor pintan, los que mejor hablan y claramente demuestran capacidades impropias para su edad. De hecho Mini-wini con 5 meses ya ha dicho sus primeras palabras.

Teleabuelo sólo tiene un inconveniente. No tiene Servicio de Reclamaciones a disposición de los clientes. Uno puede dejar instrucciones orales o por escrito sobre horarios de tomas, de irse a dormir o hábitos alimenticios, que una vez has depositado al o los “paquetes” y éstos traspasan el umbral de la casa de Teleabuelo, es como si los acabases de dejar en el Triángulo de las Bermudas. Nunca sabrás a ciencia cierta lo que allí ha ocurrido. Esta certeza te crea cierta ansiedad cuando eres primeriza, y te vas con la sensación de que tu papelito lleno de normas y dosis de apiretal, acabará en paradero desconocido antes de que cojas el ascensor. Pero a medida que vas teniendo niños sólo das gracias al cielo por poder dejar a buen recaudo tu pack familiar y sales pitando sin mirar atrás, no vaya a ser que te transformes en una estatua de sal.

Además para los niños la casa de los abuelos es como ir a Las Vegas. Allí las bolsas de gusanitos se abren justo antes de comer, se hacen maratones de pelis de Disney de 3 ó 4 horas, uno se va a la cama cuando le apetece y no cuando se lo dicen y la fruta y la verdura nunca están en el menú. En las casas de nuestros Teleabuelos ocurren cosas sorprendentes. La Rubia juega a las cocinitas con la colección de cajitas de mi madre, la mismita a la que yo nunca me acerqué a menos de 30 cm de distancia hasta que cumplí los 18. Y El Mayor se pasea con el iPad del abuelo bajo el brazo por toda la casa y saca fotos con la cámara que los Reyes trajeron a la abuela porque es que el niño “es muy listo”.

Por supuesto, no intentes sonsacar información ni a grandes ni a pequeños sobre a qué hora se acostaron o cuánto comieron, porque ya se sabe… Lo que ocurre en Las Vegas se queda en las Vegas.

De lo único que puedes estar seguro es de que volverán sanos y salvos. Y sobre todo, felices como perdices.

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Las Primeras vacaciones de la Trifamily Parte 2

5 Abr

Continuación de la Parte I.

A veces la vida es justa, y al otro lado del teléfono de la Compañía de Seguros encontramos a una señorita muy agradable que se dio cuenta de la gravedad del asunto y nos tranquilizó al mismo tiempo que gestionó la recogida en un pis-pas. Nos prometió un taxi 7 plazas y una grúa en 25 minutos. Sólo le faltó que el conductor fuera Ambrosio con unos Ferrero Rocher.

Esto era lo que estábamos esperando y nunca llegó...

Esto era lo que estábamos esperando ansiosamente…

Mientras esperábamos, los bellos durmientes, con el fin del traqueteo y las conversaciones algo elevadas de tono de sus padres entre ellos y con la aseguradora, abrieron los ojos y cada uno reaccionó a su manera ante la peculiar situación una vez les explicamos lo que había ocurrido.

Por mucho que intentamos transmitirlo con humor y quitándole hierro, los niños no son tontos y tienen un radar para detectar cuando sus progenitores están preocupados e interiorizan en sus cuerpecillos las mismas emociones. Así que El Mayor con lágrimas en los ojos nos imploró que llamáramos a Teleabuelo para que viniese a buscarnos. Por mucho que le dijimos que no estábamos precisamente a tiro de piedra y que no eran horas, él estaba convencido de que era la mejor solución.

En ese momento llegó el esperado Señor de la grúa. Menos mal porque La Rubia empezó a ser consciente de la situación y no le estaba molando un pelo. Pero El Mayor ya había dejado a un lado sus temores y estaba alucinado con todo el trajín así que la consolaba:

El Mayor: “No  te preocupes Rubia, que el Sr. Policía nos va a llevar a nuestra casa”

Trimadre:  ¿Qué policía?, no ha venido ninguno”

El Mayor: “Pues ÉSE mami ¡el de amarillo que ha traído la grúa! ¿¿no lo ves??”. Ahh… ése.

La Rubia respiró tranquila gracias a la presencia policial y se tomaron un donuts y un batido por lo que pudiera pasar.

Finalmente la amable señorita no pudo hacer milagros y un taxi de 7 plazas a las 12 de la noche a casi 150 km de un núcleo urbano de más de 1.000 habitantes es un pelín complicado, así que nos mandó un Mercedes en su inocente opinión “muy grande”.

Algo me dice que esta buena mujer no es madre porque nos envió un coche que estaba bien, no digo que no, pero ciertamente meter ahí dos sillas, una maxi-coxi, un carro, dos maletas, un esterilizador, tres bolsas de Carrefour de las verdes llenitas a reventar (ya sabéis cuales, esas que si te pones te caben hasta los niños), los abrigos de todos, el bolso de mini-wini, dos mochilas de los mayores con sus juguetes y otras tantas bolsas no identificadas era, cómo decirlo… IMPOSIBLE de todas las maneras. Ya sólo el hecho de meternos los cinco más el conductor era totalmente inviable. Así que empezamos a darle al tarro de cómo acomodarnos el taxista, el Sr. de la grúa, Tripadre y yo. Cuatro cabezas adultas pensantes y no dábamos con la solución para el Tetris que teníamos ante nosotros.

La primera opción fue mandar a Tripadre a la grúa e ir yo en el taxi metiendo las tres sillas detrás. No parecía tarea fácil pero con un poco de presión igual entraban.  El caso es que me invadió el pánico de que mini-wini o La Rubia tuvieran unos de sus momentos de esplendor en plena ruta y que este hecho perturbara los nervios templados del Sr. Taxista sin que Trimadre, atrapada en el asiento delantero, pudiera hacer nada al respecto.

Así que decidimos mandar al Mayor, elevador bajo el brazo, a la grúa. Así matábamos dos pájaros de un tiro. Yo iba detrás en el taxi, un poco apretadilla, todo hay que decirlo, con los de temperamento conflictivo y Tripadre con El Mayor remolcando nuestro coche a modo de experiencia lúdico-festiva inolvidable para nuestro primogénito.

Aquí fue El Mayor más contento que unas pascuas.

Aquí fue El Mayor más contento que unas pascuas.

El equipaje se quedaba dentro del coche que sería depositado en frente del domicilio familiar dada la imposibilidad de meterlo en el Mercedes.

El viaje en taxi no tuvo desperdicio. Y no por mis pequeñuelos, que cayeron fulminados casi antes de arrancar para sorpresa de su malpensada madre. El Sr. Taxista, hombre de pocas (ninguna) palabras y nacionalidad indescifrable, me amenizó el trayecto con música de lo más variopinta. Comenzamos con los años 60 y Los Diablos. Buscaremos un lugar para amar y soñar este fin de semana… Muy apropiado. Después Bisbal. Bulería, bulería…. Para bulerías estoy yo. Luego Radio Marca, que pensé “ésta es la mía, con un poco de suerte me duermo”. Pero no. Cada dos minutos cambiaba de emisora. Ni una canción enterita pude escuchar. Tampoco es que me importara mucho porque su gusto musical y el mío discrepaban ligeramente pero esta actitud resulta bastante desquiciante más si son las tantas de la noche y estás que no puedes con tu alma. Tras una hora de zapping radiofónico pareció decidirse y me deleitó con música dance o electrónica, vamos, lo que en mis tiempos mozos se llamaba Bakalao del duro. Ahí ya sí que me abandoné al sopor y la siguiente vez que abrí los ojos, estaba ante mi anhelado hogar.

Aquí el que podría haber sido mi conductor. Aunque la verdad, yo tampoco estaba tan mona como la de amarillo.

Aquí el que podría haber sido mi conductor. Aunque la verdad, yo tampoco estaba tan mona como la de amarillo.

Bajar a tres niños completamente sobados y descargar el coche no fue moco de pavo pero si a esto le sumamos llegar a tu casa y encontrarte con que se ha ido la luz y tienes seres vivos en la nevera que te saludan subidos a lo que parece un resto de pepino, es para abrir la ventana y saltar al vacío.

Pero no saltamos, tranquilidad. Tiramos tanta comida como para alimentar a la mitad de África y nos fuimos a dormir poco antes de que saliera el sol.

Al día siguiente, para celebrarlo y puesto que no teníamos nada que llevarnos a la boca, nos fuimos a comer al McDonald’s y Santas Pascuas.

Nunca mejor dicho.

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Las primeras vacaciones de la Trifamily Parte I

2 Abr

El viajar es un placer, que nos suele suceder… O al menos lo fue, en la era a. C. (antes de los Churumbeles), cuando Tripadre y yo recorríamos España más solos que la una y más felices que unas perdices. Que nos apetecía parar a tomar café en un Parador, pues nos parábamos. Que nos apetecía desviarnos 100 km para ver una iglesia románica, pues nos desviábamos. Y tan contentos. Solía conducir Tripadre y yo me encargaba del hilo musical y del avituallamiento, que básicamente consistía en un paquete de chicles y una botella de agua. Pequeña.

Con la llegada del Mayor no cambió mucho la cosa, él iba tan a gusto en su cuco homologado, mirando al techo y haciendo gorgoritos. Después en su sillita feliz de la vida. Luego llegó La Rubia que también disfrutó del viajar en horizontal, protegida con la capota para que no le cayeran encima las migas de galleta de su hermano y dormida casi todo el tiempo.

Cuando ella creció un poco el tema empezó a ponerse divertido y se hizo indispensable la presencia de un adulto ubicado entre los dos niños para imponer la paz y atender sus necesidades vitales: pon el DVD, quita el DVD, dame una galleta, quiero agua, se me ha caído el cuento… y un largo etcétera. Las veces que uno puede agacharse yendo con los niños detrás supera cualquier expectativa que tengas. A por el tapón de la botella, a por la bolsa de patatas, a por los CDs… Haces un montón de abdominales. Lástima que las compenses con las chuches babeadas, restos de pelotazos y sobras de bocatas que te comes. Por estas razones, empezó a haber tortas entre Tripadre y yo para conducir. Porque es obvio que el que conduce debe ir concentrado en la carretera y ajeno a lo que se cuece en el asiento de atrás. En cambio, al que le toca lidiar con las fieras enjauladas en el coche, acaba mareado, enloquecido y con un dolor de cabeza que no se le quita hasta los dos días de haber llegado al destino.

viajar

Con la llegada de Mini-wini hemos probado todas las (escasas) posibilidades que nos ofrece nuestro coche familiar sin haber llegado aún a una conclusión clara.

Primero optamos por poner a Mini-wini delante de copiloto, pero como ya he contado varias veces, el niño tiene un carácter algo irascible, así que acababa sacando de quicio al conductor. Además uno de los Tripadres tiene que ir detrás en medio y la verdad, meterse ahí con las sillas es más propio de una contorsionista china que de una madre, doy fe.

Después probamos con Mini-wini en medio. Error. Demasiado accesible para La Rubia. Además la introducción y extracción del niño en el coche es harto complicada. Prácticamente hay que cogerle de una pierna y dejarle caer a la altura de la maxi-coxi. Después optamos por El Mayor en medio. Ahora el inaccesible para los Tripadres es Mini-wini pero bueno, El Mayor se apaña bastante bien poniendo chupetes.

Una vez habíamos decidido que esta era la mejor alternativa, llegó el momento de emprender nuestro primer viaje de más de 100 km como familia numerosa. Pero si hay algo vital para que el viaje sea un éxito y sin lo que no sé cómo sobrevivían nuestros progenitores, es el DVD del coche. Aunque a veces también puede ser fuente de altercados del tipo “Yo quiero el Rey León”, “pues yo La Cenicienta”, en general es ponerlo y reina la paz en el vehículo al menos una horita. El caso es que las pantallas se colocan en los respaldos de los asientos delanteros así que Mini-wini volvió al medio para que El Mayor pudiera ver las pelis más cómodamente.

El viaje de ida transcurrió sin complicaciones. Salimos solo un par de horas más tarde de lo previsto, los niños se portaron fenomenal y lo más importante, Mini-wini durmió como un ceporro. Se despertó, paramos, tomó su biberón y siguió durmiendo hasta que llegamos. En el camino jugamos al veo-veo, a los personajes y a las adivinanzas. Comimos gusanitos y sanwiches de nocilla. Parecíamos la familia del anuncio de Génesis Seguros. Tal era nuestra felicidad que Tripadre y yo comenzamos a hacer planes para recorrer Europa en coche este verano, haciendo kilómetros con nuestros hijos a los que por supuesto beatificarían por su ejemplar comportamiento en la carretera.

Pero amigos, todo viaje de ida, tiene un viaje de vuelta. Y aunque nos las prometíamos felices, la pesadilla comenzó a los 40 minutos de salir. Primero La Rubia entró en un bucle de lloros y gritos, no dejando oír la peli a su hermano mayor y no dejando dormir al pequeño, con el consiguiente cabreo de ambos. Las primeras dos horas fueron de aúpa. Me convertí en una especie de Elastigirl intentando dar un biberón desde delante y girándome una y otra vez para hacer callar a la novia de Chucky por supuesto sin éxito. Después de la parada obligatoria pensamos que haríamos la segunda parte algo más tranquilos ya que los dos mayores se quedaron fritos, pero entonces fue Mini-wini el que dijo “aquí estoy yo”. Empezó a berrear sin parar y por mucho que estiré el brazo no le pareció suficiente notar mi mano en su pelona cabeza para consolarse. Así que tocó parar otra vez. El pobre iba hecho un cromo, había vomitado y estaba calado por algún escape del pañal. Tras recomponerle y achucharle un poco, le colocamos delante para que tuviera contacto visual con Trimadre y fuese más tranquilo.

Aquí Trimadre intentando poner el chupete a mini-wini, abrir una piruleta a La Rubia y poner el CD de los Cantajuegos, todo a una.

Aquí Trimadre intentando poner un chupete, abrir una piruleta y poner el CD de los Cantajuegos, todo al mismo tiempo.

Así que reanudamos el viaje y disfrutamos del primer rato de silencio después de 4 horas que no se las deseo ni a mi peor enemigo. Todo era paz y tranquilidad, incluso logramos cambiar a Enrique y Ana por Van Morrison, hasta que de pronto, la cara de Tripadre empezó a palidecer al mismo tiempo que la velocidad del coche a descender.

120, 100, 80, 60, 40… El coche que no va a más. Tripadre que empieza a soltar improperios. Trimadre que empieza a notar la falta de oxígeno. Acongojados conseguimos salir de la autovía por la primera salida que encontramos. A 30km/h llegamos a una gasolinera y paramos para evaluar la situación.

23:00 horas. A 130 km del hogar. Tres niños KOs. Un coche que no arranca. Dos padres aterrorizados.

CONTINUARÁ

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